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Cultura  |  14 abril de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Ella se lo buscó

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Un texto de Jhon Jairo Torres G publicado en el libro, Colcha de relatos, del Taller Literario Café y Letras Renata.

Se miraban fijamente. Sus ojos reflejaban la sonrisa del otro que describía la alegría de sus corazones, como quién descubre la felicidad justo frente a sus narices. De repente, como si saliera de una especie de trance, Johans (el “desconocido”) continúa la preparación de su plato especial: lengua de res, que ya se encuentra en su punto y espera la salsa para concluir ese contubernio de sabores indescriptibles y autóctonos. Los comensales esperaban con tantas dudas en sus corazones como en sus paladares y los aromas de la cocina transmutaron los pensamientos de don Jesús y de doña María, de la incredulidad a la esperanza de una recompensa traducida en tranquilidad para la vida de su hija.

Preparada la mesa, los comensales, su hija y “Johans”, se disponían al primer zarpazo al plato, cuando Ruth exclamó con una alegría que transportó a don Jesús a los tiempos en que su hija se veía feliz, y sus ojos esbozaron un intento de lágrima reprimido por la rudeza de su temple.

–Este almuerzo querida familia– dijo ella –, es con motivo de presentarles a mi nuevo príncipe azul-. No fue una sorpresa. La familia esperaba saber con quién salía Ruth, después de tantos errores. Prevenidos disfrutaron el manjar que los sorprendió de manera tan grata como la conversación de este joven tan simpático, que compartía dichos y chistes espontáneos.

Ruth recordó cuando doña María ganaba algunos pesos con el aseo de una casa, mientras ella, muy niña, no podía pasar de la puerta por inquieta. Se convirtió en proscrita al interior de la casa una tarde en que, al jugar a los indios con el hijo de la dueña bajo la mesa del comedor, las matriarcas descubrieron al infante pintado en su cara con esmalte de uñas. El resultado fue la barrera en que se convirtió la puerta.

En esa casa conoció a quién sería su padrastro: Jesús; un joven de “atuendo extraño” que disfrutaba permiso de su servicio militar en casa de sus tíos y que al ver a doña María quedó flechado. Comenzaron el noviazgo en busca de compañía mutua; Ruth encontró un padrastro amoroso pero estricto, Jesús inició su carrera de suboficial del ejército y al poco tiempo se casaron lo cual trajo un capítulo muy alegre a sus vidas. 

Vino también a su mente Villavicencio, donde nació su hermano Miguel, un bebe rechoncho, cual buda blanco que llegó, según su recuerdo absurdo, a cercenar el amor de su padre. Estudiaba en el mismo cantón al que pertenecía la casa fiscal donde vivían. Se recuerda lista para estudiar, con zapatos lustrados, medias altas de boleros, falda de prenses y cuadros finamente alineados, blusa blanca inmaculada y un peinado en el que no desalinea ni un solo cabello porque parecería indisciplinada. Su cama perfecta y el toldillo sin una arruga, como Jesús exigía. En la oración, la “hermana Justicia”, la reata de su padrastro, impedía distracciones inapropiadas.

Mientras degustaba el banquete y pensaba que no volvería a sentarse con sus padres a la mesa, recordó el castigo por volarse la vez que sus padres salieron a mercar y la dejaron. Sola en casa vio un furgón con soldados llegado al batallón y decidió fugarse. Igual que su padrastro cuando lavaba ventanas, retiró persianas de cristal hasta que pudo salir y corrió a ver entrenar aquellos superhéroes, que como Jesús encarnaban un Rambo criollo. De pronto se percató de la hora y con pies en polvorosa volvió para no ser descubierta.

Por el camino, vio unos frutos de colores, muy pequeños y en forma de corazoncito que se veían deliciosos. Tomó unos cuantos y al secarse el sudor de la cara con las manos, sin saber por qué, comenzó a sentir un ardor en los ojos. Las lágrimas le impedían ver, pero logró entrar y poner los cristales a tientas. “La irritación es un castigo de Dios por haberme volado”, pensó. El lagrimeo la delató y trajo la reprimenda, no sin antes lavarle la cara con leche para disminuir el efecto del ají silvestre restregado en su cara.

