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21 octubre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Laura Barrios Quintero

El día que la guerra llegó a Armenia: 33 años de la toma del M-19 al Batallón Cisneros

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Imagen informe especial

A las 11:00 p.m. Néstor García Buitrago se preparaba para ejecutar su parte del plan: derribar la torre de energía ubicada en el sector de Regivit, en el norte de la capital quindiana. La señal era el estruendo de las primeras detonaciones en el batallón Cisneros, en ese momento él debía dejar la ciudad en penumbras.

Para ese 18 de octubre Néstor García era el oficial primero político-militar del grupo guerrillero 19 de abril, M-19.

24 guerrilleros ingresaron al batallón. Seis permanecieron en la periferia de la cancha para escoltar la retirada. Los otros 18 se adentraron hasta el corazón de la unidad militar, ubicaron 50 artefactos explosivos e iniciaron la retirada en arrastre bajo con su camuflaje de hojas naturales.

Tras la primer detonación, cerca de la 1:00 a. m., García encendió la mecha que volaría la torre y dejaría la ciudad sin luz.

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Corría el mes de octubre, era un viernes cualquiera, de un año que no era como cualquiera. En 1985 el país se había sumergido en la violencia y durante el mes de junio el Quindío ya había aportado su cuota: 18 personas habían muerto después de que un grupo guerrillero se tomara el municipio de Génova. Cuatro meses después, de manera simultánea, los barrios El Recreo, Quindío, 7 de Agosto, Las Américas, Los Cámbulos y el sector de La Clarita fueron inundados por ríos de personas que de casa en casa y calzando botas pantaneras pedían comida o ropa. Nadie sospechó nada.

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Tras el rompimiento de los acuerdos de paz pactados entre el gobierno de Belisario Betancur y la guerrilla del Movimiento 19 de abril, M-19, en diciembre de 1984 inició una cruzada guerrerista que desencadenó en la toma del Palacio de Justicia los días 6 y 7 de noviembre de 1985.

De los hechos que anteceden la toma del palacio, muy poco se habla. La onda de violencia se propagó con rapidez entre finales de septiembre y comienzos de octubre de ese año, cuando se realizaba la campaña ‘De pie Colombia’ que duró 17 días y durante la cual 750 guerrilleros operaban juntos la misma zona geográfica; en esta ocasión las batallas no se libraron, como siempre, en las aisladas, olvidadas y marginadas zonas campesinas, la guerra se hizo en el casco urbano donde el M-19 derrotó la más grande campaña contraguerrilla que tenía el Estado hasta esa fecha; para octubre de ese año, había arrancado la vida de más de 120 militares, recuperado más de 60 potentes armas y poniendo en ridículo a las fuerzas de orden público frente a todo el país.

Ese camino del M-19 hacia el poder estuvo marcado por una serie de ofensivas que fueron desde el intento de explosionar 17 vehículos blindados en un batallón de Ipiales, el atentado contra el comandante del Ejército, Rafael Samudio y la toma del batallón Cisneros de Armenia, calificada por las autoridades militares y de policía como una de las más osadas acciones terroristas perpetradas en instalaciones militares.

Armenia pagó entonces el costo del incumplimiento de los acuerdos de paz que desde 1982 estaban sobre la mesa. Las muertes que una ciudad pequeña y poco nombrada sumó a la oleada de ataques, constituyeron el ‘juicio político’ que el grupo guerrillero aplicó a Belisario por faltar a lo pactado.

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El viernes 18 de octubre una ola de mendigos recorría las comunas 5 y 6 de Armenia, las autoridades tuvieron una leve sospecha que se desvaneció cuando después de requisas y preguntas se convencieron -como las amas de casa que regalaron almuerzos y ropa que ya no utilizaban- de que la vida en el campo se ponía cada vez más dura y debían abrir lugar allí para aquellos que venían huyendo de balas y fusiles.

Cayó la noche y la madrugada del 19 de octubre transcurría con normalidad, los bares de siempre, de los barrios de siempre, funcionaban como siempre. Mientras unos levantaban las copas blancas llenas de aguardiente, otros dormían arrullados por el viento que por esos días soplaba con fuerza, así fue, hasta que el sonido que hacían ametralladoras y granadas sembró el pánico.

