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Columnistas  |  29 junio de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Gilberto Zaraza

Cambio verdadero o moderado y ralentizado

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Gilberto Zaraza

Gilberto Zaraza Arcila

Los primeros anuncios del presidente Gustavo Petro son una demostración de humildad y generosidad. Invitar a dialogar a sus más férreos opositores, que lo odian, lo persiguen y lo agreden consuetudinariamente. Y que han gobernado con soberbia, autoritarismo, mezquindad y exclusión; es un ejemplo de grandeza. La señal inequívoca que al frente del gobierno hay un estadista, que antepone los intereses colectivos de todos los colombianos a su ánimo revanchista. Es una invitación a la reconciliación nacional, a un gran acuerdo sobre lo fundamental. Es un llamado a la unidad, a superar la polarización, para sacar adelante el país.

La falta de una bancada mayoritaria, truncada por el comprobado fraude electoral. Y la elevada votación del candidato del establecimiento, disfrazado de independiente, le quitó margen de maniobra, para tener mayor gobernabilidad. Por eso tendrá que concertar las reformas que el pueblo reclama, con los partidos tradicionales que se oponen a ellas y buscarán morigerarlas y dilatarlas. Ojalá no terminen haciendo girar a Petro al tibio centro, y sacrificando parte de los anhelos de un verdadero cambio, que se convirtió en un mandato de la mayoría de los colombianos.

La aprobación de las reformas prometidas y requeridas, no pueden ser un canje por burocracia y partidas presupuestales. Esas corruptas prácticas clientelistas deben ser desterradas de la administración pública. Las negociaciones, por lo tanto, deben ser de cara al pueblo y con total transparencia. Tampoco deben ser a cambio de la entrega de los organismos de control a dedo para blindar a los corruptos.

No puede continuar el modelo neoliberal de la dictadura y la voracidad del mercado, del consumismo, que prioriza la concentración de la riqueza. Que convirtió en negocio los derechos constitucionales, y a Colombia en uno de los países más desiguales del mundo. La economía tiene que estar al servicio del ser humano y no al contrario. Por eso se requiere mayor intervención y   control del Estado.

El Estado de bienestar de los países nórdicos, debe ser un propósito inclaudicable. El cumplimiento de los derechos constitucionales a una vida digna, en paz, con salud, educación, empleo y vivienda, para todos los colombianos, no son negociables. La defensa de los recursos naturales y el equilibrio ecológico, tampoco. Solo se requiere voluntad política y compromiso para aprobar las reformas, y poder así saldar la histórica deuda social con la mitad de la población que aguanta hambre, que vive en la informalidad. Con los campesinos, indígenas, afrodescendientes, con los pauperizados, con los marginados.  

El cambio es por la vida. Por eso se debe eliminar la cultura de la muerte. No más pena de muerte inconstitucional. Hay que acabar con las masacres y el asesinato sistemático de líderes sociales. Tenemos que dejar de ser uno de los países con las gravísimas violaciones a los derechos humanos. Y con el mayor número de desplazados forzados internos y de desaparecidos del mundo.

La construcción de un nuevo país es el gran desafío del nuevo gobierno. Un país verdaderamente democrático, incluyente, con equidad y justicia social. Un país sin violencia, sin odios, sin miedos, sin exclusiones. Un país civilizado, donde la policía y el ejército no sigan asesinando, mutilando, torturando y deteniendo arbitrariamente a quien salga a exigir sus derechos. Un país con esperanza, con amor, con seguridad y ganas de disfrutar la vida. La continuidad del proyecto del Pacto Histórico solo será posible, si se cumple lo prometido. De lo contrario regresará la caverna.

El presidente no se puede confiar, la derecha y extrema derecha utilizaran todas las formas de lucha para derrocarlo. Están azuzando a las Fuerzas Armadas para que lo desconozcan y le den un golpe de Estado, o intentaran asesinarlo, como lo hicieron hace 4 años en Cúcuta. No se puede permitir que en Colombia se repita lo que ocurrió en 1973 en Chile, con Salvador Allende.  

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