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La Cosecha  |  22 julio de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

El tiempo es una imagen móvil de la eternidad

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La historia de un acto de desagravio a García Márquez

Años después de huir de la persecución estatal rumbo al exilio en México, el autor de este relato cuenta cómo se gestó una condecoración al ganador del premio Nobel de Literatura, que este aceptó diciendo: "Claro que sí, sobre todo porque quiero saborear el plato frío de la venganza".

Por Alpher Rojas C*

Fabio Lozano Simonelli, el reconocido intelectual y académico Liberal, llamó un día de marzo de 1978 a mi residenciaen Armenia, para solicitarme que le contribuyera con una investigación sobre las dinámicas del mercado agrícola regional.

Había tenido oportunidad de conocerlo en la capital del país y acercarme a su conversación ilustrada a través del Estadista Liberal Hernando Agudelo Villa,un pensador de la Izquierda democrática de inmensa autoridad política y moral, por cuyas tesis económicas de lucha contra los monopolios financieros e industriales y a favor de la paz negociada fue ignoradoen los medios masivos de comunicación(principalmente en cadenas radiales y televisivas) y bloqueado en sus legítimas aspiraciones presidencialespor las camarillas decadentesde la política tradicional.

Un mes requerí para concluirla investigación, auxiliadoen buena parte por el conocimiento depurado de expertos dela Universidad del Quindío y técnicos del Comité departamental de Cafeteros. Apliqué, entonces, el modelo de análisis sociológico del teórico francés Pierre Bourdieu “Teoría de los campos”, en el que la sociedad es observada como un conjunto de ´campos´ relacionados entre sí y, a la vez, relativamente autónomos.

La base del estudioincluía la construcción de la representación de un objeto como problema social a partir de la selección de datos cuantitativos y, desde luego, de la descripción del despilfarro (la paradojal “mala hora”)de la millonaria “Bonanza cafetera”,así comosu impacto socio-económico en distintos sectores.

El modelo investigativo implicaba explicar por qué esa desbordante prosperidad fue a parar a las faltriqueras de las elites socio-económicas, el sector menos activo en la producción, conocido por su frío pragmatismo, sualegre irresponsabilidad social y su mal gusto estético. Y solo el ´ripio´ de la enorme masa monetaria rozó fugazmente las manos encallecidas de los pequeños agricultores, al tiempo que sus núbiles chapoleras se vieron constreñidas a ejercer oficios nada dignos para sobrevivir.

(Como quiera que el conocimiento sociológico es probabilístico no determinista -las investigaciones en Sociología no producen verdades absolutas, sino probables, contingentes-, decidí hacer un centenar de entrevistas con actores ligados a las distintas fases de la producción y la comercialización, al tiempo que realicé operaciones de verificación estadística en archivos especializados)

Era indispensable revelar las causas que originaron eldesencanto de las clases medias y de los sectores campesinos y populares. Y la consiguiente diseminación de la unidad molecular de sus estructuras familiares, el incremento discriminado del nivel de jerarquizaciónen la escala social yla fuerte oleada migratoria campo-ciudad, que fue pronta y brutalmente atendida con represión militar. En tal situación, la ciudad vio invadidos sus lotes desiertos con familiasy etnias necesitadas,que intentaban superar su pobreza, sobrellevada hasta el momentocon patética dignidad.

Esa populosa dispersión humana fue un fenómeno visible en las aceras urbanas, en los parques públicosy en hospitales y cárceles, y reflejadaen severas patologías sociales comouna cicatrizperenne en el mapa sociocultural de la región. Esa turbulencia caótica todavía gravita sobre la comunidad del Eje Cafetero, principalmente en Armenia.Desde entonces, la capital quindiana, figura alternativamente con Quibdó, entre el primero y segundo lugaren las estadísticas de pobreza, desempleo y suicidios de jóvenes y ancianosen las investigaciones que el DANE hace periódicamente sobre estos flagelos.

