• MIÉRCOLES,  25 NOVIEMBRE DE 2020

Cultura  |  16 diciembre de 2018  |  12:01 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Crónica: Cabecita Parlante

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Crónica: Cabecita Parlante

Escrita por Luis Carlos Vélez Barrios.

Iba hacia el billar, me esperaba un amigo, y una joven me entregó un volante:

“Oasis de amor y prosperidad. Trabajos garantizados, haz realidad tu amor y tus deseos en dos horas, ¿usted ha sido víctima de maleficios, malos espíritus, satanismo, brujería?...”; de inmediato recordé una mañana de asombro, en mis correrías de niño por las cercanías a la antigua plaza de mercado de Armenia.

En la esquina de Drogas Unidas, hoy Centro Comercial del Café, acostumbraba hacer sus trabajos un embaucador que seguido de un muchacho, usaba su vestimenta de mago para llamar la atención.

Ya en el billar, sin tener conciencia plena de lo que hacía, pedí el tinto, cacé el chico y cogí el taco…

Parecía existir un pacto entre el negro Tovar y el mago. Éste se hacía acompañar de uno de los tantos muchachos desocupados que en franca competencia con los “coteros”, por unas monedas menos, cargaban canastos o paquetes voluminosos hasta los domicilios de las compradoras de revuelto, en la incipiente plaza Gabriel Mejía, ubicada en la carrera diez y nueve con calle diez y siete.

El negro Tovar, camino al hotel, cruzaba un saludo de cabeza con el mago, le dejaba libre el espacio, y le entregaba la clientela, que permanecía inmóvil a la espera del exótico mago de bigote al estilo Dalí, ojos hipnóticos bajo las cejas espesas, nariz alargada y voz suave, pausada; camisa de seda de mil colores con dibujos de odaliscas; la cadena rematada en una estrella; el pantalón bombacho; las piernas combadas; una correa con broche dorado. Era un genio de mil y un colores presto a iniciar la función.

Vuelto al presente por un instante, apenas me di cuenta de que mi amigo daba la primera tacada y conté seis carambolas…

El mago descargaba dos maletines e iba en ayuda del muchacho que, cargaba con dificultad una caja de postigos cerrados, que atraía miradas y despertaba los primeros comentarios. De inmediato el muchacho salía a las volandas y regresaba con dos mesas, una entre la otra, sobre la cabeza. .

Con lentitud y en silencio instalaban el escenario: el muchacho extendía los manteles estampados y entre los dos subían la caja a la mesa más grande. El mago colocaba un maletín en la mesa pequeña y sacaba manotadas de sobres blancos, los clasificaba y arrumaba; el muchacho se apartaba a un lado con las manos a la espalda, a la espera de una orden, y el mago extraía del otro maletín su varita de mago, la bola de cristal, las barajas y las piedrecitas de colores.

Daba vueltas en silencio, y mientras preparaba su discurso, se ajustaba el broche de la correa y se acomodaba el turbante.

Taqué y logré dos carambolas…

En el centro del círculo humano sonó la voz del mago, abundante en rebuscados términos esotéricos y acento árabe. El muchacho parecía una estatua.

Mi amigo tacó, seguí recordando… y olvidando sus carambolas.

El mago, nuevo Merlín, invitó a pasar al frente a un tímido campesino de machete, ruana, sombrero y alpargatas, que como yo, escuchó desconcertado:

“Quég su mujé lo dejo, majito. Quég lo cambio por su mejor amigo. Yo seg la traigo majito. ¿Cómo quiere queg seg la traiga? ¿Humigllada, llogrando, parada, acogstada y en compañía de su mejog amigo? Deme eg nombre deg esa desgraciada, queg mañana seg la tengo togcando a su puerta, majito. ¿Cómog quiere queg se lag traiga?”

El campesino, arisco y avergonzado, no supo qué responder.

