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Editorial  |  18 octubre de 2022  |  08:52 PM |  Escrito por: Miguel Ángel Rojas

Indigencia sin límite en las calles de Armenia

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Miguel Ángel Rojas

La palabra indigencia significa la falta de los mínimos recursos económicos para poder vivir. Esa indigencia se nota en las calles de Armenia cada vez con mayor fuerza. El habitante de calle crece cada día, con cifras que parecen pequeñas frente al total de la población, pero que ante el sufrimiento personal y familiar es bastante grande. La alcaldía dice que los habitantes de calle en Armenia son cerca de 900, mientras que en un censo realizado por la Diócesis de Armenia ese número llega a unos 1.350, según el propio obispo Carlos Arturo Quintero Gómez.

La mayoría de las personas que están en condición de calle y de indigencia en Armenia son producto de la pobreza total y del consumo de sustancias alucinógenas. Muchas de estas personas no son del Quindío, han llegado de otras regiones del país, y aquí se han quedado por gracia de la comodidad que resulta vivir de la mano caritativa de sus gentes y de las fundaciones humanitaria que recorren las calles ofreciendo un alimento caliente para ellos.

El problema es latente. La presencia del habitante de calle nos pone en una crisis humanitaria, pues cientos de seres humanos deambulan perdidos, como sonámbulos, en otra dimensión, enajenados por las drogas; otros, con frenéticos impulsos violentos, sicópatas que en cualquier momento reaccionan. No hay que confundirlos con los recuperadores de basuras o recicladores, que son personas, en un buen porcentaje, que tienen la condición de trabajadores, no son habitantes de calle y viven con una familia en la ciudad.

Es una pena pasar por ciertos sitios de Armenia y ver el espectáculo grotesco del consumo sin medida y la pérdida humana que allí se representa. Sectores como la calle 15 entre carreras 18 a 21 y aledaños; o en la carrera 12 entre calles 12 y 13, zona del parque De Sucre, o la aún vigente Cueva del Humo, para hablar solo de los más conocidos, conmueven y duelen, aunque para muchos son seres invisibles, inexistentes, producto de la indiferencia social que crece en la modernidad del capitalismo salvaje.

¿Qué hacer?

Hay tres propuestas que deberían considerarse por la clase política, por el gobierno, por las fundaciones, por la sociedad civil, por toda la ciudad, para tratar de darle solución al problema o, por lo menos, paliar este dolor y esta pena de estas personas y sus familias.

La primera es apoyar la idea de la Diócesis de Armenia con su centro de atención al habitante de calle. Dejar de actuar cada uno por aparte y unir los esfuerzos para que se constituya un programa con fortaleza. Hay que dejar los egos, hay que apartarse de las acciones individuales, que no son malas, pero que se dilapidan sin una solución real. Hay que convocar a realizar una política pública de atención al habitante de calle cuyo propósito final no sea la atención, sino ofrecerle una salida digna a su condición de calle. Y esa política debe orientarse, con recursos públicos y privados, desde una entidad con experiencia y credibilidad como la Diócesis. Si los gobiernos municipal y departamento tienen recursos para atender el habitante de calle, deberían de buscar la forma jurídica de encausarlos con la Diócesis para que sea esta entidad quien ponga en marcha los programas.

La segunda idea es enfocar todos los hogares de paso de la ciudad. Cuantificar sus camas y unir sus propósitos, incluso crear unos nuevos si es necesario, para que ninguna persona amanezca en la calle. No hay nada más incómodo para un comerciante o para una familia tener que levantarse y hallar en el portón del almacén, o de su casa, una persona durmiendo. Tenerla que despertar y, en muchas ocasiones discutir con ella, para que se retire del lugar. Y, luego, lavar todo el sitio, ‘desinfectarlo’, como dicen algunos. En los hogares de paso no solo podrán encontrar un techo, una cama, sino también una comida caliente, un baño para sus necesidades y para su aseo personal en la mañana, y un desayuno. En esto, debe de haber una coordinación perfecta con los hogares de paso, el gobierno y la Policía. Todo aquel que vaya acomodando su cobija en la calle debe ser conducido a un hogar de paso. Hasta que lo tomen por costumbre. El gobierno, las fundaciones y los ciudadanos que financian individualmente con ayudas en la calle, pueden encargarse de los costos de estos hogares.

La tercera y última idea es crear una especie de ciudadela, abierta, sin muros ni restricciones a la libertad, donde los consumidores puedan llegar y encontrar allí sitios para dormir y comer, y, por supuesto, para consumir drogas. Esto último es muy importante porque será la forma de generarles confianza y seguridad que los pueda retener en el lugar. Una ciudadela con unos servicios excelentes de salud y atención al problema de adicción, también de educación y trabajo, sitios de labor donde las personas se sientan útiles. Este ensayo ya lo hizo el país alguna vez con los enfermos de lepra, y se llamó Agua de Dios, un pueblo creado solo para ellos. ¿Discriminación? Tal vez sí, en el caso pasado de Agua de Dios, pero con la ciudadela que proponemos, estamos seguros que serán mucho menos los sitios de consumo directo regados por toda la ciudad, ganaremos en seguridad, pero, sobre todo, en atención a esta población enferma de adicción a las drogas.

Hay que detener la indigencia en las calles de Armenia que, ahora, no tiene límites, y mañana, será mucho peor, porque su pobreza extrema y su locura, producto de las drogas, se enfocará en provocar un malestar total a la población en general.

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