En ese momento, la red urbana del comando especial Álvaro Fayad del M-19 protagonizaba un ataque propio de un guión de película contra el batallón Cisneros de Armenia, ubicado dentro del perímetro urbano y rodeado de casas en las que hasta ese momento, descansaban familias enteras. Los guerrilleros tomaron por sorpresa la base militar y destruyeron totalmente la compañía B después de haber estado el día anterior haciendo inteligencia, preguntando de casa en casa, ganándose la confianza de la gente con historias de desplazamientos y recorriendo con sombrero de paja y botas cada lugar que limitaba con el batallón. Los registros hablan de tres guerrilleros muertos, tres soldados y el Artesano, un civil que no volvió a dormir en la caseta del barrio Quindío.

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Como todos los viernes Carlos y David estaban alzando las copas de aguardiente donde Don Ramón, un militar en retiro que tenía un tomadero frente al Cisneros, estaban con sus vecinos de toda la vida del barrio Quindío, barrio en el que se habían conocido, habían conocido a las hermanas de las que se habían enamorado y con las que se casaron y donde habían vivido la mayor parte de sus años. Un primer estallido los hizo pasar del calor del aguardiente a la imagen de sus familias.  Don Ramon les advirtió no salir de allí porque se habían tomado el batallón.

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Para el soldado Edilberto Gil esa era una noche común y corriente. Después de un día de patrullaje se instaló con sus compañeros en su alojamiento a hacer las tareas de todas las noches: formar para comer y formar para la recogida, porque en el Ejército se forma para todo.

“Estábamos todos, faltaba algo para las doce o la una de la madrugada cuando sonó la alarma. Yo no la escuché porque estaba muy cansado, todos veníamos cansados del patrullaje, pero despertamos cuando nos dimos cuenta que el alojamiento de la compañía se estaba quemando, sonaban las explosiones de las tejas. Nos levantamos rápido y nos dimos cuenta que el batallón estaba siendo atacado”.

Edilberto y sus compañeros se pasaron al alojamiento donde dormían los reclutas, ese día ellos habían hecho polígono entonces cogieron sus armas, allí les dieron ropa y munición.

“Salimos hasta la plaza de armas a la orden del oficial de servicio que era mi teniente Peña. Nos acomodamos cerquita del casino de suboficiales para recibir instrucciones. Nos tocó proteger el helicóptero mientras vigilábamos que no nos impactaran hasta que nos dieron la orden de desplazarnos por la cañada del Recreo, allá amanecimos patrullando las quebradas, en la mañana llegamos al batallón a hacer reconocimiento”.

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En la memoria de los habitantes del Barrio Quindío, el Rojas II, Los Cámbulos y otros barrios cercanos se encuentra el Artesano, aunque nadie recuerda cuál era su nombre. Esa madrugada se dirigía a la caseta, donde siempre se encontraba con su amigo el Brasilero. No alcanzó a llegar pues en la calle 27 del barrio Quindío, a las seis de la mañana, cuando temerosamente los vecinos se atrevían a abrir las puertas de sus casas, lo encontraron muerto. Una familia que vivía a escasos metros de donde lo encontraron, recuerda que antes de oír unos disparos escuchó a dos hombres decir: “Ese tiene propaganda subversiva, ese es de ellos.” A la fecha no se ha podido establecer si en realidad el Artesano transportaba propaganda subversiva, ni se le ha podido atribuir su muerte a ninguno de los dos bandos. Él es la cuota civil que se suma a esa batalla que probablemente él no peleaba. Aún lo recuerdan, en una caseta que hoy ya no existe, trabajando con cerámica y madera.

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El escuadrón del M-19 ingresó en arrastre bajo al batallón. Según parece, se tomaron varias horas para ejecutar un plan en el que trabajaban hace meses. Vestían overoles verde militar, tejidos con pasto natural. Al ingresar a las instalaciones se despojaron de ese traje y quedaron en pantaloneta negra y camiseta blanca, tal como dormían los soldados, para camuflarse entre ellos.

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Carlos y David no le hicieron caso a don Ramón, la sangre que por sus venas corría era más fuerte que la que pudiera derramarse en las calles. Juntos salieron de su sitio de tragos hasta sus casas. Recorrieron con miedo las calles en las que aprendieron a montar bicicleta, los antejardines donde visitaron tantas novias, donde rieron y cantaron con sus amigos. Juntos llegaron hasta la caseta en la que siempre, hasta ese día, estuvo el artesano. Al fondo de esa caseta, un sendero que conecta al barrio Quindío con otros barrios sería su camino. David fue el primero en llegar a casa pues vivía en el Rojas II y estaba ya a pocas cuadras. Carlos no tuvo tan buena suerte pues su camino iba hasta Villa Andrea, y mientras en la oscuridad, con su sudor frío y el paso apurado trataba de llegar se encontró de frente con otra escuadra de guerrilleros que al verlo no dudaron en apuntarle, mientras en su cabeza solo pensaba en su esposa Gloria y su pequeño Mauricio escuchó decir: “Es civil, dejenlo pasar”, de inmediato otro se dirigió a Carlos y le dijo: “Hermano, váyase rápido , corra y no mire para atrás, si mira le vuelo la cabeza”. Carlos y David tuvieron la suerte que otros no tuvieron esa noche. Pasaron la noche abrazados a sus familias, con los colchones puestos en las ventanas y las puertas, temiendo que la toma llegara a los barrios.