Cuando vivieron en el Caquetá su madre quedó en embarazo. “Si es otro niño, me llevó el que me trajo. Si por culpa de este buda me dan duro, cómo será con dos”, pensaba y en sus oraciones pedía con fe, que fuera una niña. La situación era difícil, la guerrilla intentaba tomarse la base, en la memoria, la imagen de “su padre” reacciona al ataque. Lo ve correr, como en los entrenamientos, como “su héroe”. Por días no salen de casa y aunque las calles estaban vacías, ve pasar militares heridos o muertos y siente vibrar la tierra con el carro tanque. Había que dormir en el baño por los hostigamientos. 

–¡Hoy si fue! Hoy nace su hermanita–. Dijo una tía y ella agregó: –Ojalá que sea una niña porque si no, aquí no dejo entrar a nadie–. Esa noche tocaron la puerta, asegurada con pasador para atrincherarse. Era su tía diciendo: ¡Ruchita! ¡Abra que su mamá viene muy débil! – y ella preguntó: –¿Y qué fue… niño o niña? –, la tía lanzó un petardo: –¡Niño! –.

Ruchita cayó de rodillas y con lágrimas en los ojos lanzó el contraataque: –¡Yo les dije que si era un niño no les abría! ¡Aquí no entra nadie! –. Doña María, mediadora exclama: –¡Ruchita! ¡Abra la puerta que es una niña! –. Aunque no creía cedió terreno a sus “amados enemigos”, que al enseñar el botín suponen cuál sería su felicidad al ver la niña, a quien llamarían “Karina”. Sus ojos se iluminaron y fue amor a primera guerra. La bañaba, peinaba, vestía y sus barbies fueron confinadas al armario como prisioneras, mientras su atención era para “Karina”. –Ahora sí, vamos a ser dos contra uno–. pensaba.

Un bocado de lengua en salsa, una mirada a sus compañeros de mesa, una aceptación para verse involucrada en la conversación y de nuevo al pasado. Con dieciocho años conoce a Enrique, un muchacho “muy pinchado”, dicharachero y conversador, con quien a regañadientes le permitieron salir, a pesar de que pedía permiso para llevarla a las famosas chiquitecas de dos a seis de la tarde en la primera de mayo. Las salidas de noche empezaron con cumplimiento de reglas como llegada estricta a la una de la mañana, pero un día cambiaron la rumba por la casa de Enrique. Rememora la lucha interna entre lo correcto y lo libidinoso: “Enrique no… sin condón no…” “tranquila. Lo saco antes de venirme y no pasa nada”; pero sí pasó.

Su rostro se frunció por un segundo, pero no quería arruinar el almuerzo con expresiones indeseadas, así que retomó la compostura y volvió a los recuerdos tratando de disimular lo que sentía su cuerpo y se vio diciéndole a Enrique: –Me van a echar de la casa. Papá siempre me ha dicho. Yo la apoyo en todo, pero no se me tuerza en el camino por que hasta ahí llegamos–. A lo que él respondía: –¡Quééé! su papá que la va a andar echando!

La prueba de embarazo salió positiva. Postrada en su cuarto con el papel en la mano la descubrió doña María. –¿Qué le pasa Ruth? – sin mucho rodeo su respuesta fue: “Estoy embarazada”. –Ya lo sabía. Mire cómo se lo va a decir a su papá y prepárese: ya sabe la respuesta–.  Se ve como un espíritu flotando sobre sí misma, ve a su padre azotar la puerta cuando se entera, y su rostro mezcla de rabia y dolor diciendo: –Ya sabe lo que tiene que hacer–, que significaba el fin de las comodidades y alegrías.  Recordó la conversación de su padre con Enrique: –Tanta soberbia y yo sé que usted no tiene nada que ofrecerle a la niña- y a Enrique con ínfulas de hombre responsable: –Tranquilo, yo tengo una casa que me dejó mi papá y recibo el arriendo, no se preocupe que yo respondo-, y a don Jesús exclamando -me parece perfecto. Entonces llévesela.

