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Editorial  |  04 julio de 2020  |  12:00 AM

Contraloría, ‘ausculte’ la cultura

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“La sencillez y naturalidad son el supremo y último fin de la cultura”, dijo en su momento Friedrich Nietzsche, de quien muchos saben, mientras que José Vasconcelos, ensayista, ideólogo y político mexicano, afirmó sin ningún temor: “la cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral”.

Son ellas solo dos citas del valor de la cultura en una sociedad, el bálsamo que cubre a una humanidad que se asquea por la cotidianidad y lo nauseabundo de un sistema que ha corrompido cada manifestación diáfana de lo que es bueno.

Y es por ello, que al conocer acciones que maculan a una de las expresiones más nobles del ser humano, se genera repudio y la voz de alerta para quienes compartimos que “la cultura es el ensanchamiento de la mente y el espíritu”, como lo anticipó Jawaharlal Nehru, nacionalista y político indio, que lideró la lucha por la independencia de su país del imperio británico.

No es inadvertido lo que se ha evidenciado en los informes que ha presentado EL QUINDIANO desde hace unos meses atrás, donde la cultura ha sido la excusa para que se monopolice la expresión, el arte y las manifestaciones de una tradición.

Es inquietante lo desvelado el 11 de junio pasado, en el artículo titulado ‘Cultura, una actividad que se debe democratizar en el Quindío’, en el que se reveló: “Lo que hemos encontrado ha dejado bastantes sinsabores en el sector artístico y cultural de Armenia, si se tiene en cuenta que, además del gran número de contratos asignados a algunas entidades, sus representantes legales han sido integrantes del Consejo Municipal de Cultura, y al mismo tiempo, contratistas. Incluso, uno de ellos ha contratado siendo miembro de la Junta Directiva de Corpocultura. Es decir, ha sido juez y parte, al participar en la formulación de planes de acción, en la toma de decisiones en torno a la ejecución de las metas institucionales derivadas de dichos planes, y luego, al suscribir contratos con Corpocultura”.

En el mismo, se reveló que un grupo de entidades no son las únicas que ocupan lugares preponderantes en la contratación en los periodos 2012-2015 y 2016-2019, y se desglosó que las 15 entidades y/o personas naturales, que por orden de cuantía de los contratos suscritos, fueron los mayores contratistas de Corpocultura en los últimos dos cuatrienios, lo cual demuestra que los hechos para la cultura en la capital quindiana son selectivos.

Bien lo hemos recalcado en los informes sobre Corpocultura en días pasados, en los que la cultura infortunadamente se ha convertido en el vehículo para exprimir los recursos públicos. Es innegable que ha sido usada por quienes vieron en ella la oportunidad para buscar réditos y acaparar recursos, sin siquiera sonrojarse de que hay en el SECOP I y en un Facebook Live, realizado el pasado 13 de abril por la Corporación de Cultura y Turismo de Armenia, dos entidades que se llevan “el grueso del dinero” de esa Corporación.

Anticiparse a decir que Corpocultura es una ‘olla podrida’, sería preocupante, pero las voces advierten evidentes pruebas de que se han visto actos de prelación o monopolio, que dejan interrogantes en la ciudadanía, por lo que se exige a la Contraloría a hacer una investigación severa de este organismo descentralizado que tiene un presupuesto propio, por lo que no han hecho licitaciones, ni convocatorias púbicas para los contratos, escenario que alimenta la falta de transparencia, ecuanimidad y honestidad en los procesos.

No sobra, en tal sentido, recalcar que “la cultura es el aprovechamiento social del conocimiento”, como lo afirmó Gabriel García Márquez, pues como alguien lo diría: “el hombre debe de ser lo suficientemente culto para inspeccionar con sospecha a la cultura en primera instancia, no como segunda”.

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