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Columnistas  |  12 febrero de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Paulina Mendoza Benavides

Mi historia

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Paulina Mendoza Benavides

Yo era una niña feliz hasta que cumplí siete años y entré a segundo grado. Mis papás eran dos adultos ocupados y no tenían tiempo de llevarnos o recogernos del colegio a mi hermana mayor a mí, por lo que un día decidieron buscar quién nos transportara y en el proceso contrataron a un señor que manejaba un taxi con el número 1292, número que nunca se va a borrar de mi memoria.

Para ese momento este señor llevaba y recogía niños de muchos otros colegios, a esos niños nos sumamos mi hermana y yo, peor nunca fuimos juntas porque estábamos en jornadas diferentes. 

De mí puedo decir que siempre fui una niña inocente, que no conocía la maldad, que siempre fui amigable y conversadora. Un día iba sola en el 1292 con él y empezamos una de las tantas conversaciones, como las iniciaba yo con todo el mundo, ese día, no sé cómo, llegamos al tema de una mancha blanca que tengo yo bajo mi ombligo, él me pidió que se le ensañara, y yo, sin un ápice de malicia o desconfianza en  mí se la mostré. Ese día mi infancia -y mi vida- se partió en dos.

Fui una niña de siete años que cursaba segundo de primaria y que durante un año sufrió abusos sexuales desde ese día. Siempre fui la última en la ruta, siempre fui la última en llegar a casa para que en ese trayecto el pudiera tocarme y pedirme besos. Después de obligarme me daba monedas para que yo no dijera nada. Desde ese momento yo me sentí sucia, culpable, culpable de todo. A mis siete años me sentía una prostituta por dejar que me tocara y por recibir esas monedas. Lloré cada día, en el colegio, en la casa. Lloré cada día y por mucho tiempo nunca pude contestar cuando alguien me preguntaba qué me pasaba.

Recuerdo un día, uno de mis compañeros de ruta iba adelante y yo iba detrás del asiento del piloto. Él, mientras manejaba, pasaba la mano hacía atrás para tocarme. Yo siempre guardé silencio por miedo, por culpa, por sus amenazas. Siempre me dijo que debía estar callada, que mis papás no podían saber nada porque algo malo podía pasar. Yo tenía siete años, estaba aterrada. 

Durante quince años de mi vida reprimí mi dolor, mi miedo, mi angustia. Durante quince años sentí que era mi culpa, que de alguna manera, yo lo merecía hasta que un día supe que no, que yo era una niña inocente que no conocía la maldad en el mundo. Después de quince años me atreví a hablar porque siento una responsabilidad en mí de ser la voz de otras niñas y mujeres que tal vez hoy se sienten culpables, confundidas y con miedo. Me atrevo a hablar porque no quiero que ninguna otra niña tenga que atravesar el camino doloroso que atravesé yo, no quiero que ninguna otra niña tenga que vivir con ese peso sobre su espalda. Hoy hablo porque sé que este señor sigue transportando niños, como cuando yo tenía siete años, y no quiero que ninguno de ellos sea otra de sus víctimas. Este señor, Reynaldo Grannobles Molina se da a conocer como una persona que no es, su apariencia engañó a mis papás, me engañó a mí, cuando en realidad es un pedófilo. Hago esto para que las niñas que también fueron abusadas por él se sientan apoyadas  y denuncien. Yo denuncié ante la Fiscalía mi abuso después de quince años, no ha sido un proceso fácil, pero es un peso que me he quitado de encima y que ustedes también se pueden quitar, además de salvar a muchas niñas que posiblemente estén expuestas al peligro.

No fui la única niña que ha sufrido un abuso, no soy la única mujer que lo ha padecido, necesitamos unirnos, denunciar, no quedarnos calladas para que el abuso pare. Yo tenía siete años cuando un hombre me abusó y partió mi vida en dos. No esperemos que le pase a otras.

 

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