Con el estudio concluido, desde el aeropuerto Eldorado le telefoneé a Lozano Simonelli anunciándole mi llegada a la capital del país. Se dejaban sentir ya las primeras lluvias de abril y hacía un frío glacial en Bogotá. Entonces me dijo: “Enviaré a recogerte, nos vemos en mi casa, allí tendrás una agradable sorpresa”.

Al llegar a su residencia en el norte de Bogotá, él mismo abrió la puerta y me recibió con un abrazo filial. Su faz rozagante exhalaba una fragancia a lavandaque parecía luchar contra el aire contaminado de las ruidosas avenidas.Entonces dijo:

-Mientras ordeno algo de tomar sube a mi estudio. Ya les caigo.

-¿Les caigo?, ¿quién más estará allí?, me interrogué.

Desde el mezanine, observé los copiosos libros lujosamente empastados,con letras doradas en los lomos: obras maestras de la historia de las ideas, los clásicos griegos, los 32 tomos de la Gran Enciclopedia Británica, toda la ensayística y la poética de Paul Verlaine, Charles Baudelaire y Hölderling (“El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”), y numerosos trabajos sobre la erudición, el conocimiento científico y la investigación académica. Y también la obra de colombianos ilustres como Baldomero Sanín Cano, Gerardo Molina, Jaime Jaramillo Uribe, Luis Eduardo Nieto Arteta, Antonio García y Orlando Fals Borda. Entonces recordé que “el gran heresiarca” Jorge Luís Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca.

Al centro del mueble semicircular, un escritorio de cedro reflejaba el fuego crepitante que ondeaba enla chimenea paraentibiare iluminarun desnudo femenino. Su autor, el gran pintor y artista figurativocartagenero, Darío Moralesle había dedicado una copia de medio pliego en París,durante la revolución estudiantil demayo del 68. Un ejercicio de virtuosismo técnico y, al mismo tiempo, una maravillosaapuestaestética.

El conjunto armonioso de ese escenariocreaba un clima de estimulantes afinidades electivas, al tiempo que reflejaba la mente brillante y el conocimiento organizado y profundo de Fabio Lozano.Su temperamento, su manera de reflexionar, de expresarse y deescribir.

Al bajar la miradaobservé frente a la ventana que da a los cerros orientales de la gran ciudad-donde la bruma se extendía como un páramo en una bifuminaciòn espectral que invitaba a pensar sin límites-, el perfil de una persona de mediana estatura, abundantes cabellos ondulados, coronados por una desvaída tonsura y unos bigotes también azabaches y frondosos. Llevaba un sobretodo de paño escocés encima de una chaqueta blazer azul-marino. Leía -a la distancia de sus manos- un pequeño libro: Lenguaje y control, de Roger Fowler.

Carraspee deliberadamente y dije con entusiasmo: “Buenos días”. Aun no sospechaba de quien se trataba.

Al girar, la figura buscó el origen del saludo. No quedaba duda, era nadie menos que el más grande escritor colombiano de todos los tiempos: Gabriel José de la Concordia García Márquez.

La presencia de ese “monstruo” de las letras universales me produjo una agitación que rápidamente se transformó en alegría. Sentí como si hubiese recuperado una etapa feliz de mi vida.

Tras saludarme con intimidante cordialidad, al momento de estrechar mi mano y darme palmaditas amistosas sobre el hombro, con suave acento Caribe, me dijo:

-Ajá, ¿tú eres el investigador cafetero, que esperamos?

-Sí señor. Y agregué “qué alegría conocerlo en persona, Maestro” Y con una frase de su producción le dije: “He leído con gozo adolescente toda su obra, pero nunca releo sus libros porque me dan miedo”.

Gabo se rio con estruendo samario y señalándome con el índice derecho, me dijo: “El logro supremo de la vida consiste en el ejercicio de la libre elección”.Fue química pura, a primera vista.

Su mirada sobre las personas, los objetos y sus contextos históricos era distinta a la de los demás novelistas, a la del común de los estilistas del arte literario. Por ello, se ha dicho con fundamento por los especialistas, que la obra de García Márquez es predominantemente sociológica.

