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Columnistas  |  15 noviembre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Mayo Mejía

La Armenia que fue y la que soñamos

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Volvamos de moda amar a nuestro pedazo de paraíso.

Mayo Mejía

Mausoleo de Tigreros

Por estos días en Facebook apareció un video sobre la construcción del Monumento al Esfuerzo del maestro Arenas Betancourt esculpida en París por el maestro Henao Buriticá. Imágenes fílmicas publicadas gracias a la increíble labor del Museo Grafico y Audiovisual del Quindío, que ha sabido preservar la memoria de eventos tan importantes, como la construcción del monumento. Memorias de un momento cívico e histórico de lo que fue un proyecto comunitario, en la que toda Armenia se involucró y que nos llenó de orgullo.

En los colegios y hogares se recolectó llaves,- que entonces eran mayormente de bronce- y entre rifas y muchos eventos más, se patrocinó parte del material de la estatua, que junto a nuestra moderna y hermosa catedral, con sus espejos de agua y palmeras y el casi terminado “rascacielos” de la gobernación, anunciaban una época de progreso sin igual.

Eran tiempos del café como rey de las exportaciones y la Federación de Cafeteros como constructora de infraestructura, administración e inversión (Flota Mercante Grancolombiana, Banco Cafetero, acueductos, caminos y escuelas, entre otros). En los 70, la palabra más tenebrosa era “roya”.

Hoy la realidad es otra, la hermosa fuente de agua del monumento, desapareció, como también los espejos de agua de la catedral. Desapareció, como lo están haciendo las palmas y lo parques, como lo está haciendo la armenianidad ¿es esa una palabra? Desaparecidos, como esos valores cívicos y principios morales de los cuales fuimos siempre tan orgullosos, tan lejanos ahora como las palabras de nuestro lema departamental, Joven Rico y Poderoso.

El parque está sucio y huele mal.

Ya el café no es más nuestro principal cultivo, ni el salvador de la economía nacional. Que mala memoria tiene Colombia, ahora que nuestros caficultores sufren.

En las escuelas y colegios los himnos pasaron de moda, los jóvenes y muchos no tantos, no saben quién fue el cacique Calarcá, o por qué nos llamamos Armenia, o de dónde vienen nuestras raíces y arquitectura, el por qué de nuestra gastronomía y que quizás nunca se han tomado una forcha.

¿En qué momento perdió Armenia sus sueños y esperanzas?

Pero quedamos muchos de nuestra generación, que queremos seguir soñando con una Armenia y un Quindío mejor, con un teatro municipal, con el total desarrollo del polo cultural de la Estación y sus 28 cuadras de influencia, con la preservación de nuestro patrimonio cultural, con el desarrollo de un pénsum educativo que enfatice nuestros valores e historia y los prepare en lo artístico pero también en lo técnico, que nuestros jóvenes tengan una universidad pública gratuita de calidad, con vías e infraestructura, una ciudad como nos merecemos, como la que hemos pagado a través de los años, con nuestros impuestos y ardua labor.

Una Armenia limpia, donde la pintura vial no sea una trampa de la muerte, donde una calle no se demore años en pavimentarse, donde los bomberos tengan equipo y se les reconozcan honorarios por salvar nuestras vidas y propiedad, donde se conserven los parques y plazoletas que finalmente son nuestra identidad.

Rescatemos nuestra “armenianidad”, que sea desde nuestro proceder, alejarnos del chancuco y la corrupción, de la anarquía vial, del importaculismo que tanto nos domina. De la falta de visión y desarrollo. De la envidia.

Volvamos de moda amar a nuestro pedazo de paraíso.

Te invito.

Armenia yo te amo.

ADENDA.

El “mausoleo” de Tigreros parece un baño. Partamos de ahí.

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