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Editorial  |  12 mayo de 2021  |  12:00 AM

Ad portas de una guerra civil en Colombia

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Más allá de la confrontación que ha generado el paro nacional en Colombia, se ha despertado en el pueblo colombiano no solo una enorme conciencia de los problemas que nos agobian, sino también una profunda tristeza, un gran dolor de patria, por los golpes, las balas, las torturas, los saqueos y la violencia de todas partes. Ese dolor de patria, esa profunda tristeza se nos viene por la confrontación entre colombianos de la misma condición social. Policías y manifestantes sufren la misma situación de pobreza y la misma ofensa con los impuestos, la inequidad y la desigualdad social.

Solo hasta este domingo, donde un grupo de personas de estrato seis de Cali se enfrentaron con los indígenas que venían del Cauca, observamos una confrontación distinta, de clase, sí señores, de lucha de clases, aunque mucha gente lo niegue porque es una teoría marxista. Y esa confrontación del domingo es lo más cercano a un estallido social clasista que puede devenir en una peligrosa guerra civil en Colombia. Una guerra ya no de partidos, como la de los años 50 entre liberales y conservadores, sino entre pobres y ricos.

No podemos ocultar los graves problemas que ha generado el gobierno de Duque, desde el momento de la Reforma Tributaria de 2019, que exoneró de impuestos a las grandes corporaciones y multinacionales mineras, empresariales y al sector bancario y financiero, quitándole al presupuesto de la nación cerca de 16 billones de pesos. Es ahí donde se genera el déficit fiscal que se agravó con la llegada de la pandemia. Por eso se vinieron los paros y los bloqueos de finales de 2019 y comienzos del 2020, antes de la pandemia, que ya habían despertado la chispa de la inconformidad y la protesta que se avivó en el 2021

Pero, como si tuviera una venda en los ojos, o como si la estupidez hubiera caído al Palacio de Nariño, el presidente presenta la más retrógrada reforma tributaria, en medio de la más grande pandemia de la historia mundial. La pandemia es considerada, es su devastación económica, a una tercera guerra mundial, lo que no cupo en la cabeza del presidente Duque y su ministro Carrasquilla. Y claro, la gente aguanta, pero hasta cierto punto.

No podemos ocultar que las violencias que vemos en las calles del país tiene diferentes orígenes: Una de ellas es la espontaneidad de los estudiantes frente a la provocación que genera la presencia del Esmad; otra, muy grave, es aquella de los infiltrados en la protesta, tanto de agentes del Estado, como de grupos al margen de la ley, como las guerrillas del ELN y las disidencias de las Farc, y, otros, son los oportunistas, aquellos que participan para tratar de saquear y robar el comercio. También las acciones y reacciones, de los que provocan los bloqueos con sus vehículos, y los que tratan de impedirlo, no solo la fuerza pública, sino, como sucedió en Cali, personas de la sociedad civil que se están armando para intervenir contra la protesta. Pero, podemos afirmar sin equivocarnos que el 95% o más de los manifestantes son colombianos que salen a la calle porque sienten la profunda injusticia e inequidad social que vive el país. Por eso nos molesta aquello de que ‘los buenos somos más’, queriéndole indilgar a los protestantes una virtud diabólica, de malo, de aquellos que destruye el país, cuando sabemos que muchos de los que sacan la camisa y la bandera blanca han destruido desde antes este país con la corrupción y robo sistemático del Estado.

Esta cantidad de actores sociales provocan una situación muy compleja, que, de persistir, se saldrá definitivamente de madre, y puede desencadenar en una guerra civil en Colombia, como lo han marcado muy bien los corresponsales de las agencias de prensa y de los diferentes medios internacionales apostados en Colombia. Tenemos que comprender esta complejidad y mirar el abismo al que podríamos estar condenados de continuar en una protesta sin definición.

Por eso, queremos insistir, como lo vienen haciendo muchos colombianos, es hora de razonar, de pensar con cabeza más fría, por fuera de la calentura política del momento y de las rabias provocadas por los desmanes y los bloqueos. Y ese raciocinio nos debe llevar a pensar en parar la destrucción del país, en detener el deterioro al que estamos llegando en la economía, el comercio, la agricultura, y todos los sectores productivos. Detener la violencia ya. Empezar el diálogo, con disposición y reconocimiento de los errores. Trabajar sobre los puntos puestos en la mesa, y convocar a la población al desarme y al trabajo. No es abandonar la protesta, sino dosificarla, para que sirva para algo, para que no canse, para que no se vuelva paisaje, para que el pueblo que en un momento determinado apoyó las manifestaciones no se vuelva en contra por acoso de hambre, de desesperación y de dolor y tristeza de patria. Se puede acordar una nueva fecha, en dos tres meses para un nuevo paro, de acuerdo con las conversaciones que se adelanten. Pero no se puede continuar en la indefinición que tenemos ahora, poniendo todos los días muertos, desasosiego, destrucción y, sobre todo, incubando odios.

Estamos de acuerdo con la protesta, con el paro, con la manifestación como un legítimo derecho, pero con racionalidad, con la inteligencia de aquellos que saben que una protesta indefinida desemboca en odios y en una posible guerra civil, de lo que no nos repondremos con facilidad.

Es el momento de pensar en aquella maravillosa protesta de Ghandi, que hizo la más grande manifestación pacífica del mundo. Hoy queremos decir con Ghandi: “Voy a seguir creyendo, aun cuando la gente pierda la esperanza. / Voy a seguir dando amor, aunque otros no siembren lo mismo. / Voy a seguir construyendo, aun cuando otros destruyan. / Voy a seguir hablando de Paz, aun en medio de una guerra. / Voy a seguir iluminando, aún en medio de la oscuridad. / Y seguiré sembrando, aunque otros pisen la cosecha. / Y dibujaré sonrisas, en rostros con lágrimas. / Y transmitiré alivio, cuando vea dolor. / Y regalaré motivos de alegría donde solo haya tristezas. / Invitaré a caminar al que decidió quedarse. / Y levantaré los brazos a los que se han rendido. / Porque en medio de la desolación, habrá un niño que nos mirará, esperanzado, esperando algo de nosotros. / Y aun en medio de una tormenta, por algún lado saldrá el sol. / Y en medio del desierto crecerá una planta. / Siempre habrá un pájaro que nos cante, un niño que nos sonría y una mariposa que nos brinde su belleza”.

Editorial: 

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