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Editorial  |  14 octubre de 2017  |  12:00 AM

Armenia, en un claro del bosque

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El 14 de octubre de 1889, nació en un claro del bosque, en medio de la manigua, con material verde, un caserío que se levantó en bahareque y tierra con el nombre de Villa Holguín, que poco después tomó el topónimo de Armenia. Era una cuadrícula que se expandía entre el bosque a golpe de hacha y machete.

Esa Armenia se empinó por la calle de Encima en un perfil coherente, y creció en la calle Real que se extendió por la calle de Sevilla y bajó hasta el puente de Don Nicolás a reivindicar el paso por el río Quindío, aquel que obligó a Jesús María Ocampo, El Tigrero, a fundar la ciudad.

Las casas mostraron sus tejas de barro, las cerchas se elevaron en guadua y cuartones de cedro, los aleros abrigaron los besos tímidos de las abuelas de entonces y floreció el amor y crecieron los hijos que arquitectaron la ciudad de hoy. Los sueños tejieron aquellas casas de corredores anchos y chambranas de macana, con pisos de caracolí y patios adoquinados que se convirtieron en los hilos que unían las familias a través de los cuenteros, los tiples y los bambucos.

El hacha y el machete retumbaron en el bosque, con el espíritu diverso de hombres y mujeres venidos de todas partes: Antioquia, Cauca, Valle, Tolima, Cundinamarca, Huila, Boyacá y Santander. Ellos vencieron la selva, cultivaron la tierra, profanaron las tumbas indígenas y construyeron una nueva ciudad donde no ha dejado de rondar el espíritu de los quindios y los tataquíes y los quimbayas.

En los lotes desbrozados, arrancados a la selva, crecieron el maíz, la caña, el fríjol, el plátano y la yuca, y fue abriéndose paso el potrero que con rapidez convirtió a Armenia de sus primeros años en un emporio ganadero y exportador de pieles.

Al poco tiempo, llegó el café a democratizar la hacienda oriental del siglo XIX. Cada colono sembró su pedazo de tierra hasta que el café empezó a inundar no solo las laderas, sino los propios trapiches de cañas, los potreros, los maizales y hasta los patios de la casa.

La primera bonanza cafetera (1954) se cosechó a pesar de la violencia partidista, dándole a Armenia un sitial en el contexto económico nacional como la capital cafetera colombiana.

La ciudad creció de la mano de los cafeteros; un huracán sin vientos, ni agua, empezó a cambiar el pueblo. Era el huracán del modernismo que avanzaba al ritmo de la bonanza cafetera de 1977.

Pero esa historia que habían escrito nuestros abuelos, leídas en los edificios, las casas, las calles, los parques y avenidas, se derrumbó como un castillo de naipes el 25 de enero de 1999.

Sin embargo, muy pronto, Armenia volvió a respirar con el aire que siempre respiró, con el aire de la amabilidad. Hoy, 18 años después del terremoto podemos toparnos en cada esquina con una mano amiga, en cada recodo hay una sonrisa, en sus meandros de flores y aromas se vive la nueva cultura del turismo cafetero.

Venir a Armenia es soñar con la ciudad colombiana del siglo XXI, donde se construyen muchos y nuevos edificios, modernas vías y servicios públicos. Pero, hoy, en el día de su cumpleaños 128, debemos volver a la Armenia donde se construye ciudadanía, donde se fortalece la democracia mediante la participación, la defensa del interés público, el ejercicio de los derechos humanos, el respeto, la convivencia y la paz, valores que hemos perdido, tras el avance de la politiquería y la corrupción.

Debemos recuperar la democracia y la defensa del interés público, en aras de ser más competitivos y propiciar mejores condiciones de vida a nuestra población. Volver a confiar, a trabajar con la esperanza, a recuperar la honradez y la solidaridad, para invitar al país, para que esta nación sepa que venir a Armenia es soñar el verde y vivir el espíritu de los quindios y tataquíes y quimbayas, rondando los parques, las avenidas, las fincas cafeteras y el alma de los quindianos, la de la sencillez, la honradez y la amabilidad del campesino de ayer. Armenia, feliz cumpleaños.

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