Camino a su casa Enrique rezongaba. “Viejo hijueputa, cómo la va a echar. Uno no echa los hijos a la calle como un perro”. En la casa le dijo a su madre “¿Cómo ve a esa gonorrea que no la dejó sacar sino la ropa? pero no se preocupe madre, que yo mañana le compro unas pastillas para que salga de ese problema, porque yo no pienso vivir con ella”.

Ruth vio su propio rostro pálido mientras hurgaba en sus pensamientos. “Dios mío, todo lo que perdí… No… No…” suspira tanto en su recuerdo como en la mesa, sin que los demás adviertan su expresión.  ¡Las famosas pastillas no funcionaron, “! Gracias a Dios ¡” exclama en voz baja. –Gracias a Dios qué hija–, pregunta doña María mientras Johans y su padre la miran. -Gracias a Dios, estamos almorzando tan rico– respondió y en su interior pensaba, gracias a Dios no funcionaron, porque sin ella no podría soportar esta historia. Recuerda una foto de Luisa Fernanda, su hija, los demás sonríen y continúan con el almuerzo, mientras su mente vuela sobre el sendero de las reminiscencias.

“Pues se quedará viviendo con usted “Ma”, porque yo no pienso vivir con ella” y así fue. Todo el embarazo la paso con doña Consuelo, “mamá de Enrique”, que desde el inicio cuidó de Ruth con cariño. Descubrió que las madrugadas del joven a sacar el perro al parque estaban acompañadas de un porro de marihuana, según él, “para relajarse”, aunque se relajaba a toda hora y Ruchita pensaba que cuando naciera su bebe, Quique como le decía entonces, cambiaría.  Mientras llegaba, el sufrimiento aumentó con el maltrato físico y los madrazos; claro está, mientras doña Consuelo no se encontrara en casa. Un día sin mediar palabra lanzó su mascota contra Ruth. Ella sintió al Pit Bull negro de cabeza pronunciada y musculatura de toro, abalanzarse y hacerla rodar varios escalones; los dientes de la bestia enfurecida buscando su rostro y de un momento a otro sin explicación, cesó la embestida. El animal se alejó como si hubiese percibido el aroma de su embarazo. El estupor del recuerdo hace que se estremezca, suspira y retoma la compostura en la mesa.

Llegado el momento, buscó la ayuda de Quique, pero la respuesta del chico fue taparse hasta la cabeza para seguir durmiendo. Como pudo llegó al hospital paliducha tirando a verde, delgada hasta más no poder, con unas ojeras más grandes que las de un mapache, pómulos protuberantes y sin cachetes. En el trabajo de parto, que duró unas tres horas, un frío recorrió su cuerpo… luego oscuridad y silencio. Suelta los cubiertos con delicadeza y rememora que antes de perder el conocimiento, pensó: “No me puedo morir, no se la puedo dejar… Él no la quiere, cómo se la voy a dejar, no, no, no”. Toma nuevamente los cubiertos, disimula y continúa con el almuerzo.

Consiguió trabajo en San Andresito y alquiló una habitación en un inquilinato del barrio donde vivían sus padres, cerca de la casa de doña Consuelo que cuidaba a Luisa Fernanda.

En la habitación de bahareque con una ventana pequeña y piso de madera, estaba su cama al lado de la puerta y el corral de la niña con su toldillo rosa. Al fondo una estufa a gas de dos puestos, un par de ollas que le dejó su madre y un diminuto closet. Luego de desayunar pan, huevo y un poco de café, salía a trabajar y dejaba la niña donde doña Consuelo con una lonchera para el almuerzo, los teteros del día, pañales, crema y algo para las onces porque doña María le decía que primero su hija, o si no que la llevaba el bienestar familiar.

