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Cultura  |  07 agosto de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Radio Sutatenza

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Este texto fue escrito por Angelmiro Ortiz O y hace parte del libro antológico La radio en el Quindío.

Me salta el corazón de alegría cuando escucho un bambuco, un torbellino, un rajaleña, o una guabina y vibra mi ser con La Sombrerera, El Barcino, Esperanza o El Bunde Tolimense, canciones que entonaba mi padre en su tiple hace muchos años, en esas tardes de descanso y tertulia a la luz de una "lámpara de petrolio", una vela de cebo o simplemente bajo la luna llena. Son mis recuerdos de cuando apenas balbuceaba "ma… ma".

Me parece oír las gratas melodías que salían del radio marca Sanyo, de color azul, que mi madre se había ganado en un concurso de la Radio Difusora Nacional, en el Programa educativo y cultural de Sutatenza cuyo nombre venía grabado en el aparato.

Era un radio tan intocable y valioso para mi madre, que solo mi padre lo prendía y Don Juan De Jesús Reinoso, compadre muy querido, decía: "mmm…suena bueno ese joco con lengua".

Cuando escuchábamos programas de humor, por ejemplo las charadas y jocosidades de los Tolimenses, mi madre decía que eran groseros y con una carcajada pedía a mi padre que le subiera volumen al radio.

Mi curiosidad de niño que aumentaba al escuchar tanta diversión en algo tan pequeño, quería saber quién hablaba dentro de ese aparato, hasta que un día tomé un cuchillo de cocina dispuesto a aflojar tornillos, pero mi hermano mayor me dijo que no lo hiciera porque lo dañaba.

“Adentro no hay nadie. Lo único que tiene son pequeños circuitos, bujías y cablecitos". Sentenció con voz firme mi hermano.

"¿Y eso es lo que lo hace sonar?", pregunté.

"También las ondas sonoras que van de poste en poste hasta llegar al aparato" me respondió.

Esto no calmó mi curiosidad, por eso quise construir mi propio radio. Tomé pedazos de madera del aserrío, le puse algo similar a los tres botones: encendido, emisoras, AM, FM y le dibujé los mismos logotipos y figuras.

Un hermano que me observaba, le dijo a mamá que sería bueno explotar esa curiosidad: "puede llegar a ser un buen Radio Técnico", susurró.

Yo veía los cogedores de café y sus radios amarrados en la cintura con una cabuya para escuchar música todo el día y noté que unos traían brochecitos por detrás, que además de destaparlos y limpiarlos, dejaban ver toda la maquinaria. Mi curiosidad quedó satisfecha.

Hace poco, en un viaje de visita a mis tías, quienes recuerdan y conservan sus orígenes y raíces, me hicieron sentir épocas de antaño con historias de mi madre y mi padre, que en la violencia las escondía en las quebradas por miedo de que la chusma las reclutara o las matara. Estas historias, ambientadas en una casa paterna grande y bastante cómoda, tuvieron cierto aire nostálgico cuando visité la tumba de mi abuelita, a quien nunca conocí.

Después de disfrutar un delicioso sudado de gallina campesina preparado por mis tías, vi algo que me llamó poderosamente la atención. Encima de una vieja nevera, un radio idéntico al de mi madre. Me levanté entusiasmado, lo cogí por la agarradera sin poderlo creer, pero ahí estaba: marca Sanyo, tres botones. Al lado del dial decía Radio Sutatenza y estaba la figura del globo terráqueo, que en mi infancia no entendía, pero que hace poco, investigando, supe que se trata de un plano cartesiano.

Estos radios tenían tres pilas, o carbones como se decía en aquel tiempo. Inmediatamente conseguimos las tres pilas, las coloqué y lo prendí. Emitió un "chirrido" que me acercó tanto a mis recuerdos, que cuando sonó la emisora, me pareció que el locutor iba anunciar a Emeterio y Felipe, Las Aventuras de Montecristo, La Ley contra el Hampa, Arandú, o los comerciales que invitaban al San Pedro y San Juan en el Huila, o que iría a sonar el famoso himno chaparraluno, La Sombrerera.

Estaba tan anonadado con mis recuerdos, que debí disimular para que las lágrimas no rodaran, mientras mi tía me observaba con atención y solo se me ocurrió decir:

¿Tía, cuánto hace que lo tiene?, ella encogió los hombros y me dijo:

"Mijo, hace muchos años lo tengo. Me han ofrecido mil cosas, pero es imposible salir de él".

Quise comprárselo, cambalachárselo, hasta pensé en "cambambiármelo" sin que ella se diera cuenta, pero me arrepentí al ver en sus ojos el valor sentimental tan grande, por aquella maravillosa joya de nuestros recuerdos.

Glosario:
Joco: cosa, objeto sin forma definida y sin utilidad.
Cambambiármelo: hurtar, llevar sin permiso
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