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En la calle 30 número 29-09, a un costado del batallón, vivía una familia que 33 años después todavía recuerda los gritos de ayuda de alguien que desde su patio pedía agua mientras decía que era del Ejército, que le dejaran entrar. No abrieron la puerta, pero sí escucharon como lentamente se abría la llave del tanque y también, lentamente desaparecían los gritos. En la mañana de ese sábado, cuando ya no sé escuchaban más tiros ni explosiones, abrieron la puerta del patio y encontraron muerto un soldado.

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Muerte

El operario del polvorín fue el primero al que dieron de baja: lo degollaron. Le pusieron un señuelo y le dieron muerte silenciosa de espaldas, pero alcanzó a hacer el disparo de alarma.

En el almacén de intendencia estaba el sargento Bedoya haciendo inventario, hasta allá llegaron a matarlo.

En el 'puesto de las brujas' -al que llamaron así cuando en las noches el viento despertaba a unos pajaritos negros que no eran ni garrapateros ni cuervos y aleteaban toda la noche mientras las guaduas crujían- se encontraba un soldado que rápidamente reaccionó, corrió hacia las canchas y allí dio de baja a dos guerrilleros antes de que lo mataran: Óscar, hijo de Idela Zuluaga, que era cónsul de Colombia en Ecuador, y otro de los integrantes del comando.

Al cabo Álvarez lo recuerdan porque era chiquito y buena gente, esa noche llegó de vacaciones y al otro día se tenía que presentar, pero no alcanzó a cumplir con la diligencia. Álvarez estaba por el lado de los baños, se lo llevaron hasta el patio de esa casa de la calle 30 número 29-09, lo quemaron con ácido y allí terminó su vida, pidiéndole agua a una familia que por miedo no abrió la puerta.

Bertha, profesora de la universidad Pedagógica de Bogotá y militante del M-19 hacía tránsito entre la cancha y el dispensario con un maletín en el que cargaba explosivos, una bala la impactó y según cuentan quienes estuvieron en el reconocimiento de la mañana, de la cintura para arriba había quedado intacta, pero su cuerpo se había partido en dos de la cintura para abajo al estallarle el polvorín.

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Como la compañía B resultó quemada en su totalidad, muchos soldados resultaron heridos y cuando tenían que ser traslados fue cuando las autoridades supieron que cada movimiento del M-19 estuvo perfectamente planificado. El camino que debía recorrer el cuerpo de Bomberos para socorrer el batallón estaba minado de puntillas, los oficiales tuvieron que barrer las calles para poder llegar. Las volquetas que salieron con heridos fueron atacadas por el entonces sector de la Galería, hoy el CAM, fueron hostigados hasta llegar al hospital.

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Al otro día, durante el reconocimiento, Edilberto vio a su compañero Giraldo con quemaduras en las manos y la cara, lo recuerda, porque eran muy ´lanzas´, lo recuerda, como recuerda a los soldados y guerrilleros muertos. Edilberto tenía para ese 19 de octubre 20 años. Su papá, preocupado por él, se desplazó desde el barrio Belencito hasta el batallón y por la malla le entregó medias, calzoncillos, talco y otras cosas que necesitaba. Se despidió de él, sin saber que después de 24 meses prestando servicio, Edilberto sería protagonista de seis combates contra la guerrilla.

Los patios de los barrios aledaños fueron patrullados esa mañana, la gente estaba preocupada por los soldados, porque no eran solo soldados, eran vecinos, amigos. Un silencio aterrador invadió el resto de ese sábado y el domingo el sector, el lunes en la noche, nuevamente, se escucharon balas, nadie sabe de dónde venían ni a dónde iban. Nadie supo, pero todo el mundo volvió a resguardarse en su casa. Pese a la noche de horror que se vivió en Armenia, el M-19 no cumplió con su principal objetivo: el polvorín y el helicóptero terminaron intactos en el Cisneros.


 


 

 

 

*Fotos / cortesía

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