Para ella no alcanzaba almuerzo así que muchas veces pasaba derecho. En el trabajo cuando todos almorzaban cerraba la persiana por pena y frente a la pregunta ¿Que trajo de almuerzo? se inventaba el almuerzo más rico del mundo, sonreía y continuaba su jornada hasta llegar a casa y comer algo de pan con agua panela. Las pocas veces que sacaba tiempo para cocinar, los frijoles se secaban o se quemaban, el arroz quedaba duro o simple, así tocaba comerlos. Así transcurrió año y medio.

Al lado de donde trabajaba, un muchacho le agradaba mucho; moreno, alto, amable, vestía de blanco y usaba el cabello corto. De vez en cuando le preguntaba si iba a comer chontaduro, o si quería un café con empanada. Lo veía como un príncipe, comparado con el papá de la niña, aunque no guardaba esperanzas; sentía que su menguada apariencia, causada por la obligada dieta, no era la mejor. Cierto día un allanamiento realizado por las autoridades obligó a cerrar y alejarse del lugar para evitar problemas legales. Mientras esperaba, él se acercó y le preguntó dónde vivía y ella recelosa, respondió entre chiste y chanza. Resultaron caminando juntos, pues vivían cerca.

La semana en que solo le alcanzó para la comida de Luisa Fernanda, pasó sus días con migajas y una noche al llegar a su habitación, sorprendida la encontró con candado.

–Cuando traiga la plata del arriendo la dejamos entrar– le dijeron. Su cara se desfiguró. ¿para dónde coger a esa hora con la niña? se vio obligada a acudir a doña Consuelo.

A los días el reciente amigo, presintiendo lo que sucedía, le envió un almuerzo, que no solo le devolvió el aliento, sino que le supo a gloria; tal como el que degusta en el momento actual. Al agradecerle y ante la pregunta de él, “¿qué hago para conquistarla?”, le contó sobre su hija, de dos años para entonces, y los ojos del joven se abrieron más de lo habitual. ¿Cómo una chica tan joven tiene una hija? pero lo movía más su gusto por “Rutcita”, atacó con la artillería más pesada que encontró para llegar a su corazón. “y… ¿cómo se llama tu hija?... ¿cuántos años tiene?... me gustaría conocerla”.

Se ganó el cariño de la niña y el corazón de su madre. Formaron un hogar con una sola premisa que dejó clara desde el principio ¡No quiero tener más hijos! él aceptó. lo único que opacó la felicidad, fue la partida de sus padres. Al pensionarse, don Jesús se mudó a Armenia donde compró casa y al poco tiempo a Doña María una enfermedad la privó de la vista.

Pasan por su memoria las imágenes del furgón con el trasteo, de su pedir perdón a su padre por los errores cometidos, las lágrimas, consecuentes con el hecho de quedarse sola en la gran urbe. Ruth sintió que su mundo se derrumbaba otra vez.

Superó esa partida gracias al apoyo del “moreno” que llegaba cada mañana al local a preguntar “¿Ya desayunó?” y el “Sí”, que ocultaba la verdad. “Mentirosa… venga desayunamos”. En otras ocasiones: “Mire esta chaqueta que le traje a Luisa” etc. Los desayunos y regalos acompañaron la convivencia y la rodearon de alegrías. Con el papá de la niña hubo uno que otro problema, que la obligó a pedir una caución para que los dejara tranquilos.

Las cosas comenzaron a complicarse, cuando el “moreno” quiso tener su propia descendencia. Empieza cristo a padecer y el cuento de hadas se transformó en un drama.  A Ruth la agobiaban los comentarios de las personas, “Si usted le da un hijo, de pronto cambia” decían, pero en su cabeza y por su experiencia un hijo no cambia a un hombre. El aspecto físico de él comenzó a cambiar; las drogas lo volvieron problemático, agresivo e irresponsable y Ruth revivió el infierno con Enrique. “Qué pereza” pensaba. Vivía con él por agradecimiento, por eso trató de convencerlo con rehabilitarse en alguna institución, pero siempre recaía.  