Esa búsqueda de organicidad social en lo disperso fue lo que siempre le permitió observar todo con una penetración más aguda; identificar y aprehender la estética de lo feo y lo sutil en lo descomunal y grotesco, que era lo que atraía a los escritores contemporáneos y alrededor de lo cual construían su espacio narrativo.

En un instante y, sin previo acuerdo -mientras intercambiábamos opiniones sobre las relaciones de producción y los escasos desarrollos tecnológicos en la zona cafetera- nos vimos examinando las obras de nuestra predilección en la gran biblioteca: Gabo, hojeaba un tomo de la Historia de la Revolución Francesa de Michelet y El misterio del lenguaje de su amigo el filósofo Danilo Cruz Vélez y yo, los ensayos del historiador Isaiah Berlín.

De pronto, como transportada por un éter espacial, una música de tonalidades clásicas invadió suavemente -en un leve crescendo inspirador- esa nave de libros capitales con la inconfundible majestuosidad de Joseph Haydn y su Sinfonía N° 100.

García Márquez -ese oficiante alucinado de todos los misterios, creador de sueños y de mitos, como certeramente lo identificó el historiador Germán Colmenares-, retrocedió un metro, cerró los ojos y empezó a llevar el ritmo con sus manos en un magistral despliegue de destreza interpretativa con sacudimientos rítmicos del torso y de su cabellera como si estuviera dirigiendo la filarmónicade Paris.

Entonces percibí que García Márquez no era solo un periodista y un escritor profesional, sino un intelectual agudo, un artista y un erudito con pensamiento crítico y vocación científica.

Siempre estaba procurando –a través de la investigación-, el incremento progresivo de un fondo de saber fiable acerca de las interrelaciones entre una sociedad cambiante y la naturaleza inerte, que era lo que originaba la fuerza comunicativa de su fantasía y su atractiva condición de prestidigitador del idioma. Habría que añadir, los peligrosos filos de su ironía, expresada a través de su autóctona “mamadera de gallo”: “El anticomunismo sistemático embrutece, sin remedio. Y la militancia izquierdista a rajatabla e irreflexiva, sin autocrítica emboba en forma incurable”.

En esas llegó Lozano Simonelli y levantó sus pobladas cejas plateadas, que destacaban su nariz, representativa del biotipo histórico de los Lozano, y preguntó:

-¿Cómo van?A juzgar por la familiaridad en el trato, supongo que ya se conocían.

-No, pero es como si fuéramos de la misma vereda de Génova, Quindío, donde nació y creció el legendario Manuel Marulanda, ´Tirofijo´ y territorio en donde su contrapunto ideológico y moral Carlos Lehder sembró para siempre las semillas del mal, dijo García Márquez.

Allí empezó –precedido de la explicación metodológica de mi estudio sobre la economía cafetera-, un espléndido festival de conversación a tres bandas sobre la recomposición ideal del mundo, la historia, la cultura y anécdotas de la biografía particular de cada cual.

De aquel encuentro me quedaba claro que la compleja historia política y cultural del último cuarto del siglo XX colombiano apenas se entendería sin las contribuciones periodísticas exclusivas de García Márquez y Lozano Simonelli en el diario El Espectador.

Lozano Simonelli era, sin duda, un intelectual tan agudo como preciso en su pensamiento; era un ser humano de firme e implacable honestidad. “Un morador de la verdad”, tal como él la veía y la sentía. Hubiera podido ejercer en nuestro país un magisterio intelectual comparable al de José Carlos Mariátegui en el Perú o el de Octavio Paz en México. Cada vez que yo leía su prosa recordaba al filósofo Chaim Perelman: “La calidad de un producto intelectual cualifica a la persona que lo realiza”.

Era, por lo demás -él mismo lo manifestaba- “un novelista frustrado”. Tal era el ritmo de su prosa elegante, circuida de metáforas y contenidas imágenes. Este fue el lazo que articuló la estrecha y duradera amistad con García Márquez, por encima de prosapias diferenciadoras.

