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La Cosecha  |  17 marzo de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Javier Maldonado y la maloca de los peces del río Vaupés

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Por Roberto Restrepo Ramírez

Una de las más lamentables noticias nacionales del mes de marzo de 2019 sucedió en la extensa región del Vaupés. Este departamento selvático de Colombia alberga no sólo a 23 pueblos indígenas, sino que es una intrincada red fluvial amazónica, cuya principal corriente es el río Vaupés, que bordea al oriente del territorio la capital del departamento, la ciudad de Mitú.

Hace más de 20 años, el puerto de Mitú sufrió por el ataque guerrillero de las FARC y era desconocido por la población colombiana.

Lamentablemente, Mitú y Vaupés sólo se destacan en el panorama informativo por las malas noticias. Y no sólo ello ha ocurrido en las épocas recientes, como lo acontecido el 4 de marzo, con el ahogamiento de un destacado profesor universitario, el biólogo experto en peces Javier Maldonado. No fue lo único que vulneró su tranquilidad. Días después del naufragio donde pereció el ictiólogo, en el departamento del Meta se accidentó un avión DC3 antiguo, en el que murieron algunos residentes del Vaupés, y entre los cuales estaban la alcaldesa de Taraira, su esposo y su hija. Taraira es otra población del Vaupés, siendo en efecto el municipio de más reciente fundación en Colombia, con apenas 33 años de existencia. Se encuentra la frontera con el Brasil.

En estas circunstancias, Mitú y Vaupés parecieran estar sólo destinadas a la desgracia. No se puede olvidar insucesos históricos. Son ellos las invasiones de colonos colombianos, lo que reseñó el alemán Theodor Koch Grumberg en su obra “Dos años entre los indios” a comienzos del siglo XX. Esta obra y su autor inspiraron el guión y el rodaje de la famosa película “El abrazo de la serpiente”. En dicha cinta también quedó registrada la matanza de los caucherías, en las que sucumbieron poblaciones enteras de la amazonia continental. A esto hay que añadir la evangelización y conversión al cristianismo de muchos grupos, lo que causó en ellos aculturación y pérdida de sus costumbres y cosmogonías. Muchas “bonanzas” vendrían en el curso del siglo XX. Son épocas ventajosas económicamente para los invasores, pero desastrosas para los nativos. Corresponden a la caza de nutrias, jaguares y otros animales para proveerse de pieles; la bonanza coquera de los años 80 y la del oro en los 90. Y, últimamente, la explotación del coltán, un mineral que se convertirá en el metal de mayor rentabilidad. No se cuenta entre estos hechos la explotación del uranio, metales preciosos y lo que vendrá después, el petróleo.

La Amazonia, en su corazón, y no sólo la región del Guaviare, sufrirá por la deforestación. Con ello, el cambio climático cobrará su precio total, la desertización del único pulmón del planeta. Para completar el incierto panorama, hace 30 años, en territorio del Vaupés, comenzó la agonía y desaparición del último pueblo nómada de América, los Nukak Makú.

Una seguidilla de los desastrosos hechos, que no son comparables a lo que se ha visto en el Vaupés, quien especial en Mitú en los últimos 20 años, después del asalto de la guerrilla, es la ola de suicidios jóvenes en su jurisdicción, que colocan este departamento en el primer lugar de ocurrencia suicida en Colombia. En segundo lugar está Arauca y en tercer lugar se encuentra el Quindío.

Preocupado por esta situación, con tres estudiantes de psicología, visite en 2018 la ciudad de Mitú. Ayer encontramos unas historias que ayudan a establecer las causas de estos dramas humanos. Es la vulneración de sus sitios sagrados, lo que viene con la crisis de la institución chamánica y que ha causado mayor angustia entre los indígenas jóvenes.

Un documental titulado “La selva inflada” trata de abordar esta problemática y su primera escena es la destrucción de uno de esos sitios, donde la piedra milenaria se impone con carácter monumental.

Para dilucidar la crisis humana y divina que representa la incomprensión alrededor de estos sitios pedregosos, en los cuales hoy también grabados milenarios llamados petroglifos, hay que conocer – como en el caso de las causas del suicidio jóven- la naturaleza de aquellos lugares.

Mucho mutismo y silencio debe estar rondando en la mente de las poblaciones indígenas con el accidente sufrido por el profesor Javier Maldonado. Llama la atención el motivo de su viaje, del recorrido y de la investigación que emprendía. La prensa la registró como el estudio de los peces de las cachiveras, los sitios sagrados de los ríos del Vaupés.

La palabra cachivera viene de una voz portuguesa, el término cachoeira. Las cachiveras corresponden a los rápidos o raudales de los ríos del Vaupés, que tienen una profunda connotación religiosa para los indígenas. Allí se guardan -entre las piedras de las orillas y frente las cascadas que se forman por la cantidad de obstáculos -las flautas sagradas para el ritual del Yuruparí, ceremonia de iniciación masculina. En realidad, Yuruparí encierra un profundo sistema de creencias ancestrales que son de enorme importancia para las comunidades.

Viviendo uno en el Vaupés, y compartiendo con los indígenas, se aprende a respetar esos sitios sagrados, porque están vinculados a los primeros habitantes de la humanidad. Existe uno en especial, el petroglifo Ñi, en una roca que está en la mitad del Río Piraparaná, cerca de la desembocadura en el Apaporis, y labrado en granito duro. Representa para los indígenas de hoy “el lugar exacto donde la primera gente llegó desde la Vía Láctea en una canoa tirada por una anaconda, un hombre, una mujer y tres plantas: la yuca, la coca y el yage” (Richard Evans Schultes, en “Las plantas de los dioses”, 1982).

La llegada a una cachivera o raudal es todo un ritual. Se hace silencio, porque se acerca uno a un sitio especial. Curiosamente, la mayoría de veces el motor se apaga y generalmente se arriba a la orilla, donde es más aconsejable evadir el rápido, Atravesando un sendero hasta el del otro lado del río, donde ya el caudal está más calmado.

Cada cascada en la cachivera “tiene su propio mito de creación. Con frecuencia, mientras carga a su canoa alrededor de los rápidos, un joven recita a sus compañeros de menor edad lo que ha aprendido de sus mayores”. ( Schultes, 1982).

Tal vez la versión más interesante sobre las consideraciones de los makuna, en el sur del Vaupés. Según ellos, los peces, que también son personas, están de fiesta en la maloca de las cachiveras. Por esa razón, quienes llegamos a dichos sitios, debemos callar y no penetrar en su jurisdicción para no interferir en el festejo.

Javier Maldonado escogió ese destino para participar por siempre en las fiestas de los peces y conocer mejor su cosmovisión. Nosotros, los que sobrevivimos en este mundo de depredación, debemos entender el mensaje de su viaje. La próxima vez comprenderemos que hay sitios como ellos que están en peligro y que, como lo hizo Javier Maldonado, debemos seguir en la tarea de hacer pedagogía sobre su protección. Así evitamos la catástrofe que acarrea el desconocimiento de la importancia de los peces para la armonía entre la vida de los animales, los humanos y los espíritus del agua y de la selva.

Algo que Javier Maldonado siempre supo y que quiso conocer en profundidad, al interior de la maloca donde ahora está compartiendo en eternidad.

 

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