Aquí el mago transmutó o tradujo su jerga a buen cristiano paisa:

“Se la traigo cómo sea. ¡Ya sabemos qué hicieron los condenados! Cachos amigo, ¡cachos a usted! ¡A mí, no! ¡Qué se la traigo, se la traigo! ¡Aquí se la hago venir arrodillada, a pedirle perdón ante esta distinguida concurrencia! Y al maldito traidor, ¿Qué quiere que le haga? ¡¡¡Si quiere se lo hago venir arrodillado y llorando!!!”.

La carcajada general hizo reaccionar al campesino que, a mi lado, anonadado miró a todos lados, buscando explicación.

El mago hizo un corte al discurso: hablaba y hablaba promocionando sus productos. Cartas de la suerte, piedras para lo mismo. Prometió “lectura precisa de las cartas, de las manos” y poco faltó para ofrecer la de los pies. Aseguró predicción “sorprendente del futuro” por medio de la bola mágica, dijo que pese a que “tengo el espacio y el tiempo agotados para citas en mi hotel para consultas “muy reservadas”, atenderé gustoso las más urgentes”.

Cuando consideró suficiente sus anuncios mágicos, ofreció los jarabes, pomadas, piedras, talismanes y sahumerios. Luego pasó a lo que todos esperábamos.

“Ahora señores y señoras, con ustedes, desde Arabia y con mucho gusto, ¡ Laaa caaabeeeciiitaaaa paaarlannnteeeeeeeeeee!”.

El muchacho retrocedió hasta confundirse con el público. El mago, a paso lento se acercó a la mesa, abrió los postigos, y una cortina blanca impidió mirar al fondo. La tomó y de un tirón dejó a la vista lo que había al interior de la caja.

La cabeza de una muchacha bien peinada, de cabellos rubios y crespos; el rostro poco maquillado; labios hermosos pintados de rojo; ojos verdes y sonrisa dulce de niña sobre el borde de una inmensa copa de madera.

El resto del cuerpo: por ningún lado.

Mi amigo siguió haciendo carambolas…mi tinto estaba frío…

Liberado de mi estupor traté de descubrir el truco del mago: caminé alrededor del círculo, agachado y aprovechando mi estatura, miré entre las piernas de los espectadores, y no pude hallar el resto del cuerpo.

El moderno Merlín preguntó si alguien deseaba que la cabeza leyera el futuro.

El campesino tímido, que quizás presenciaba por primera vez aquel portento, levantó la mano; el mago cerró la cortina y ocultó la cabeza parlante. Se acercó al hombre y le pregunto en voz baja:

“¿Cuál es su nombre? ¿En qué fecha nació?”.

El hombre tartamudeo. Algunos rieron, el resto: silencioso.

Luego, con los datos suministrados, dirigió preguntas a la caja.

¿Ya estág lista lag carta astral del segñor?

Y la voz de la muchacha:

“Sí, mi amo“.

El mago corrió la cortina y apareció la cabeza parlante, con un sobre entre los dientes.

El mago pidió al campesino tomar con su mano el sobre, y el público lo vio palidecer. Pese a que los ojos de la muchacha sonreían, no tuvo valor, y el mago fue en su ayuda: la tomó, cerró la cortina y la entregó.

Repitió varias veces el acto con distintas personas. Dispuesto a no ceder en mí empeño miré desde distintos ángulos, escudriñé mínimos detalles de la misteriosa caja.

Frustradas mis pesquisas sobre el terreno, opté por esperar a que el mago terminara su función. Los seguí a distancia hasta el hotel. Casi al instante el muchacho salió contando monedas.

Ubicado en la esquina, espié por horas. La ilusión era verlo salir con la muchacha del brazo. Me cansé…no salieron… Quien apareció acicalado por la puerta fue el culebrero, el negro Tovar, con la mujer de la guitarra, camino a la galería.

El resto de la semana acudí a la misma esquina. El mago no volvió.

Perdí el chico, y mi amigo, vista su ventaja y mi falta de concentración, dijo: “Hoy si estaba como distraído, de pronto en otro chico juguemos parejo, paguemos juntos. Miré, hasta dejó que se enfriara el tinto”.

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