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Editorial  |  24 marzo de 2021  |  09:06 AM

Las torturas en el Quindío

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Dos noticias dramáticas circularon por EL QUINDIANO la semana pasada. La primera tuvo que ver con la tortura, en una vivienda del barrio Patio Bonito Alto, de un par de muchachos, por parte de tres personas que les reclamaban una bicicleta. Los chicos fueron brutalmente golpeados, forzándolos a que confesaran dónde estaba la bicicleta supuestamente robada. Según se desprende de la información entregada por los vecinos y por las propias autoridades, a los muchachos, supuestos ladrones, los amarraron con cadenas y los torturaron.

Los vecinos del barrio tuvieron que intervenir, al oír los quejidos, y la Policía llegó para impedir un desenlace peor de este hecho reprobable en un mundo que se considera moderno y civilizado. Los responsables de este delito deben de ser castigados ejemplarmente. No pueden los ciudadanos hacer justifica por su propia mano, y mucho menos en las brutales circunstancias que se narran.

Hace poco, también en un barrio popular de Armenia, fue hallado un hombre, al parecer habitante de calle, encerrado en un cambuche, encadenado y en lamentables condiciones de inanición. Aunque el hombre fue liberado, nada se supo después de su suerte, ni de las circunstancias que rodearon este caso que hace ver el contexto como un burdo y cruel hecho de los siglos XVI y XVII cuando operaba la esclavitud en el mundo americano.

El segundo caso dramático que queremos referir es el del hombre que la semana pasada fue hallado muerto en un andén del barrio Miraflores de Armenia. De acuerdo con los vecinos del lugar, esta persona de unos 63 años de edad, fue vista la noche anterior, deambulando, en medio de la lluvia, tiritando de frío, lo que hace suponer que su muerte se pudo haber producido por hipotermia. Murió de frío dijeron algunos vecinos.

Se les ha reclamado, por parte de algunas personas, a los vecinos porque no lo auxiliaron, porque no le prestaron ayuda, cobijo, calor, alimento. Y, en verdad, lo que hay ahí es una deshumanización contundente. Sin embargo, nos preguntamos ¿cuántas veces vemos a habitantes de calle junto a nuestras casas o a nuestros carros, y les huimos como a la peste? Nos producen miedo y asco. Muy pocas veces compasión. Cas nadie se atrevería a invitarlo a la casa, a darle una comida caliente, a ofrecerle una cobija para que no muera de frío. ¿Por qué? Porque, como lo dijimos arriba, tenemos miedo de ellos, que nos roben, nos chucen, o nos contagien de alguna enfermedad.

Este caso de la muerte de este hombre en un andén, tal vez por hipotermia y por hambre, o por sobredosis de drogas alucinógenas, es también otro caso de tortura. No de otra forma se le puede llamar a los sufrimientos y a los dolores del hambre y el frío. Sin contar con la necesidad humana del cariño, del aprecio, del amor, que pueden ser mucho más importantes que el propio alimento material.

En los dos casos de tortura que narramos, los muchachos y el señor encadenados y golpeados, y el adulto muerto de frío, la responsabilidad mayor es del Estado. Un Estado con un gobierno debilitado por la corrupción, incapaz de dar soluciones a los problemas sociales del ciudadano. Muchas personas aplauden la actitud de aquellos que se toman la justicia por mano propia. Tanto unos como la otra, los aplausos y la actitud violenta, son resultado de la inoperancia de la justicia, de la impunidad, de la corrupción que invadió todos los espacios de los derechos y deberes de ese Estado y de la sociedad misma.

Es lamentable que cada día crezca la violencia como única alternativa a la solución de los problemas sociales. Es lamentable que la aplaudamos como método social para terminar con aquellos que por las circunstancias mismas que se originan en su entorno social de pobreza y miserias, cayeron en el delito, en la drogadicción y fueron ‘tirados’ a la calle a vivir sus desventuras. Paradójicamente, aquellos practicantes o aplaudidores de esas violencias, son los mismos que se desgarran con golpes de pecho y alabanzas los domingos en las iglesias. No conocen la filosofía y la profundidad del Cristianismo, pero se ufanan de él en la iglesia, aunque lo desdeñen en la vida cotidiana cerca al vecino, al prójimo, que cada día se desmorona frente a nuestros ojos.

El problema social de Armenia y el Quindío es profundo: violencias: intrafamiliar, pandillas, adolescentes y jóvenes imbuidos en la drogadicción, micro y narcotráfico, prostitución y, una profunda pobreza, que raya con las miserias, falta de oportunidades, poca educación y empleo, pero, sobre todo, una corrupción rampante, evidente, que no permite que la ciudad y los ciudadanos avancen. Y para colmo de males: la indolencia, esa falta de sentido de pertenencia y de amor por el otro, por la ciudad y por la vecindad.

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