• MARTES,  16 JULIO DE 2019

Columnistas  |  11 julio de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Aldemar Giraldo

La literatura colombiana está hibernando

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Aldemar Giraldo

En esa dinámica propia de la vida no siempre se está en la cima; hay períodos de “descanso” o letargia que ayudan a redibujar el paisaje, a repensar el camino recorrido y a hacer balances reales de lo que se ha producido, pero, sobre todo, a asumir lo propio como constructo inacabado y posible de mejora. ¡Qué gran peligro para aquellas culturas en donde abundan sabios dueños de la verdad que descalifican lo de los demás por alejarse de su dogma sagrado o parecer demasiado elemental al compararlo con su santuario académico¡

No sé si fruto del contexto político y social que vivimos o por obra y gracia de la desgraciada corrupción que nos circunda, el interés de los colombianos se ha volcado a quehaceres diferentes a literatura; los escritores y cronistas ya solo se untan de narcodinamia; los dramaturgos transformaron el teatro en circo, prestidigitación y contorsionismo. Los “ismos” fueron reemplazados por caprichos personales y escuelas de maltrato del lenguaje escrito que heredamos de nuestros abuelos.

Da la impresión de que no se puede “comer” del lenguaje escrito pulcro, claro, diáfano, original, musical, armonioso; parece que ya no hay forma ni fondo o si uno de ellos prevalece sobre el otro, inmediatamente se derrumba la creación y se asiste al suicidio lingüístico. Los poetas están de vacaciones en Venezuela y los narradores deambulan por los sueños de Trump. La literatura infantil se convirtió en dibujos vistosos y sonidos que invitan a la relajación; abundan los castillos, los caminos, las lagunas y los animales, pero no hay palabras que los nombren. Los libros de los niños suenan, abundan en color, pero el lenguaje creativo brilla por su ausencia. No tienen algo para “leer”.

Tranquilos, que el libro físico no ha muerto; lo virtual no lo ha reemplazado. El grave problema es la globalización a través de internet y la adicción que han logrado los mercaderes en los usuarios de aparatos electrónicos. Mientras nuestros escritores descansan y los libros duermen el sueño de los justos en las vetustas bibliotecas, nuestro cerebro espera la resurrección de los hacedores de palabras, esas palabras que hechizaron nuestra infancia y cosieron la creatividad que nos entretenía antes de entregarnos a un sueño reparador.

Para los adultos regresará el cuento, la novela corta, la novela larga, los versos ungidos de dicha y amor, las crónicas que otrora embelesaban y esos poemas épicos que nos hacían temblar al compás de los tambores de guerra. Esta crisis no será muy larga, pues Colombia tiene más alma que montañas y los soldaditos de plomo aún marchan por encima de nuestras almohadas. Tendremos Caperucita colombiana y Pedro de Urdemalas nos entretendrá con sus graciosas mentiras, cargadas de lenguaje hiperbólico.

Lo que sí abunda en nuestro país son los críticos literarios que sientan cátedra y son pagados por las casas comerciales; muchos de ellos no han escrito una sola obra, pero perpetúan el “boom” de sus empleadores; son profesores de baile y no saben bailar. Como decía mi abuela: “Los críticos son los hombres que han fracasado en la literatura y en las artes”.

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