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Editorial  |  07 octubre de 2017  |  12:00 AM

Los partos, una mercancía

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El programa de televisión Séptimo Día del canal Caracol presentó hace una semana el drama que viven las madres y los niños que el sistema de salud obliga a tener partos por cesárea. Una condición que genera problemas de salud para la madre y para la criatura, porque el parto se induce para que la clínica y el médico salgan rápido del asunto.

En otros términos, hay que ‘desembarazarse’ de los pacientes lo más pronto posible, para que ‘rinda’ la atención. Cuando una madre debe hacer trabajo de parto que puede durar hasta doce horas, con el método de cesárea se puede realizar en una hora. Una cuestión, para las finanzas de los hospitales y de algunos médicos, de costo-beneficio.

Se presentaron casos de madres que quedaron estériles por estos procedimientos y de niños que murieron, o al momento del alumbramiento por cesárea o unos meses después, por insuficiencias en distintas materias.

Hace poco, en el Quindío, y más concretamente en Filandia, una madre que había tenido sus dos hijas anteriores por cesárea se negó a dar a luz su tercera por este método, prefiriendo el parto normal. Los médicos le dijeron que era imposible. Y ella contrató con una partera ancestral indígena, de la comunidad Misak, del pueblo guambiano, de Silvia Cauca, para que se encargara del asunto.

Y, para asombro de los médicos, nació Flora en un parto natural. Su ginecóloga le había dicho que era imposible, médica y científicamente, que una mujer como ella que ya tenía dos hijas, ambas por cesárea, tuviera un tercer bebé de forma natural, y menos en la casa, asistida por una partera. Flora nació hace seis meses en una pequeña finca del municipio de Filandia, norte del Quindío, asistida por la Mama, Agustina Yalandá Tumiña, y tanto la niña como la madre gozan de buena salud.

La Mama Agustina Yalanda Tumiña ha atendido más de 300 partos, sin novedades mayores. Ella ha dicho, en diferentes entrevistas: “En mis manos no se complicó ningún parto”. Ella, como casi todas las parteras campesinas, atiende a las mujeres desde el comienzo del embarazo y saben tanto del asunto que cuando la situación la ven complicada, con días de anticipación piden llevar la paciente a un hospital.

“Cuando no se sienten bien, les hago los masajes, les doy aromáticas y se trata de mitigar riesgos. Es una forma muy antigua de aliviar las molestias que sufren algunas durante el embarazo. Como no pueden dormir, ni comer bien, y cuando se sienten muchas náuseas, o hay complicaciones nosotras neutralizamos esos síntomas. Estos controles son también para acomodar al bebé cuando está en una mala posición o vienen podálicos”, ha dicho cuando se le pregunta por los cuidados.

Esta sabia mujer dice que tener un niño por cesárea “es como cambiar la vida del bebé y la madre, porque es natural la forma como lo hacemos nosotros, el niño debe nacer de manera natural y familiarizarlo con la casa. En el hospital exageran mucho, revientan el líquido amniótico antes de tiempo y cuando el bebé se queda estancando toca cirugía, afanan el parto también. En la casa está la familia y todo el calor, la felicidad de la progenitora, en el hospital nace solo y de un momento a otro separan a la madre del niño y el cordón umbilical muy apresuradamente lo cortan y eso no debe ser así porque no le alcanza a pasar toda la sangre al bebé. Para nosotros los indígenas la alimentación tampoco es igual, allá consumen líquidos fríos y cualquier comida y para nosotros deben ser caldos calientes y aguas aromáticas. Además en el hospital vale mucho el proceso y están volviendo el nacimiento de un bebé, una mercancía”.

La sabiduría de la medicina tradicional debería de ser tenida mucho más en cuenta, sobre todo en estos casos, donde la vida del bebé y la madre se están poniendo en peligro, porque, como dice la Mama, convirtieron los partos en una mercancía.

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