El maltrato psicológico insostenible; el abandono emocional y la angustia constante la decidieron a dejarlo. Habló con doña María para preguntarle si su padre la recibiría a ella y a su nieta en la casa de Armenia y para su tranquilidad don Jesús, aceptó. No fue difícil abandonar al “moreno” y un día, emprendió el viaje hacia el eje cafetero decidida a empezar de cero.  Él la buscó en muchas ocasiones, al punto del hostigamiento. La culpaba de su situación, de su drogadicción, del alcohol, de sus tristezas y todo, según él, a causa de su abandono… 

Vuelta al presente, la mesa con sus padres y Johans, quién le da la tranquilidad que había perdido, la conversación se desarrolla con tanta amabilidad que no lo puede creer. Un intento de lágrima, esta vez de alegría, pero no quiere derramar ni una. La imaginación regresó al pasado, cuando la relación con sus padres mejoró, consiguió trabajo con una empresa de cosméticos que le exigía estar muy bien presentada y se dio un descanso en las relaciones sentimentales. Ansiaba un hombre diferente con quién compartir su vida: “No me dejes caer en manos de otro de estos, señor. Cuando veas que me voy a equivocar, muéstrame… pero claro señor. Ya ves que soy medio brutica y lenta para entender”.

Ese tiempo sola le permitió amoblar el apartamento que arrendó en el mismo conjunto de sus padres para estar cerca de ellos. Un día le informaron y culparon de la muerte del “moreno” en un accidente de tránsito. Tomó la noticia con tranquilidad. Se terminaba el hostigamiento de los últimos años, aunque quedó muy agradecida por lo que le enseñó de las ventas y por la ayuda que le brindó en momentos de mucha necesidad. Le entristece sí, que no hubiera aceptado ayuda, pero su conciencia se encuentra tranquila ya que lo intentó muchas veces.

Terminado el almuerzo entre risas y chanzas, pasaron a la sala a disfrutar un tinto y a conocer aquel hombre que les generaba tanta confianza. Él, su príncipe, hablaba de sus anécdotas y respondía preguntas con el desparpajo propio de su personalidad. Ruth cayó presa ahora de sus recuerdos más recientes. Al punto de venta entró un promotor, alto, ojos expresivos, semblante serio, con uniforme de una reconocida marca de colchones, que cautivó su curiosidad. Una amiga le dijo que era un hombre juicioso y serio, que afrontaba una difícil separación. “Se separó por cuestiones irreconciliables y ve por los ojos de su hija, pero casi no se la dejan ver… pobrecito; tan bella persona y como está de afligido…”, agregó.

Se cruzaban de manera esporádica, y sin muchos ademanes dejaban entrever que se atraían. Un día su amiga le dijo: “Ruky (como le decía de cariño), ¿no se ha dado cuenta que cuando usted sale, Johans se queda mirándola?”, “Usted si es muy chismosa” contestó, pero en sus adentros: “Él que se va fijar en mí, si todas las de la tienda chorrean la baba por él… Mmm qué rico fuera”. recuerda haber levantado la mirada al cielo: “Señor Dios, eso es mucha tentación, si no es para mí, aléjalo señor. Dame una señal como hasta ahora”.

