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Armenia  |  11 febrero de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Rubiela Tapazco Arenas

Crónica: Los invisibles

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Crónica: Los invisibles

Este texto es autoría de Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo. Docente, escritor y coordinador del taller de escritura creativa Renata Quindío.

Como árboles silvestres se reúnen en la plazoleta, frente a la iglesia San Francisco de Armenia. Se calzan los zapatos domingueros, visten pantalones de moda antigua y camisas de rayas anchas. Algunos se resisten a dejar el sombrero, de imitación aguadeño. Los más jóvenes usan cachuchas de equipos españoles. Muchos llevan el machete metido entre la cubierta de cuero y terciado en la cintura. Otros aprietan entre sus manos el perrero o el zurriago, compañero fiel de peleas y los caminos.

Se reúnen los sábados en la tarde y los domingos en la mañana. Hablan de la próxima cosecha cafetera, de arrobas, surcos y café cogido por kilos. Nombran las fincas donde mejor lata y bogadera ofrecen. Llevan maletines y morrales de lona verde, donde caben unas cuantas mudas de ropa y las botas pantaneras de caucho. Esperan a los mayordomos que pagan el mejor jornal y les brinde un cuartel limpio para dormir. Toman café barato y beben unas pocas cervezas amargas en los bares que rodean el Centro Administrativo Municipal de Armenia CAM. Los más jóvenes regatean un precio bajo a las putas, venidas a menos, que merodean por el sector. Otros compran cafuche o marihuana barata para soportar el hambre y la soledad.

Muchos de estos recolectores de café se conocen. Los más extraños vienen de cosechar algodón en los planes de Tolima, recoger sorgo en los llanos orientales o recolectar la traviesa cafetera en el Huila o los santanderes. Podríamos describirlos como los desarraigados, los sin nombre. Su presencia de fantasmas nunca cuenta en las estadísticas oficiales. Silenciosos se mimetizan con las construcciones decrépitas que rodean las carreras 19 y 20.

Estos hombres anónimos siembran su romería de voces y presencias en un costado del Centro Municipal. Su presencia es testimonio de una ciudad capital que guarda reductos de ancestros y vidas campesinas alrededor del café. Costumbres y usos sociales de un lugar, cuya herencia viene dada por ser el espacio de la antigua galería o plaza de mercado de la ciudad. A pesar de que la ceguera gubernamental demolió el antiguo edificio, y su valor arquitectónico, quedan ellos como testimonio viviente de una época y unos oficios que hoy son invisibles para nosotros. Y continúan allí, con sus silencios, hablando una lengua extraña, escuchando emisoras populares en radios de pilas. Preguntando por veredas y corregimientos: Villarazo, La Pola, Murillo, El Caimo, Chuzobravo, San Juan.

habitantes de esta ciudad, pasamos de largo. Fingimos no verlos, no escucharlos, nos cambiamos de andén. Desconocemos sus gestos y palabras. Pasamos presurosos. Desconfiamos de ellos, del sector de residencias baratas, de bares y cantinas de mala suerte, de fachadas caídas a menos, de ventas de ropa usada, de almuerzos de vitrina y cacharros de mil pesos.

Ellos sólo esperan y callan. Los confundimos con otros seres invisibles abandonados a su destino, que merodean este sector. Ellos solo van y vienen cada semana a recordarnos ese otro país silenciado en periódicos y páginas sociales. Sus nombres, esporádicamente, solo tienen lugar en las páginas judiciales de los diarios de quinientos pesos. Pero ellos continúan allí, como estatuas móviles al atardecer.

Durante horas pisan las huellas de otros que trasegaron por este lugar. Vienen con sus manos de tierra y maletines rústicos. Traen noticias y palabras de surcos, fincas y sembrados de café. De aquí se irán a las veredas, en los yips de turno, a trasegar entre cafetales y cuarteles. En algunas semanas no estarán y los olvidaremos como monedas usadas. Ellos, los invisibles.

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