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Columnistas  |  08 agosto de 2020  |  12:21 AM |  Escrito por: Fernando Velásquez Restrepo

LA GUERRA EN PASADO PERFECTO

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Fernando Velásquez Restrepo

Por Fernando Velásquez Restrepo

Antropólogo. Universidad Nacional de Colombia

Docente Departamento de Humanidades. Fundación Universitaria del Área Andina – Pereira

Pensando en lo pretérito recuerdo hoy a mi maestra del colegio, no a la de idiomas sino a la de historia, aquel día en que aprendí quizá lo más importante que hay que saber sobre nuestro pasado.

Nos anticipó ella en aquella ocasión que todo lo que estábamos por ver, comenzaría con una ilusión colectiva herida por tres balas que atravesaron el cuerpo de un hombre llamado Jorge Eliécer Gaitán, cuyo último suspiro se llevaría no solo su vida sino también la esperanza idealizada de un pueblo huérfano. Nos invitó entonces a abrir el nuevo capítulo de nuestros libros de estudio y me encontré aquel título que nunca olvidaré: 1948 – 1957, La Época de la Violencia.

Recuerdo mi confusión al ver aquel título, pues luego de haber pasado por el genocidio colonial, las batallas de independencia, las guerras civiles y la Masacre de las Bananeras, yo pensaba que el tema de la violencia lo habíamos iniciado cuatro capítulos antes y quinientos años atrás.

Después descubrí que tal periodo había sido tan novedoso en la intensidad y las modalidades para matarnos entre colombianos, que había sido necesario crear un apartado exclusivo para poder recoger y narrar todas las nuevas formas de aniquilarnos.

Inolvidable se me hizo el escalofrío que sentía al imaginar las cajas de regalo que guardaban dedos recién cortados, los caballos jineteados por el mensaje de cuerpos decapitados, y las lenguas de hombres extraídas para ser lucidas como corbatas sobre sus cadáveres vestidos de barbarie.

Intrigado con tal surrealismo pregunté luego en casa sobre aquello, encontrándome asombrado con el testimonio directo de mis padres quienes narraron los episodios atroces de los que fue testigo su infancia en tierras cafeteras. Sin embargo y por fortuna, de dichas escenas pude escaparme al instante recordando que no eran mis ojos los que estaban viendo tales horrores, sino que todo ello era tan solo una memoria imaginada sobre un tiempo que había quedado atrás, y que, por lo tanto, no era más que la referencia a una guerra del pasado.

Fue entonces cuando aprendí de la historia algo más que nombres, hechos, lugares y fechas. Adquirí la noción de la impermanencia. Todo lo que somos y todo lo que nos rodea cambia, y en cuanto nuestra historia, los seres humanos tenemos en nuestras manos el poder de hacer que los cambios ocurran.

Es esta conciencia de la transitoriedad que tiene todo momento histórico, y la claridad de que el curso de esta dinámica regirá con independencia del carácter nefasto o bondadoso de nuestros actos, lo que hoy me mantiene atento al surgimiento de nuevos fanatismos, y lo que al mismo tiempo me permite concebir con esperanza la finalización de nuestras barbaridades vigentes.

Hoy, más de dos siglos después de independizarnos del régimen colonial, nuestro país pareciera estar aún atascado en un absurdo devenir fratricida, embriagado por patriotismos demagógicos fomentados con astucia por caudillos enceguecidos por el rencor y la vanidad, y que han sido seguidos por las masas ingenuas en su necesidad de contar con liderazgos que les permitan la sensación de tener un rumbo genuino y justo.

Adolecer de referentes sensatos ha sido la trampa para que nuestras pasiones deriven en violencia y permisividad, pero lo cierto y la buena noticia es que no hay pueblo condenado a ningún destino distinto al de su constante anhelo de paz, pues tal utopía será siempre imperfecta, en tanto su perfecta naturaleza es estar en permanente construcción.

No hay pues destino definitivo escrito en ningún libro de historia. Toda posibilidad de futuro se va escribiendo con nuestras acciones del presente, de modo que, con independencia de a quienes hayamos cedido el mando en los gobiernos, miremos nuestras manos y creamos en la historia que tienen el poder de construir ahora.

Comencemos hoy, imaginando a nuestros niños del mañana llegando del colegio a preguntarnos con asombro por las tomas, bombardeos, secuestros, desapariciones y masacres de aquellos tiempos de guerrillas, militares y paramilitares, y creamos en que podremos hablarles de ello, con el orgullo de permitírselos tan ajeno, que serán los primeros en nuestra historia que podrán referirse a la guerra en Colombia, como algo perfectamente del pasado.

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