Estaba lista para salir a trabajar cuando sonó el citófono. “Buenos días doña Ruth, aquí se encuentra un señor…Johans que viene por usted”. La sorpresa viene acompañada de una burla de Luisa: “¡Upa! y es que vienen a recogerla. La cosa va en serio”. Al salir, Johans, encaramado en una enorme moto y un casco en la mano le dijo: “Hola compañera, me entregaron la moto que estaba en el taller ¿se acuerda? y me tomé el atrevimiento de venir a recogerla si no le molesta”. “Bueno compañero. ¿Qué pretende? Le advierto que yo no soy el “arrocito en bajo” de nadie, ni me interesa un amigo con derechos”. La respuesta del caballero fue espontánea: “¡Ehhh! ¡pero está bien armada compañera! la verdad es que, usted me gusta mucho y disfruto mucho de su compañía. Lo que no se es… si está dispuesta a arriesgarse con alguien en mi situación. No quiero apresurar las cosas”.  “Yo sé cuál es su posición Johans. La que no creo que tenga las cosas tan claras es la mamá de su hija y la verdad yo no quiero problemas”. “Qué tipo de problemas”. “Algún día ella va a querer saber por qué ahora usted es tan valiente para decir que no quiere estar con ella. Uno de mujer sabe que eso es porque ya tienen a alguien. ¿Ya se lo preguntó?”, “Si”, “y ¿usted qué le dijo?”, “Que no”, “Ah bueno… Muy bien, pero estoy segura que ella va a poner problema”; “¡Nooo! si antes ella me dijo que ya tenía otros pretendientes, que no se iba a rebajar a volver con alguien como yo, no creo que ponga problema”, “Los va a poner compañero”.

Poco después al salir del trabajo se puso el casco, se subió a la moto y de repente sintió que la agarraron del brazo y la arrojaron al piso. “¿Por esto me cambiaste?”. Mientras cae piensa “Qué vergüenza. Yo sabía que esto iba a pasar y justo al frente del trabajo no puede ser”. La mujer se abalanzó a quitarle el casco, pero Johans se la quitó de encima diciendo “Qué le pasa, qué está haciendo” y la respuesta, como lo había presagiado Ruth “Vengo a ver por quién fue que me cambio”. La gente los rodeó y llegó la policía. “Por Dios, lo único que me faltaba vivir era esto” mientras se levantaba, la mujer mucho más alta que ella la mira. “Esta mujer tan grande me va a destruir”, ella le dice “Usted está destruyendo un hogar”, “¡Vea!, él me dice que ustedes están separados, si eso es mentira dígamelo usted”. “Nosotros si estamos peleando, pero eso son peleas bobas, problemas de pareja” y se alejó. Johans le preguntó “¿Qué le dijo?”  “Que estoy destruyendo un hogar”, “No es cierto. Estamos separados hace mucho rato. Incluso ella fue la que me botó los chiros por la ventana” y Ruth le dice, “mejor vámonos antes que vuelva y se forme un problema peor”. Durante el camino no cruzaron palabra, ambos trataban de asimilar lo acontecido… por su parte Ruth tuvo la firme intención de investigar a fondo lo que Johans le decía.

La situación estaba tensa, pero él continuaba tan caballero como siempre. En una conversación Johans le dijo: “Si usted me acepta con todos estos problemas, lo podemos intentar”. Ella contestó con claridad “Mire, si usted me dice que no va a volver con la mamá de la niña, yo soy consciente que usted tiene que tratar con ella, pero si tiene las cosas claras, intentémoslo”.  “Entonces ¿quiere ser mi novia?” Ella reconstruye la sonrisa de ese momento junto con el pensamiento: “¡Ehhh! Todo lo que tuvo que pasar” y se besan con calidez.

De nuevo con su atención en la sala notó una pausa en la conversación y pensó –“Tengo que preguntar Pachis, qué piensa”. Su padre le hizo gesto de aprobación, mientras doña María sostuvo su mano con un apretón que le hizo presentir: Jhoans es la persona indicada.

Ahora, varios años después de aquel almuerzo, describe su relación como algo muy gratificante, basada en la confianza y el apoyo mutuo. Atrás quedaron los malos momentos, su relación familiar se ha fortalecido y mira hacia el futuro con la tranquilidad propia que brinda la estabilidad, la lucha permanente, la resiliencia constante para salir de las situaciones difíciles y superar los obstáculos ha traído la justa recompensa de ver su sonrisa reflejada en la mirada de su príncipe; como quien descubre que la felicidad sí existe y justo se encuentra frente a sus narices.

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