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La Cosecha  |  18 junio de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Boletarios de todos los países, uníos

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Lo primero que perdí fue la última esperanza

y queda tan sólo de ella un montón de esperanzas intermedias

aferradas a la vida como sanguijuelas a la herida abierta”

(Fatalidad, poema de Elías Mejía)

Por Libaniel Marulanda

 

 

Publicaciones como la que usted lee ahora, permiten a cronistas de tercera, provincianos, medio inéditos e ilusos, como yo, convertir este medio en un diván de siquiatra.

En el caso del suscrito, un ingrediente adicional facilita darle el necesario sabor agridulce a esta catártica botada de corriente: la condición de ser músico en un territorio que sobresale en esta hacienda llamada “La Patria”, (así, con P grande y la mano sobre el corazón) por ostentar el vergonzoso título de campeón nacional del desempleo y ocupante del podio desde 30 años atrás.

Nuestra realidad regional, que viene a ser una muestra gratis de la gran realidad nacional, es tan dura, tan larga, tan difícil de masticar como los rieles de aquel ferrocarril nuestro que no llegó a ninguna parte. Y para echarle más agua a la sopa, en el Quindío el devenir de sus músicos es tragicómico y de qué manera, que hasta sirve como material reciclable y de primera para coadyuvar a los sudores de la literatura.

Esa realidad de la penuria económica quindiana (y de la hacienda Locombia, claro) le ha permitido a este desempleado trabajador del arte de combinar los sonidos y tal y pascual, formular una nueva y cuyabresca reflexión económica, vea usted, que tiene un color naranja desteñido, muy desteñido.

Apartándome un poco del famoso y afinadísimo dueto Marx & Engels, he descubierto que ha surgido una nueva clase social, concomitante del proletariado y de la clase media, no del lumpen y menos de la burguesía: El boletarido. Señores intelectuales de izquierda: ¿necesitáis pruebas? Pues bien: ¡aquí la tenéis! : Yo soy un boletario y mis camaradas músicos también.

Y antes que inquirir sobre el ser, miremos el quehacer: ¿Y qué hacen los boletarios?

Simple, muy simple, Gerardo: vender boletas o al menos intentarlo. ¿Me hablás de rifas ole vos? No señor, de eventos, de espectáculos con músicos y cantantes en vivo, que en los últimos años y ante la creciente pobreza, tienen, a falta de otra vía, el arresto de organizar en algún local, una presentación.

Pero, igual como sucede con los negocios de los pobres, hay que salir, tras echarse la dignidad pequeñoburguesa en el bolsillo de atrás, enfrentarse a los potenciales clientes, mirarlos a los ojos, tratar de encarretarlos acerca de la importancia, la calidad, la trascendencia histórica del evento y la necesidad del apoyo del público al arte musical…y no caer en la tentación de fiar. ¡Eso sí no monito! No se puede desestimar la inmensa capacidad para mamarle gallo a las culebras que han desarrollado los quindianos a causa de la maldita (otra vez, siempre lo mismo) pobreza.

Y en esa pretensión está fincada la esperanza del músico boletario en particular y la clase boletaria en general, aunque hasta el infinito resulte más fácil aprender a tocar o cantar que vender boletas.

Estamos situados al borde del barranco con la música que hacemos. Música a que no llena, que no conmueve a la juventud, que no está ni estará de moda, porque tiene la maldición de ser bien hecha en su parte literaria: las letras, y de idéntica calidad en sus diversas formas melódicas y rítmicas.

Y entonces, justo, ¡tome pa que lleve!, la adorada música de seculares nostalgias y desvelos no convoca a aquellos jóvenes con capacidad de sacarles el billete de diez o veinte a sus padres y, ya lo he dicho, no está de moda, no es comercial, no ha sido impuesta por las emisoras y solo vive en el disco duro de la memoria de los viejos… ¡Paila, y de malas cual piraña mueca!

Y sobreviene, cual fantasma (como en el Manifiesto, camaradas y camarados) el boletariado quindiano: más como esperanza que como fundamentada reflexión, como la única respuesta posible al marginamiento, la pauperidad, la invisible ineditez de una música que vive pero en la memoria de los mayores, los de la tercera edad que son, precisamente, las personas que ya tienen encima las trombosis, debajo de sus nalgas la silla de ruedas, los percances cardíacos, la artritis, el azúcar en montaña rusa, aquellos que poco pueden oír, o se molestan con el volumen de espectáculo en vivo, o molestan con su toser y murmurar, o que, para remate, son tan faltos de recursos monetarios como de audiencia lo está el mismo boletariado quindiano.

Transcurrido un mes de persecución a los amigos, conocidos y referenciados, durante el cual ellos siempre tienen a mano el “claro, cuente conmigo”, que viene siendo la misma fórmula que todos le aplicamos a los paisanos en épocas de subienda electoral, llega la noche de la verdad para los boletarios; una noche en que, indefectible y por desgracia se repetirá como comedia la indeseada y amarga historia, más o menos así:

Los boletarios deglutirán el desencanto de la sala casi vacía, y la presencia puntual, perversa y pertinaz de la lluvia que, otra vez, servirá de excusa a aquellos del “cuente conmigo”. Este capítulo parece un perverso parágrafo del salmo aquel de la biblia, el 23, un agüero que los católicos exhiben en la sala de la casa: “Nada me faltará”…

Entonces, los boletarios, igual que politiqueros en la mañana siguiente de elecciones, con jesucristiana resignación le pondremos el otro cachete a la adversidad porque, al fin y al cabo y desde tiempos inmemoriales, para los desventurados hijos de Eva, es rutinario caer, pararse, sacudirse el polvo, volver a tomar el tren de la quimera y correr tras el fugitivo sueño de mejores noches con abarrotados escenarios.

Por estos tiempos teñidos de un bobalicón color naranja derecha, a los boletarios tampoco nos faltará, por lo menos, otro encoger de hombros, un reír y hablar mal de los otros músicos, buscar, donde no existe, la causa del fracaso del retozo empresarial, hacer vaca para la mediecita de guaro, y, por encima de todo, ignorar que lo primero que pierde un artista es la última esperanza.

Calarcá, junio 16 de 2019. [email protected]

 

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