• MIÉRCOLES,  19 DICIEMBRE DE 2018

Columnistas  |  06 diciembre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Agostino Abate Pbro.

¿Quiénes son mis enemigos?

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Agostino Abate Pbro.

En cierta ocasión un doctor de la ley le preguntó al maestro de Nazaret: “¿Quién es mi prójimo?” Posiblemente en esa misma ocasión alguien le interpeló también diciéndole: “¿Quién es mi enemigo?”.

Y es que todos vivimos, a menudo, en estado de alarma constante. Con el corazón armado, siempre dispuestos a apretar el gatillo contra alguien. No nos sentimos a gusto como entre amigos y hermanos, sino como ovejas entre lobos, y nuestra lengua, de vez en cuando suelta verdaderas ráfagas de ametralladora contra el supuesto enemigo. Lo confieso no me gusta usar la palabra hermano. Ha perdido todo su significado aun si se continúa a usar especialmente en ambientes eclesiales.

Me quedó grabada negativamente esa palabra cuando, viviendo yo en el barrio La Milagrosa de Armenia, escuché varias veces esta frase “Hermano, te voy a matar”. Esto le decía un señor a otro mientras se enfrentaban a machete. Dirigiéndome a uno de ellos que yo conocía, intentaba redargüirlo diciéndole: “José, deja ese machete, mide las consecuencias, pues se van a hacer un daño irreparable”. Al que me contestó José: “Tranquilo, primero mato a este hermano hp y luego charlamos”.

Se transforma en enemigo todo aquel que nos quita la paz y pone a prueba nuestros nervios:

Es el muchacho de la moto que nos adelanta malamente y se pone en primera fila a los semáforos en lugar de respetar su normal ubicación atrás, como cualquier carro o moto debe hacer. Y de éstos modales está llena Armenia.

Es el del carro que nos va pidiendo paso, pegado a nosotros, pitando, cuando no podemos apartarnos en un trancón o antes que el semáforo se ponga en verde. En Armenia esa conducta es más común los viernes cuando hay más presencia de los que nos visitan de la capital.

Es el que es tan distinto de nosotros en gustos, ideas, carácter, que hasta el tono de su voz se nos hace insoportable. Me cayó mal, decimos.

Es el que lo sabe todo y no permite que yo también sepa algo, como si él fuera un científico de la NASA.

Es el que no respeta las conversaciones de los demás sino que entra en ellas como un elefante en tienda de anticuario.

Es aquella persona cansona que, como no tiene nada que hacer, nos viene a contar las pequeñeces relativas a sus problemas infantiles.

Es el insustancial, el superficial, simpático y alegre, pero que va llevando de aquí para allá chismes que acaban creando problemas familiares. Un verdadero terrorista encubierto.

De estos enemigos tenemos todos y contra ellos soltamos metralla y granadas. Mientras sería suficiente para deponer nuestras armas una gran dosis de paciencia y una gran bondad de corazón.

Pero para algunos pueden haber sido otros los enemigos:

El que nos ha hecho pasar un mal momento.

El que en nuestro trabajo nos margina por nuestras ideas políticas, religiosas, o de género.

El que a fuerza de echar tinta o veneno consigue, con pasquines insulsos, que mi verdad no quede clara o totalmente desvirtuada, fiel discípulo de Francis Bacón que ya en 1625 afirmaba: “calumnien, calumnien, que algo queda”.

Pues hoy en día es sumamente fácil calumniar a alguien a través de la prensa amarilla, las redes sociales, y crear toda una controversia alrededor de esa persona llegando a millones de internautas en unos pocos instantes. El problema está, cuando tras haber hecho acusaciones falsas, al realizar una rectificación ésta ya no llega a toda esa gente a la que llegó la difamación, por lo queda pululando en el aire un rastro de duda sobre la honorabilidad del afectado. Lamentablemente, en la mayoría de los casos, esas calumnias se realizan de manera premeditada y con la intención de dañar la imagen de alguien.

El maestro de Nazaret no nos pide que dejemos impunes los delitos. Lo que no quiere es que anide en nosotros el odio y la venganza. Porque como el amor crea amor, así como lo expresó muy bellamente Juan de la Cruz, “donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”. Parafraseada la expresión anterior lastimosamente rezaría así “donde hay odio pon odio y encontrarás más odio”. Y el entorno cada día será peor.

 

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