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Editorial  |  25 marzo de 2020  |  08:00 AM

Cuarentena, oportunidad única

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La cuarentena a la que estamos sometidos de manera obligatoria la mayoría de los habitantes del mundo por cuenta del coronavirus, se nos presenta en pleno siglo XXI cuando por obra y gracia del consumismo y de la tecnología, el núcleo de la sociedad, la familia, está atravesando por una de las peores crisis de la historia.

No despertamos aún de esta tragedia. Nos parece una pesadilla, jamás imaginamos que algo así nos podría suceder, las pandemias como la peste negra eran para nosotros historia y nada más. Incluso, muchos ignoraban qué era una pandemia, solo estábamos pendientes de las grandes enfermedades de la época como el cáncer y el sida para las que se han dado controles y algunos avances científicos para su cura.

Pero vaya paradoja, cuando a muchos se nos había acabado la esperanza de que la sociedad recuperara ese espacio llamado familia, factor principal para el cambio y el desarrollo del país, que tanto requieren los niños, los jóvenes y aún más los viejos, se presenta una oportunidad sin igual como esta que nos ofrece el confinamiento en casa. Oportunidad que, infortunadamente tiene un gran costo de vidas humanas, pero que nos abre un enorme camino para la reconciliación, el perdón, la unión, la fraternidad, la solidaridad, el rescate de los valores y sobre todo el amor.

Dicen muchas de las definiciones que la familia es la célula principal de la sociedad, es donde se aprenden los valores y la práctica de estos constituye la base para el desarrollo y progreso de la sociedad. “Es, quizá, el único espacio donde nos sentimos confiados, plenos; es el refugio donde nos aceptan y festejan por los que somos, sin importar la condición económica, cultural, intelectual, religión a profesar o preferencia sexual. La familia nos cobija, apoya, nos ama y respeta”. Hoy por culpa del coronavirus, de la cuarentena a la que nos tienen obligados, sometidos, encasillados, se hace realidad esta premisa de la familia.

También se dice que años atrás se entendía por familia a aquella integrada por la madre, el padre y los hijos, un concepto clásico llamado familia nuclear. “En la actualidad, el término se ha ido modificando, ahora el concepto no sólo se centra en los lazos consanguíneos, nuestra familia puede ser el grupo de personas con el que nos sentimos protegidos, amados y felices”.

Son familia aquellos niños huérfanos de padres vivos que conviven con sus abuelos, de ellos cientos en el Quindío por culpa de desempleo, cuyos padres han tenido que irse al extranjero a buscar otros horizontes. Pero son igualmente familia aquellas personas que deambulan por las calles, los habitantes de calles que en Armenia ya superan los 780 y que bajo el puente La Cejita, en el andén de la parte de atrás de colegio San José de los Hermanos Maristas, en cualquier parque de la ciudad comparten un cartón o mendrugo de pan.

Y con esta familia llamada habitantes de calle sí que se presenta una oportunidad única. La oportunidad de rescatarlos de la calle, de resocializarlos, de brindarles una vida digna, de rescatarlos para la sociedad. El alcalde de Armenia José Manuel Ríos dio el primer paso al definir el albergue de 250 de ellos en las instalaciones de Cenexpo.

En Cartagena, una fundación con la ayuda de la alcaldía local albergó a 70 habitantes de calle, están aprovechando la emergencia para resocializarlos, para rescatarlos, los están atendiendo con dignidad: ropa, higiene, atención médica, comida y dormida digna, vieran la felicidad de estas personas y cómo entre abrazos y risas ellos mismos dicen que son una gran familia con apellidos diferentes.

Ojalá la atención a los habitantes de calle de Armenia esta vez sea de verdad, que no sea aguapanela y pan de una noche, que se haga una buena labor para sacarlos de la calle, que no sea por cuestión solo de la emergencia, que se aproveche y se les brinde una vida digna de un ser humano, que se les dé la atención de la que tanta ‘araraca’ se hizo en la llamada mal política pública para el habitante de calle, que solo quedó en la politiquería barata plasmada en los papeles del concejo municipal.

Y que bien que rescatemos la familia y la llenemos de valores como la solidaridad, que tanto necesita esa familia harapienta que duerme en cualquier anden y come lo que encuentra en las basuras y a la que miramos con el desprecio de una sociedad que ha perdido la base no solo del progreso, sino del respeto y el amor: la familia.

Seguro que si aprovechamos las oportunidades que desde la incertidumbre y la preocupación nos brinda la cuarentena, cuando salgamos de esta emergencia el mundo será diferente.

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