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Columnistas  |  13 junio de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Sara Giraldo

El testimonio del cuerpo

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Sara Giraldo

Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.

Marguerite Duras

El 9 de marzo me hice un tatuaje en la muñeca derecha, la firma de Marie Curie. Recuerdo la fecha, no tanto por este evento o porque fuera reciente o porque tenga buena memoria, sino porque fue al día siguiente de lo que terminó de confirmar que necesitaba hacerlo: el día de la mujer. Esta es una fecha que nunca he celebrado, que me haya interesado o que represente algo cercano a la cursilería hipócrita que embelesa a gran parte de la población. Me parece terrible que me regalen flores, chocolates (además ese lugar común de las “atenciones” me enerva aún más), que en las oficinas hagan eventos, que los hombres se “luzcan” y se pongan al “servicio” de las mujeres. Sin embargo, aunque coquetee acá con la idea del feminismo, no es en lo que me quiero concentrar en esta ocasión.

Volviendo al tema de Madame Curie, el año pasado conseguí una biografía de la ganadora de dos premios Nobel. Una edición de National Geographic, escrita por una mujer también científica —de ahí que fuera tan riguroso el contenido referido a los experimentos y descubrimientos de Curie—, quien además ha interpretado a la polaca en una exitosa obra de teatro. El libro lo inicié a finales del año pasado y no puedo acercarme a describir lo significativo que fue para mí. Primero, porque hacía años buscaba una biografía suya y segundo, porque descubrí tanto de su vida, que se me desbordó el sentimiento, la admiración y la humanidad, confieso que me conmoví al punto de aguar los ojos un par de veces.

Una vez terminé la lectura, Marie Curie se hizo parte de mi vida, y aunque hace mucho tiempo ya lo era, esta vez se volvió parte fundamental, constitutiva, como si hubiera modificado mi ADN. Acudo a ella en los momentos en que requiero fuerza o inspiración. Se volvió la medida de todas las cosas y también una suerte de amuleto.

Tiempo después, compré La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. La española utiliza como mecanismo narrativo el pretexto de la vida de Curie para hablar del duelo, de la pérdida de su marido. Así, viuda, al igual que la primera profesora titular de La Sorbona, escribe un entrañable libro que se difumina entre la biografía, la autobiografía, la reflexión y, todo esto, por medio de una prosa medida y agradable.

Se preguntarán a dónde quiero llegar, pues bien, quiero hablar del cuerpo. Sí, del cuerpo. ¿Qué tienen que ver Marie Curie y Rosa Montero con el asunto del cuerpo? Por un lado, Marie Curie tiene todo que ver, pues aunque era deportista al punto de recorrer las montañas europeas en bicicleta y realizar prolongadas caminatas al aire libre, su cuerpo fue el reflejo de su vida, de su otra vida: soportó la mala nutrición, la exigencia física desmedida, prolongados lapsos de pie, tres embarazos y dos partos, además de todo el flagelo producido por su exposición exagerada y descuidada a los efectos de la radiación. Como consecuencia, Marie permanecía afligida físicamente, se veía decrépita y a duras penas se sentía la carne recubrir sus huesos.

Mientras que, Montero, por su parte, me hizo pensar en el cuerpo desde otra orilla:

Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final.

Si bien la dualidad cuerpo-alma no es un planteamiento novedoso, el texto de Montero volvió a situar esa preocupación en mi mente. El cuerpo es eso que nos relaciona con la fuerza de gravedad. Ese vehículo en el que nos transportamos a través de las trincheras de la vida. Pero el cuerpo, en un sentido orgánico y biológico, es realmente el testigo, o mejor, el testimonio de nuestro paso por el mundo. A través del cuerpo damos cuenta de que hemos vivido.

El cuerpo gobierna nuestras pasiones, determina algunas capacidades y, a la vez, alberga la cicatriz de una caída sufrida en la infancia, un accidente, una quemadura en la cocina, una intervención quirúrgica, un intento fallido de acabarlo todo, una perforación, un tatuaje, todas estas marcas quedan registradas en el cuerpo, hasta que por último, es una enfermedad del cuerpo la que nos sentencia el fin. Después de la muerte, también, es todo lo que queda. Se me viene a la cabeza la imagen de Rebeca, en Cien años de soledad, arrastrando los restos de sus padres por todos lados, aferrada a sus huesos.

Las marcas fortuitas y las premeditadas nos construyen y, de cierta forma, nos constituyen, moldean nuestra historia. Los tatuajes —que fue con lo que inicié esto— son ese tipo de cicatrices que decidimos, que representan y explicitan parte de nuestra esencia. El cuerpo es nuestra declaración ante el mundo, es el mapa, pero también el territorio, es una posición política y, en mi caso, Madame Curie representa todo lo que considero fundamental y humano.

 

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