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Editorial  |  14 agosto de 2020  |  08:00 AM

¿Y el civismo de la ‘gente de bien’, qué?

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Con supremacía moral, crece en la sociedad un clan que se autoproclama, a veces con soberbia, como ‘gente de bien’ y se considera una ciudadanía de mejor categoría que sus semejantes, solo por residir en un específico sector de la ciudad o por llevar en su cédula un apellido en particular.

Aquella ‘gente de bien’ es la individual, la de un ‘exclusivo círculo social’ al que pertenece, quiere o cree pertenecer, considerando con pedantería que tal hecho le da la autoridad ilimitada para señalar, condenar y descalificar a los demás.

Es la que vocifera, “rasgándose las vestiduras”, cada vez que se desatan episodios de corrupción en las administraciones públicas, y reclama el regreso del civismo para su ‘amada’ urbe, ignorando con cinismo que ha sido copartícipe de los sucesos que violentan a su municipio.

Esta ‘gente de bien’ es la que exige procesos judiciales sin mayores términos y pruebas, con medidas de aseguramiento en cárceles y que lleven a condenas ejemplares a los transgresores de la ley que no tengan apellidos de ‘abolengo’, porque esos merecen el peso de la ley y un castigo, mientras que para los de su ‘clase’, la justicia tiene que ser condescendiente, pues no son un peligro para la sociedad y todo se reduce a una egocéntrica defensa basada en que son ataques infundados de enemigos, originados por odios personales y persecuciones políticas.

Si la ‘demagogia’ no funciona, sin pudor alguno conminan por todos los ‘medios’ posibles a la justicia, con invocaciones de ‘derechos’ como la presunción de inocencia, el debido proceso y el buen nombre, entre otros, los que se deben garantizar a todos independiente de su ‘estirpe’, aunque hayan eludido descaradamente sus ‘deberes’ ciudadanos.

Son estos personajes, los de la arrogante frase ‘usted no sabe quién soy yo’, los que declaman con agresividad su árbol genealógico o desenfundan sus carnés en los que se jactan de puestos públicos o privados, para intimidar a sus interlocutores, a la vez de enumerar con bramidos sus estudios, posgrados, doctorados o títulos, así como las copiosas cuentas bancarias y la ‘alcurnia’, presumiendo supuesta honorabilidad, en vulgar altivez.

Es la ‘gente de bien’, la que reiteradamente se ufana de su proceder impoluto, empero no reconoce que con sus cómplices espaldarazos a los corruptos, alimenta la perpetuación de un sistema repugnante. Sin rubor alguno se pone como ejemplo de buenos y honestos ciudadanos, cuando son personas que avalan furtivamente, desde sus posiciones dizque privilegiadas y honorables, a personajes de dudosos antecedentes, a quienes les profesan soterradamente ‘reverencia’.

Ese calificativo de ‘gente de bien’ pulula en el país, entre tanto se multiplica en regiones como la nuestra, donde los escenarios son más reducidos, por lo cual las brechas sociales se hacen más notorias.

En Armenia y el Quindío, los casos de corrupción y que enredan a sus administradores se han convertido en eventos cotidianos, el ‘pan de cada día’, y esa ‘gente de bien’, la de los intereses particulares, es la misma que mira despreocupada y en su palco cómo se desmorona el civismo de un territorio que se construyó precisamente con dichas bases, pero que ahora no trasciende del discurso hipócrita de quienes pretenden gobernar.

Hijos de ese ‘linaje’ posan inmaculados en cada campaña enarbolando las banderas de la lucha contra la corrupción, la defensa de lo público y el respeto por su terruño. Esos han sido los libretos vehementes de varios ‘mesías’ que luego firmaron con cinismo, entre destellos de las cámaras de los medios de comunicación, pactos por la transparencia, y paradójicamente terminaron afrontando serias investigaciones, condenas o fugas de la justicia.

Talvez los anteriores párrafos serán reprochados por esa ‘nobleza’, que se sentirá aludida. Acusará que es víctima de estimatización porque según ella se generaliza, mientras que otros serán más coherentes y asumirán la vergonzosa realidad administrativa, que para nada debe ser un motivo de orgullo para una sociedad y menos que se trate de tapar para no ofender a la ‘gente de bien’.

Se sufre de crisis institucional, reflejada en la ingobernabilidad e inseguridad jurídica y administrativa, por cuenta de varios de los últimos dirigentes y gobernantes, que han llevado a la capital quindiana y al departamento, a un punto de quiebre.

