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Editorial  |  18 octubre de 2017  |  12:00 AM

Armenia, el guadual más grande del mundo

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Hace más de 20 años que un alcalde de Armenia, el abogado Efrén Tovar Martínez, propuso hacer de este municipio el guadual más grande del mundo. Y puso en marcha un proyecto de recuperación de las cañadas y quebradas, tanto en el casco urbano como en la zona rural. Muchos lo criticamos, incluso algunos se burlaron de él.

En verdad, si no hubiera sido por ese proyecto y la renovación verde que se hizo en cañadas y quebradas, pues detrás del guadual vinieron otras especies, tanto de flora como de fauna, la ciudad tendría un ‘peladero’ por casi todas partes. Además, esos bosques de guaduas y otras especies obligaron a que las autoridades ambientales prohibieran el uso de esos suelos con fines urbanísticos.

Hoy en Armenia hay una gran polémica sobre el uso de esos suelos por parte de los constructores, y la realidad es que la discusión debe darse con criterio de ciudad, tanto en defensa del medio ambiente, de las especies que aún nos acompañan en esos sitios, como también en equilibrio con el desarrollo urbanístico.

Dijimos aquí recientemente que lo que los constructores les venden a los propios y extraños cuando hacen sus proyectos arquitectónicos para vivienda, es el paisaje. Venden ese verde, esos guaduales, esas cañadas, estas montañas. Ese es el atractivo para comprar casa o apartamento en Armenia y el Quindío y, por tanto, los más interesados en que se conserve el paisaje deberían de ser los propios empresarios de la construcción.

Una ciudad como Armenia ha tumbado los árboles de sus zonas comunes: avenidas, parques, andenes y sardineles separadores, dejando un desierto de cemento impresionante que, con calores como el de ayer, se nota la falta que hacen. Y más encima, la entrada de muchas edificaciones al bosque, a la quebrada, a la cañada, acabando con la flora y la fauna. Esta es una realidad irrefutable.

Hoy en día es común ver por las calles de algunos barrios, viviendo en barricadas de cemento, a familias enteras de guatines, que fueron expulsadas del bosque, de la cañada, por los edificios de ladrillo y cemento. Y, repetimos, quienes más pierden son los propios constructores, porque nadie querrá venir a comprar una casa o un apartamento a la ciudad que es promocionada como un paraíso del Paisaje Cultural Cafetero, cuando lo que encuentra es un paisaje de cemento.

Hay que volver a la propuesta de Efrén Tovar, de hacer de Armenia el guadual más grande del mundo, pero activado por la diversidad de plantas y de animales, que solo vuelven cuando se recupera el entorno. El Plan de Ordenamiento Territorial de Armenia, que está en etapa de revisión debe de concertar con los constructores, pero no para ganarles terreno, en favor de sus edificios, a la cañada, a la quebrada o al bosque, sino para devolvérselo, porque haciéndolo de esta manera, aunque aparentemente pierde, a largo plazo el más grande ganador es el propio constructor.

Qué bueno que se cumpliera, como se quiso hace veinte años, ese querer de un sector político y social de Armenia, de hacer de la ciudad un gran bosque urbano, el más grande de América Latina.

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