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Cultura  |  22 mayo de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Termas, tinas y totumas

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Josué Carrillo

El día que me jubilé pensé que por fin había llegado el momento de olvidar la afeitada diaria y el baño a las cinco y media de la mañana; pero no, lo único que cambió un poco fue la hora del baño porque, aún hoy, si llegan las ocho y todavía estoy con la piyama puesta, a menos que tenga una fiebre de 40 grados, empiezan los reproches de mi mujer. Yo me consolaba al leer el Quijote y darme cuenta de que en toda la novela, el hidalgo manchego, a duras penas se lava tres veces y no todo el cuerpo, apenas la cabeza y los brazos. Y no es que la costumbre de no bañarse fuera solo de hidalgos, pues su escudero tampoco parecía ser fiel amigo del baño, a él lo limpiaron al terminar la gresca que tuvo en la ínsula Barataria y cuando el barco en que iban zozobró en el río Ebro, pero esta vez fue más un accidente que un baño.

Un poco ofendido por esa insistencia de que me tenía que bañar todos los días al despuntar el sol, quise saber si esta era una costumbre tan vieja como el hombre o era solo una moda de posguerra; me puse, entonces, en la tarea de averiguar de dónde nos viene esa usanza. Nada grato resultó ser para mí enterarme que el origen del baño trasciende el tiempo del ruido; en él hay elementos religiosos y sociales, además de los que tienen que ver con el aseo y la higiene personales.

Parece que hace más de 5.000 años, en la ciudad de Mohenjo-Daro, en la India, se construyeron grandes piscinas o bañeras públicas que tenían un pozo de donde llevaban el agua al estanque o baño principal y a otros ocho de menor tamaño. También en Mari, la antigua ciudad al oeste del río Eufrates, hace más de 4.900 años, se practicaba el baño entre la familia real, la nobleza y la clase alta como un ceremonial de purificación. Y en el antiguo Egipto, más de 5.000 años atrás, los faraones no solamente se bañaban en albercas, sino que también sabían nadar; claro que no conocían el jabón, pero conocían una arcilla que producía espuma y con ella solucionaban sus problemas de aseo; además, cuidaban su piel con leche de cabra, aceites y cremas. Aquellos que carecían de los medios disponibles del faraón tenían que conformarse con los baños con totuma o irse al río Nilo.

Sin embargo, es de la isla de Creta de donde nos llegó la bañera; la tina más antigua conocida fue encontrada en el complejo palacial de la ciudad de Cnosos, data del año 1.700 a. C. y es de un parecido sorprendente con las tinas usadas a principios del siglo XIX, Otro legado muy útil que nos dejaron los cretenses fue el inodoro, allá se encontró el primer sanitario que jamás se haya conocido.

Parece ser que los antiguos griegos no eran muy aficionados al baño y más bien, lo detestaban, pues para ellos tenía más de religioso y ostentativo que de higiénico, a pesar del culto que le rendían a la diosa Higía, protectora de la salud y la limpieza. Los helenos fueron quienes instalaron agua caliente en los baños que había en los gimnasios que, por lo general, estaban formados por una palestra donde se hacía deporte intenso y después de reposar y relajarse en un baño con agua caliente se pasaba a una exedra o media torta donde se hablaba de filosofía; pero como no todos los griegos eran filósofos, es muy factible que se dedicaran a botar corriente.

Los romanos, en cambio, sí eran muy dados al ocio y de allí su interés por construir edificios públicos para la actividad social, como lo son las famosas termas, en donde se disponía tanto de aguas calientes como de aguas frías. A ellas llegaban y se reunían diariamente hasta 3.000 personas en plan de hacer vida social, negocios y disfrutar de masajes y cuidados con esencias y cremas perfumadas, todo esto combinado con el deporte. Sin embargo, como se ve, empezando por el nombre (thermós, caliente), las termas romanas tienen mucha influencia griega; las hubo en Roma y en todos los territorios donde llegaron sus legiones; entre las más conocidas están las de Diocleciano, Caracalla, Agripa, Trajano y las Thermae Neronianae, todas ellas en Roma, y entre las muchas que construyeron en el extranjero son muy conocidas la Aquae Sulis en Bath, en Inglaterra; las de Tréveris y Baden Baden en Alemania.

Con la caída del Imperio Romano y el surgimiento del cristianismo, las cosas empezaron a cambiar. Se creyó que el agua era un agente transmisor muy efectivo de enfermedades y epidemias, razón por la cual los baños públicos comenzaron a decaer. A lo anterior hay que añadirle la postura de la Iglesia ¡ah, la Iglesia!, pues sus más altos jerarcas predicaban en contra de la desnudez, la promiscuidad de los baños y de ese lujo innecesario y pecaminoso que era el aseo. Así, con la consolidación del cristianismo el baño desapareció casi por completo en Europa y la aparición de la sífilis, a finales del siglo XV, les asestó el golpe de gracia y en su lugar llegó el llamado baño en seco, que no es otra cosa que el que se hace con un trapo húmedo, con el cual se frotan las partes más visibles del cuerpo, cara, cuello, brazos, etc., el conocido baño de gato del que nos hablaban las mamás. Pero a medida que en Europa el interés por el baño cedía terreno, el afán de disimular los malos olores del cuerpo aumentaba el éxito comercial de los perfumes, que fueron traídos por los árabes en los siglos XI y XII.

Sin importar que el baño hubiera sido desterrado casi por completo de Europa, ni que hasta en los palacios reales, como el de Isabel la Católica, se ordenara no bañarse con frecuencia por el daño que podía causar, ni que los médicos creyeran que el baño, y más si era con agua tibia, debilitaba el cuerpo y lo dejaba expuesto a las enfermedades contagiosas, también hubo quien como, Michel de Montaigne, abogara por el baño diario cuando dice: “considero que el baño es saludable y creo que algunos males de nuestra salud se deben a la pérdida de la costumbre observada en el pasado de bañarse todos los días”.

Por esa aversión al baño, no es de extrañar que Luis XIV rey de Francia se bañara solo por prescripción médica, y si no se bañaba el rey menos lo hacía su corte. No es gratuito, entonces que su palacio de Versalles, uno de los complejos arquitectónicos más ostentosos de Europa, no contara con un solo baño. Es mejor no pensar en los retretes improvisados que había alrededor del palacio.

Si lo anterior pasaba en Europa, lo contrario sucedía en estas tierras americanas: cuando Colón pisó el nuevo continente, de las primeras observaciones que le llamaron la atención fue el amor de los nativos por la naturaleza y por el baño diario, donde quiera que hubiera agua. Don Américo Vespucio registró que las aborígenes “no tienen nada defectuoso en sus cuerpos, hermosos y limpios”. De igual manera, a Hernán Cortés le asombró que los nativos, esos seres inferiores, fueran tan dados al aseo y la higiene y Diego de Landa, el misionero franciscano español que se encargó de destruir la casi totalidad de los códices mayas, observó que “los aborígenes de Yucatán se bañan mucho y gustan de los buenos olores, por eso usan ramilletes de flores y yerbas olorosas”. Observó además que “los indoamericanos se lavan las manos y la boca después de comer”, una costumbre desconocida en Europa.

Al final bien puede decirse de los europeos que llegaron, llevaron de vuelta a su tierra todo el oro que encontraron, la costumbre mal aprendida del baño diario y una que otra norma de aseo personal, y a cambio nos dejaron: el jabón, los perfumes envasados y la enfermedad española, como llamaban los italianos a la sífilis tres siglos antes del descubrimiento del Nuevo Mundo, a partir del cual se la endosaron a los nativos y empezaron a llamarla peste americana.

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