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Columnistas  |  11 julio de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Juan Guillermo Caicedo

El hijo de la melancolía

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Juan Guillermo Caicedo

En el relato bíblico de Raquel, esta en los instantes finales de su vida, mientras da a luz a su último hijo, decide llamarlo Benoni, que significa: el hijo de mis desvelos, de la tristeza, del dolor o el hijo de la melancolía, según las diferentes traducciones. Su esposo Jacobo no cumple el deseo de su esposa fallecida y lo nombra Benjamín, el hijo de la alegría. Este nombre luego tendría una evolución o transformación semántica y significaría el hijo menor de un matrimonio o las personas menores en alguna actividad, los Benjamines.

En el siglo XIX, hacía el año de 1825, un jugador de ajedrez de origen judío, llamado Aarón Reinganum, crea una defensa en el juego llamada Benoni. La nomina de esta manera, porque, aunque es agresiva y lleva a posiciones muy agudas y de corte virulento sobre el tablero, ella deja a las piezas negras (en el ajedrez son las piezas que ejecutan las defensas) con un peón incomodo, el peón de e6, y a este es quien Aarón hace la analogía con el nombre frustrado que Raquel deseaba para su hijo.

Casi 150 años después, en 1972, James Robert Fischer (Bobby Fischer), campeón mundial número once (11) de ajedrez, emplea esta defensa en el nombrado Match del siglo, realizado en Islandia, por el título mundial contra Boris Spassky. Trajo su primera victoria en el enfrentamiento cara a cara contra el soviético. También la primera que le ganaba en toda su vida y que a la postre fue el descuento 2 a 1. La primera partida la había perdido por un descuido fatal atribuido por Fischer a los ruidos de las cámaras y la segunda por no comparecencia a la partida hasta que no se arreglaran los inconvenientes que él veía en la sala de juego. Al concluir el duelo el resultado final favoreció al estadounidense por 12 y medio contra 8 y medio.

Acerca de Bobby Fischer se han escrito miles de artículos y se han realizado decenas de documentales y películas, muy poco es lo que no se sabe o no se especula de lo que fue su vida. Su genialidad fue tan grande como su locura, cabe pensar que en él son la misma sustancia. Su paranoia y delirios, más que justificados y comunes en el apogeo de la Guerra Fría, son temas que se manejarán paralelos por cualquiera que se quiera sumergir en su solitaria vida. Perseguido en el gobierno de Bush por jugar el match de revancha contra Spassky, en el año 1992, en una zona vetada, la antigua Yugoslavia, en la que se daba la conflagración llamada La guerra de los Balcanes. Su reacción de escupir el documento que le envió el Departamento de estado, en el que le prohibían jugar, azuzo más la decisión del gobierno norteamericano. Detenido luego en Japón, nacionalizado y salvado por el parlamento islandés, país que vive infinitamente agradecido con Bobby por haberlos puesto en los primeros planos del mundo en ese tiempo. Tanto así que dice en una parte del documental “Fischer contra el mundo” que ese campeonato mundial fue lo más importante que le paso a la isla desde Erick el rojo.

Pero siempre quedarán en el ambiente flotando las mismas preguntas: por qué tanta soledad, tanta locura, tanto choque. Él era el menor de la casa (el benjamín), su hermana mayor y su madre eran su circulo familiar cercano. Hay grandes evidencias que el hombre que le dio su apellido (Hans Gerhardt Fischer) no era su verdadero padre y que su padre biológico (Paul Nemeyi) lo visitaba en algunas temporadas en Brooklyn, sin embargo, este falleció a los nueve años de edad de Bobby, no sin antes comentar a muchos de sus amigos que el niño tenía siempre una mirada triste. Su madre Regina, mujer de reconocidas capacidades intelectuales y activista, deja solo a Fischer en plena adolescencia para que continuara con su pasión, ya que ella quería que él estudiara y por tanto sus roces eran ya inmanejables.

Bobby fue el menor de su casa. Pero no el hijo de la alegría, no Benjamín, sino Benoni: así como la defensa, como el significado judío (por sus orígenes y su desquiciada pasión deben ir estos dos conceptos encadenados a su vida como los contrastes que componen una ironía). Al no tener un padre que le cambiara de nombre (simbólicamente hablando) y le diera la posibilidad de voltear su destino afectivo, Bobby desplegó toda su genialidad como muy pocos en el juego de los reyes. No obstante, fue el hijo de la melancolía.

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