Ya ha sido suficiente esa indiferencia y tolerancia con los corruptos. Ya está bueno de darnos consuelo con esa frase de ‘robó pero hizo’, justificando con resignación, ‘pero es que todos roban’ y ya es momento para asumir valor civil, denunciar y unirnos para comenzar una lucha cívica contra la corrupción y los que de ella se benefician, llenando sus bolsillos con el dinero de todos.

Es quizás por el desconocimiento del Estado y la administración, que varios ciudadanos son impasibles frente a lo que vivimos con cada caso corrupto o de malversación de los dineros públicos, puesto que creen que los rubros pertenecen a otros. Cada dinero del que llaman ‘gobierno’ viene del aporte -impuestos-, de todos, porque por más pobre que sea un ciudadano, tributa de manera directa o indirecta, y ese peso llega al Erario, la reserva que ha sido vulnerada por muchos de los que dicen ser ‘gente de bien’.

De acuerdo con el más reciente informe, el tercero efectuado en el país, del Monitor Ciudadano de la Corrupción, elaborado con el apoyo de Transparencia por Colombia y La Fondation Charles Léopold Mayer pour le Progrès de l’Homme, FPH, entre enero de 2016 y julio de 2018 se hicieron públicos en medios de comunicación casos de corrupción que comprometerían 17,9 billones de pesos del presupuesto de inversión para los colombianos, reportó el diario El Tiempo en septiembre de 2019.

La cifra es astronómica si se tienen en cuenta que la invertida en la reconstrucción del Eje Cafetero, debido al sismo de 1999, fue de 1,6 billones de pesos, o que en las últimas reformas tibutarias o las leyes de financiamiento se recaudaron en promedio $8.5 billones.

El dato de Transparencia por Colombia solo incluye los casos corruptos detectados y por consiguiente cuantificados, así que los que no se descubrieron o no han sido desenmascarados acrecentarían el enorme desfalco al Erario de los colombianos. ¿Estamos dispuestos a tolerar esta repugnante metida de mano a nuestros bolsillos?

Desarraigar esta malsana costumbre obliga a educar y combatir el flagelo, enquistado en nuestra sociedad. No podemos dejar que pasen más generaciones, que vean lo público como el ‘cuartico de hora’ para enriquecerse a costa de los dineros de todos.

Agota la perorata de la lucha frontal contra la corrupción y las ‘inauditas promesas’ en los discursos de tantos gobernantes, basados en honestidad y transparencia, para después verlos llorar en los estrados judiciales pidiendo perdón, supuestamente arrepentidos, por los actos de corrupción que ahogan a la capital quindiana. Ellos han ultrajado el ser honesto y transparente.

Se ruega por un ‘milagro’ para la ciudad, que cada vez más se hunde en una situación de inseguridad administrativa, caos y burocracia, debido a que en los últimos años el ‘secreto a voces’ es la feria soez de puestos que entrega el designado de turno, para saldar compromisos adquiridos o favores de sus padrinos, abriendo enormes huecos deficitarios, deudas y obligaciones, los cuales le restan viabilidad al municipio.

La inversión se aleja, se paralizan proyectos, se deteriora la calidad de vida, en especial de los más vulnerables, y la crisis social y económica, agravada este 2020 por el Covid-19 y los procesos contra el alcalde José Manuel Ríos, rozan los límites del colapso.

Ahora, más que esa ‘gente de bien’, la de ‘dientes para afuera’, se requieren son ciudadanos armenios comprometidos con el civismo y que sean estandartes de principios y valores, que impulsen la agenda de ciudad, pero exorcizados de ocultos propósitos de personajes cuestionados, que no dejan de ordenar y disponer de lo público con cuotas burocráticas, contratos y proyectos, para beneficio propio.

Bienvenidos los colectivos sociales, gremiales, académicos y de otras comunidades, que tengan el propósito de concienciar a la ciudadanía en el respeto y la defensa de Armenia, el departamento y el país. En esa misión, EL QUINDIANO se apunta, porque por responsabilidad social nuestra filosofía es acompañar los loables propósitos que redunden en acciones para bien de la sociedad, la que hoy necesita unir esfuerzos para solventar la crisis de institucionalidad, hacer pedagogía y promover el civismo. Somos aliados incondicionales, siendo respetuosamente ambiciosos, para forjar en comunidad una verdadera ‘gente de bien’, que asuma el liderazgo de una nueva ciudad.

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