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La Cosecha  |  10 febrero de 2019  |  12:13 AM |  Escrito por: Edición web

De Colón a Pijao

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Por L.G.Arango. B.

Antes del terremoto de Enero de 1999, el municipio de Pijao, cordillerano por excelencia, que luego de soportar una violencia partidista implacable que significó que muchos de sus habitantes decidieran buscar nuevas zonas de vida en otros lares, se desempeñaba como un excelente productor de café, valorado por su calidad, como quiera que eran cafetales tradicionales con la variedad típica y sombrío de guamos y carboneros; tenía zonas ganaderas en tierras frías camino al páramo de Chilí; era un rinconcito del departamento, en donde el progreso ciudadano era lento o estancado pues pocas eran las personas que llegaban a construir viviendas o a montar negocios. Tenía una zona muy grande en donde los programas de siembras de pinos, cipreses y eucaliptus, le dieron estabilidad a esas pendiente fuertes y largas, pero disminuyeron las oportunidades para los trabajadores rurales de ganado y café. Era un pueblo tranquilo, estancado en el pasado y con un porvenir económico incierto y hasta se decía que muchas de sus tierras eran “tierras de ombligo”, muy frías para café pero muy calientes para papa.

Llegó el terremoto con su implacable remesón y preciso, una de las zonas urbanas más nuevas, fue la más afectada. Llegó la reconstrucción y sus recursos mineros de piedra, arena y balastro de los ríos Verde y Barragán, cobraron importancia, pues fueron miles las volquetadas de material que se sacaron de esas corrientes, que convirtieron el paisaje, antes pletórico de guaduales o de plataneras o de potreros, en desiertos llenos de pilas de material, por el que circulaban pesadas volquetas.

Ya se había iniciado el Paisaje Cultural Cafetero, con algunas urbanizaciones tipo campestre aprovechando la topografía plana de las vegas de los ríos Verde y De la Vieja, los abundantes recursos de acueductos, una buena carretera asfaltada y una paz relativa, desde el punto de vista social. Pero con la reconstrucción que lideró el Forec, muchas gentes pusieron sus ojos en Pijao, pero no sólo en la zona plana sino también en la zona urbana. Llegaron bogotanos, paisas, caleños y hasta gringos, que vieron que era un territorio con terrenos buenos, baratos y bonitos. Vieron que las cabalgatas y sus fiestas patronales; su clima templadito, con friitos matinales y soleadas tardes eran las ideales para venirse de las ciudades congestionadas, eran el paraíso para los que querían vivir sin afanes y sin carreras.

Los hijos de Pijao, que se defienden en Estados Unidos vendiendo arepas, lavando edificio y ventanales en las torres hoy gemelas, manejando taxi o camión y generando dólares a la lata, se pusieron las pilas y empezaron a embellecer sus viviendas, conservando el bahareque por dentro, pero bien tratado y se empecinaron en convertir su defecto consuetudinario de ciudad lenta en una virtud e hicieron de la paciencia, la tranquilidad y el buen vivir en el mejor atractivo.

Hoy en día Pijao es bueno para irse a vivir y no para ir a pasiar. Pijao hoy es bueno para irse sin afán. Desde la llegada a las partidas hacia el pueblito, sobre la carretera central, donde quedaban las fondas caminera ideales para echarse unos guaros y comer chicharrón hoy son alegres estaderos para degustar la comida quindiana, de boje, chicharrón, caldo de pajarilla y la consabida bandeja paisa.

Pero lo más importante y digno de resaltar es que a partir del terremoto, las tierras se valorizaron. Hoy un lote en el pueblo, cerca al parque de las Garzas, está avaluado como si quedara en pleno centro de Manhattan, en Nueva York o en pleno Time Square en Londres. Mejor dicho si usted está escaso de billete, ni sueñe con irse a vivir a Pijao, la ciudad “slow” del Paisaje Cultural Cafetero

Mucho más importante ocurrió en el sector rural. Las antes tierras faldudas cafeteras las están comprando inversionistas peruanos o europeos, para sembrar aguacates Hass o para extraer minerales exóticos.

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