García Márquez adobaba el animado palique con su sentido del humor portentoso y sutil. Lozano Simonelli, pese a su habitual pesimismo nihilista no se quedaba atrás con sus destellos de humor y genialidad.

El eco de nuestras risas resonaba en ese recinto de autores universales y poetas criollos, hasta cerca de las cuatro de la tarde, cuando Gabito anunció su despedida: “Ciao, bambinos: en invierno hasta Dios sale de vacaciones”. Y partió velozmente.

Debía viajar esa tarde a Santiago de Chile a encontrarse al día siguiente con un grupo de intelectuales y dirigentes socialistas, antiguos amigos del presidente Salvador Allende que regresaban del exilio tras el sangriento golpe militar del general Augusto Pinochet (el 11 de septiembre de 1973) y ofrecían un homenaje en memoria del poeta Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto o Pablo Neruda, tal como se conocía universalmente al más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma.

***

Volvería a ver a Gabo trece años después, en 1990, tras su precipitada salida del país cuando sus amigos bien enterados (“el mejor servicio de inteligencia que cualquier humano pueda tener son sus buenos amigos” GGM), le habían dicho que corría peligro de ser conducido a la Escuela de Caballería por el régimen de Turbay Ayala y su instrumento de corte fascista el Estatuto de Seguridad, para ser interrogado sobre sus presuntos nexos con Cuba, la guerrilla del M19 y el tráfico de armas. Fue como soltar en la mesa una granada de fragmentación sin la espoleta de seguridad.

Entonces recordó que en ese mismo sitio -la Escuela de caballería de Usaquén-, el anciano poeta calarqueño don Luís Vidales de 82 años, había sido sometido a una horrenda violación de sus derechos humanos en un plantón de toda una noche bajo interrogatorios de susto e inenarrables torturas. Lo mismo le había ocurrido a la escultora Felisa Bursztyn en un allanamiento a su propia casa en Cali, a quien le fueron a buscar en su dormitorio -según declaró a los medios- “mis polvos perdidos”, y a la brillante periodista Olga Behar, a quien los militares le prensaron los pezones con una pinza de baterías y luego le conectaron electricidad en las heridas sangrantes. Pálido, con las aterradoras noticias, García Márquez decidió irse a México -el 31 de marzo de 1981- a un exilió que el mundo sensible reprochó con expresiones de indignación.

En diciembre de 1982 ganaría el Premio Nobel de literatura.

Sin embargo, la tragedia para muchos de nosotros en el campo de la amistad y la creatividad literaria y periodística no terminaría con el Estatuto de Seguridad. Cuando ya las nubes de invierno presagiaban una nueva tempestad sobre el país, la mirada limpia de Fabio Lozano Simonelli -el intelectual y amigo más cercano a García Márquez en Bogotá-, decidió extinguirse a sus78 años. Gabo sólo retornaría a Colombia para concurrir a su sepelio (12-11-83) y, con mayor frecuencia, bajo el gobierno decente y garantista de Belisario Betancur.

***

El primero de junio de 1990 el Alcalde electo del Distrito Especial de Bogotá, Juan Martín Caicedo Ferrer, en el mismo acto de posesión me nombró Secretario Privado de la Alcaldía Mayor. Ya nos conocíamos, pues cuando Caicedo fue ministro de Trabajo yo desempeñaba la Secretaria de esa cartera ministerial y habíamos establecido una constructiva relación profesional que dio paso a una paz laboral duradera y al proceso de modernización institucional con la OIT.

La asunción de la nueva posición en el Distrito implicaba ejercer de manera simultánea–además de las de coordinador del gabinete de secretarios- las funciones de ´Canciller de la Orden Gonzalo Jiménez de Quesada´, máxima distinción otorgada a estadistas y personalidades de la ciencia, el arte y la cultura. En tal calidad debía presentar y sustentar las candidaturas ante el Consejo de Cultura y Bellas artes del Distrito.

Entonces me comuniqué con García Márquez y le comenté mi interés en postularlo. Obviamente le pregunté si aceptaba la presea. Era una forma poco convencional de resarcir el daño reputacional que el sistema político le había infligido al más universal y prestigioso de los colombianos, después del libertador Simón Bolívar.

