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Editorial  |  07 agosto de 2022  |  08:01 AM

Desde hoy, una Colombia distinta

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La posesión de Gustavo Petro Urrego como nuevo presidente de Colombia este 7 de agosto tiene un significado enorme en la historia republicana del país. Un enorme significado porque es la primera vez, en 212 años de independencia que llega a la primera magistratura no solo un individuo, sino una ideología y un establecimiento absolutamente diferentes al que ha gobernado a Colombia desde su creación como nación en 1819.

El país estuvo siempre en manos de las mismas familias que provienen de las guerras libertarias de del siglo XIX, grupos que no eran más que descendientes directos de los españoles que mantuvieron un yugo sobre la población desde su llegada en 1492, provenientes de Europa. Esos ‘criollos’ que impulsaron la Independencia en el siglo XIX se hicieron al poder con un pensamiento aristocrático, dejando en la miseria las masas populares de mestizos, negros, indígenas, zambos, incluso blancos empobrecidos.

Casi nadie sabe en Colombia que el pago que ‘la Patria’ les dio a los coroneles y generales que participaron en las guerras libertarias fueron los principales cargos públicos del nuevo país y, especialmente, las tierras que aún estaban libres, y muchas de las que ocupaban los indígenas en los resguardos creados por la propia corona española. Y esa élite defendió sus privilegios a ‘sangre y fuego’, durante dos siglos.

La defensa de esos privilegios sumió al país en la violencia, la hizo una constante, y parió hijos violentos sumidos en el mismo pensamiento. Se generaron no solo las violencias políticas de los guerrilleros, que siempre los hubo, desde el siglo XIX, pasando por todo el siglo XX, incluso en nuestra era del tercer milenio; sino también las violencias que provocaron las enormes desigualdades, aquellas que quisieron hacerse al poder económico a través del contrabando y el narcotráfico, o como sucede ahora, a través de la delincuencia común; o la reacción de unos contra otros, y, por supuesto, la violencia de Estado como respuesta y defensa. Y todo esto nos trajo lo peor: la profunda corrupción política y administrativa.

La clase dirigente tradicional que gobernó durante 212 años ha perdido, por primera vez en la historia de Colombia, el poder político. Ese poder político está en manos, a partir de este 7 de agosto, de un pensamiento diferente, progresista, orientado a corregir, por fin, las enormes desigualdades e inequidades sociales que ha sufrido el país y que lo ha mantenido no solo en la pobreza y el atraso científico y cultural, sino en la violencia.

El presidente Gustavo Petro Urrego, a pesar de venir de la guerrilla urbana del M.19, que hace más de 30 años se acogió a un proceso de paz y pidió perdón por la guerra, viene con un pensamiento absolutamente distinto, con un programa diferente, todo enfocado a lo que él ha llamado la Paz Total. Y, en esos pocos días después de su elección se ha visto, ha sido evidente ese propósito. Todos los grupos violentos que aún quedan en el país: ELN, disidencias de las FARC, el Clan del Golfo y similares, han dicho que están dispuestos a conversar para obtener para Colombia la Paz Total.

Los temores no se dejan de presentar, con políticas como frenar la producción de hidrocarburos, que es lo que el mundo de la modernidad y la inteligencia está clamando tras el devastador cambio climático. Temores porque nuestra economía depende en un 25% de los ingresos del petróleo, pero seguramente estos serán disipados cuando avance el gobierno, cumpliendo la promesa de sustituir la exportación del petróleo por otros productos, especialmente con la modernización del campo; o aplazando el freno a la explotación petrolera.

Corregir la Ley 100, la Ley de Salud, para quitarle la corrupción a las EPS; combatir la corrupción en las Fuerzas Armadas y la Policía, reformar la justicia, la política, la educación; cumplir con los pactos firmados para un Acuerdo de Paz, modernizar el sistema de las comunicaciones, terminar las urgentes carreteras y puertos que necesita el país para su ingreso a una economía mundial, pagar la enorme deuda social con los ancianos y propiciar una educación superior gratuita para la población más pobre, son promesas que el pueblo colombiano espera que se cumplan, porque por ellas votó.

Bienvenido presidente Petro, hay una Colombia que cree en su inteligencia, en su conocimiento profundo de la economía y de la situación social del país, una Colombia que esperó 212 años este momento, un momento verdadero de cambio, para construir un país distinto, donde, por fin, llegue la armonía, donde se practique una política del amor y no de la guerra, donde todos tengamos un nuevo día, cada día, con la esperanza de una vida digna y ‘sabrosa’.

Esta apuesta del país nuevo, del país distinto, no solo es un compromiso del presidente Petro y su equipo de trabajo, sino de cada colombiano, que debe defender esta causa social como el destino de una nación que debe por fin terminar la guerra y abrazar con esperanza de una vida con oportunidades y en paz.

Bienvenido le decimos al nuevo presidente, pero también con la salvedad de que seguiremos, como siempre, vigilantes, como veedores, para aplaudir lo bueno y fustigar lo malo.

 

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