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Cultura  |  06 noviembre de 2019  |  12:59 AM |  Escrito por: Administrador web

“Solo la gente importa, todo lo demás es apariencia y máscara”, recuerdos de Alfredo Molano, por Francisco de Roux

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El sacerdote Francisco de Roux habló en el entierro de sociólogo y periodista Alfredo Molana, miembro de la Comisión de la Verdad. Reproducimos el discurso completo

Por Padre Francisco de Roux

Alfredo está con nosotros. Comparto con ustedes el dolor, en la certeza del silencio, más allá de conceptos racionales, de que sigue con nosotros. Él lo presentía así.

Alfredo construyó con nosotros la Comisión de la Verdad. “Mi Comisión” como él me decía. Y quiero compartir con ustedes los desafíos que nos dejó:

Alfredo, con su vida nos llamó a ponernos al lado de la gente. A echar abajo todos los muros físicos y sociales y todas las apariencias que nos separan de quienes por no tener dinero ni poder son simplemente pueblo, campesinos e indígenas. Nos invitó a desnudarnos de lo artificial en vestido, adornos y estupideces de honor. Por eso llegó de atuendo de caminante el día que Santos nos recibió en el salón de presidencia, donde los demás traían corbatas y modas. Osuna que no entendió nada, pintó la mochila, los tenis y el sweater de “marxistas, leninistas, maoístas”.

Mientras Molano nos estuvo diciendo: solo la gente importa. Todo lo demás es apariencia y máscara.

Alfredo nos llamó a no perder el tiempo. Tenía el presentimiento de que quedaban pocos meses. Nos mostró que cada día había que gastarlo al lado de quienes tenía la verdad de lo ocurrido en el conflicto armado interno. Retomó los caminos de Casanare, Meta, Vichada, Guaviare, Caquetá, Sumapaz. Fue por los testimonios de las víctimas de todos los lados, de los responsables que aceptaron hablar, llegó a las cárceles y a las iglesias. No se sentía bien en nuestras reuniones de asuntos institucionales porque cada minuto de discusiones se lo quitábamos a la verdad de la gente, quería que los 400 miembros de la Comisión, empezando por los 11 comisionados estuviéramos en terreno, no solo físico sino dramático, allí donde estaba en seres humanos la huella del conflicto violento. Consideraba malbaratadas las horas y los recursos de grandes eventos públicos, que hicimos para colocar la Comisión en el mainstream de la sociedad, para no quedarnos de un solo lado, pero él no quiso estar allí donde percibía el montaje que arrasa con la simpleza donde se entrega la verdad. Nos repitió a su manera el mismo mensaje que el papa Francisco le dio a los obispos de Colombia: déjense de actos grandiosos, de discursos y protocolos y “pongan sus manos en el cuerpo ensangrentado de su pueblo”.

Por eso Alfredo nos llamó a no tener miedo. Había vivido en sí mismo el precio que se paga por la verdad cuando le tocó escapar de Colombia para que no lo mataran. Sabía de la resistencia que hay en el país a que se cuente desde los despojados el robo de las tierras y las zagas campesinas huyendo de bombardeos en el origen de la tragedia. Tenía miedo de que fuéramos a exculpar al Estado, a las instituciones, a los paramilitares, al ejército, a empresario, a las FARC, y a los poderes políticos. Miedo de que nos faltara el coraje para dejar las cosas clara. Tenía miedo de que preocupados por nuestra seguridad, por nuestro futuro económico, o por nuestro estúpido prestigio social o político, o por no ir a dañar relaciones de familia o de amistad, nos quedáramos callados. Y nos insistía en ser libres, en no poner estorbos a la avalancha incontenible de la verdad.

Alfredo nos llamó al silencio. Él era el primero en conmoverse en los minutos callados con que honrábamos el inicio de nuestros encuentros. Él era un caminante del silencio. Nos invitó a darle cabida para escucharnos a nosotros mismos. Sabía en su busqueda de sabiduría y espiritualidad de Gurdjieff que allí entrábamos en comunión más allá de nosotros mismos y del tiempo. Nos invitó al silencio que devela el significado imperceptible de lo que entregan los niños y las mujeres de las montañas y la selva. Nos llamó al silencio para escuchar a la Naturaleza en los pájaros, el susurro del viento y el ronquido de las quebradas.

Alfredo, finalmente, nos llamó a la esperanza. En medio de la verdad que iba apareciendo, en medio de la rabia y el dolor de los asesinatos de indígenas y de líderes campesinos, él estaba convencido de que asistíamos al final “del tiempo de la sangre”. Y nos invitó a anunciar el futuro que se levanta en libertad. El futuro de una Colombia de la fraternidad y el abrazo de la Tierra, donde sería posible la verdad y la justicia, para aceptarnos, respetarnos y amarnos en nuestras diferencias.

Querido Alfredo, hoy cuando pasas a una nueva dimensión, delante de tus centenares de amigos y tu familia querida, aquí reunidos, los miembros de la Comisión la Verdad, de tú Comisión, aceptamos los desafíos que nos dejan y nos comprometemos a llevarlos a la práctica hasta el final del camino. ¡Acompáñanos compañero!

 

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