-Claro que sí, me respondió agradecido. Y agregó: “sobre todo porque quiero saborear el plato frío de la venganza, pues fue allí, durante la alcaldía del turbayista Durán Dussán, en donde se fraguó la conspiración del General Camacho Leyva para conculcar mis derechos y libertades. Pero eso lo comentamosa espacio aquí en mi casa, donde te espero a almorzar este mediodía”.

Un poco antes de las dos de la tarde llegué a su apartamento en el barrio La Castellana. Ya me esperaban su hijo Gonzalo García Barcha y Verónica, la empleada doméstica, de melodioso acento boyacense.

-Papá está en la ducha, dijo Gonzalo, “pero ya te atenderá”.

A esa hora el escritor concluía su habitual jornada de trabajo creativo, que empezaba todos los días a las nueve temprano en su máquina de escribir Smith Corona.

Doña Mercedes Barcha fue hasta la puerta del baño y le gritó bajito: “Gabo, mijo, ya llegó tu invitado, y aquí en la casa del Premio Nobel no hay nada qué leer mientras sales y lo atiendes (estaban en plena mudanza y el menaje doméstico aún permanecía en cajas de cartón).

-Dile que ya salgo, él es de toda mi confianza, dijo García Márquez.

Ya reunidos en el almuerzo, le conté los pormenores de la ceremonia: la Alcaldía postulaba cincuenta invitados del protocolo oficial entre intelectuales, académicos, ministros de Estado, altos funcionarios y empresarios de la ciudad. El condecorado podría llevar 50 amigos.

Por supuesto, yo tenía el listado oficial y lo leí en voz alta. García Márquez, iba asintiendo, hasta cuando me escuchó pronunciar el nombre de Andrés Pastrana, entonces se levantó con la agilidad de un Pittsburg y tras golpear (¡plas!) con su mano la superficie de la mesa, advirtió con un mohín de fastidio: “Como dicen los cachacos: ¡Ni pu’ el chiras!”.

Gabo atacaba con la fuerza de un leñador y disertaba con la inteligencia de un filósofo, acerca de cada invitado.Yo taché de inmediato el nombre del exalcalde. Lo mismo ocurrió con el de Hernando Durán Dussán. Y Luego con el de Jaime Castro, de quien dijo con sarcasmo. “déjelo ahí. Él dice en todas partes que es muy amigo mío, sin yo saberlo. ¡De todas maneras, allá lo veremos!”.

A las 7 y 30 de la noche del día siguiente, el repicar de la línea privada me indicó que ya estaba el personaje en el estacionamiento de la Alcaldía. Era el capitán de la policía, encargado de la vigilancia:

“Aquí hay un tal Gabriel García preguntando por usted, doctor”. Dijo el oficial.

-Ya bajo. Le respondí con sequedad.

Le pedí a Olga Behar, la directora de prensa de la Alcaldía, que me acompañara. García Márquez y doña Mercedes Barcha se apearon del BMW y emprendimos camino hacía el salón de actos.

La ceremonia se realizó la noche del 21 de mayo de 1991.Tras la sesión de fotografías y tomas de TV, García Márquez invitó al eminente profesor y Filósofo Guillermo Hoyos Vásquez y al documentalista de cine colombiano Carlos Álvarez Núñez a sentarse junto a él.

El Alcalde Caicedo Ferrer pronunció unas sobrias palabras de bienvenida y dio paso a la intervención del Nobel, quien en lugar de un discurso académico escrito con el rigor lingüístico de su artesanía intelectual, hizo una divertida charla improvisada que empezó con una frase de corte platónico: “Amigos todos: El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”.

Y agregó: “Me hallo entre quienes consideran que la comprensión del pasado permitirá prever el futuro”.

Más adelante recordó una expresión del filósofo alemán Jurgen Habermas relacionada con la confrontación político-militar que padece Colombia: Lo malo de la guerra radica en que crea más personas malas que las que elimina.Y muy pronto tendremos mandatarios elegidos por la contraguerrilla paramilitar y los escuadrones de la muerte agenciando mandatos fascistas e incendiando el país. (¿Se refería premonitoriamente al ultraderechista ex presidenteÁlvaro Uribe Vélez…?)

Al terminar su intervención, Gabo recorrió todas las mesas, estrechó las manos anhelantes y entregó autógrafos ilustrados con una flor de trébol. Luego se sentó frente al profesor Hoyos Vásquez y abrió el diálogo con una exposición sobre el proceso de civilización y las dinámicas de la historia, articulando una secuencia de teorías, para lo cual estaba ya investigando en medios científicos con el apoyo de expertos como el sociólogo y antropólogo brasileño Darcy Ribeiro.

Entonces preguntó: “¿A propósito, qué pasó con el profesor Emilio Yunis? ¡Habíamos convenido en encontrarnos aquí!

-“tuvo que salir de urgencia para atender un compromiso familiar”. Le respondí.

-Lástima -repuso Gabo- porque quería su orientación sobre un asunto de biología molecular en el que estoy trabajando y, según me dijo un grupo de sabios en Berlín, Yunis es uno de los más competentes científicos de la genética en el mundo. Aún más, lo que no domine Yunis en la biología de nuestra especie, muy pocos lo han logrado después de Charles Darwin”.

Y en esas, como si le estuviera leyendo la mente, el `maestro de ceremonias` anunció:“Acaba de hacer su ingreso el prestigioso genetista, doctor Emilio Yunis´. Éste, avanzó -en medio de aplausos- directamente hasta la mesa de Gabo y le hizo entrega de su manuscrito inédito ¿Por qué somos así?, Un análisis genético y comportamental del mestizaje de la población colombiana desde el descubrimiento hasta nuestros días.

En este estudio, Yunis explica de qué manera la fragmentación geográfica inicial de las comunidades y la inequitativa distribución de las tierras y los ingresos fueron y son las principales bases del conflicto social y político que vive Colombia. “Este factor ha impedido el favorecimiento que reportaría el intercambio de genes, productos y cultura.”

En esta obra dice que “el desconocimiento, el aislamiento y la no aceptación del otro, del extraño, del foráneo contribuye a consolidar las endogamias culturales que se vistieron luego con intolerancia religiosa, partidista después, hasta aclimatar las violencias de todo tipo, con la corrupción y la injusticia al frente”.

Compartimos sin pausas hasta el amanecer en un riquísimo intercambio de ideas y conceptos sobre el tema de la soledad en los seres humanos:

“El hombre nunca ha estado solo, ni siquiera en su aislamiento más dramático”, dijo Guillermo Hoyos.

Gabo interpeló: “Siempre ha estado creando esquemas mentales para su compañía: los esquemas de los organismos unicelulares y de formas superiores de vida en la botánica y en la zoología, los cromosomas y los genes en la teoría de la herencia, los tipos primitivos en la paleontología, los conceptos de estilo en la historia del arte y los diversos esquemas de la psicología”. El doctor Yunis expresaba sus conceptos de fondo y añadía elementos clave para la cabal interpretación del asunto.

Al despedirnos, García Márquez me pidió que le hiciera llegar copia de mi estudio sobre el café: para apoyar una historia que “me ha desvelado y que estoy construyendo a partir de nuestra reunión con Fabito Lozano”.

Gabriel García Márquez, había cumplido 65 años de edad (en marzo 6 de 1991). Y su conversación esa noche era la de un hombre feliz y sin prisas. Su regreso a la Colombia que lo vio nacer (desde la hamaca de Aracataca) y crecer biológica e intelectualmente hasta la cumbre del Nobel, le imprimía a su rostro un regocijo inocultable.

 

 

*Investigador en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Políticos y culturales, ensayista, columnista, Autor de los libros “Desastre en la ciudad” y “Grandes Imágenes”, relacionados con el terremoto de 1999 en el Eje Cafetero y diez obras más en las que trata temas de su especialidad en Ciencias Sociales, políticas y culturales.

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