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Cultura  |  09 diciembre de 2019  |  12:03 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda.

Cuento: El sacrificio

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Este texto fue escrito por Julieth Castañeda, integrante de la tertulia Café y Letras Renata.

Dentro de ocho días es el matrimonio de Flor, la muchacha más linda del pueblo. Todos la quieren como su novia, pero ella es lejana a las proposiciones de quienes solo ven su bello cuerpo y esa mirada de coral que contiene los pozos profundos de su inocencia. Sueñan tomándola entre sus brazos, pero ella, muy graciosa y educada, evade las malas intenciones, como si su misma inocencia la llevara a proceder así.

Debe ser miedo, porque escuchó a los viejos decir: “esos locos son unos buenos para nada, que solo la llevarían por el mal camino”. Entre tantas equivocaciones, sin embargo, es difícil precisar si se trata de exageraciones o es que el paso del tiempo duele y hace viejos los pensamientos de quienes fueron jóvenes viajeros de este mundo y fumadores del porro de la sabana. Pero al fin, si ella cree que el matrimonio es un compromiso tan importante, que ni siquiera el amor amerita ese acto nupcial, le es fácil alejarse de los chicos.

Pero si se casara, Flor cambiaría su vida por la de su padre, a quien el juego dejó en la calle. Él, don Alberto Castaño, viejo rengo y lleno de mañas, desde los quince años comenzó a trabajar y a tomarse sus traguitos en la cantina cercana a la vereda La Española, donde vivió en su juventud.

La Española, como si la colonización fuera motivo de orgullo nacional y legado para las generaciones, lo mismo que la oración antes de acostarse como desagravio a los Dioses y las tantas bendiciones que se echó encima don Alberto, antes de apostar. Cuántas veces, traicionado por la confianza, perdió todo, hasta su esposa, la madre de “Florecita”, como ella solía llamarla.

La apostó cuando en medio de la borrachera, le dijo al compadre que no se fuera que todavía tenía algo que apostar.

– ¿Y qué podría ser, compadre? Si solo le falta perder los calzoncillos y la verdad no los quiero– Indicó el ganador, lleno de desconfianza.

–Tengo a Clemencia.

– ¿¡Qué!? ¿Su mujer?

–La misma.

–De todos modos la ganaré.

Han pasado trece años. De ellos no se sabe mucho, aunque las cartas de Clemencia para su hija, le demuestran a Flor, que su padre no se quiere ni él mismo y que le hizo a su madre un gran favor al apostarla. Pero en sus valores como madre, ella se siente culpable, pues sabe que el destino de su hija será igual tarde o temprano.

–Mija, yo sé que usted me va perdonar, cuando comprenda el destino que le espera si es capaz de vivir con su padre–. Son las pocas legibles palabras de una mujer que intenta dar consuelo a la desdicha. Cada carta preparaba a la chica para ver el desértico paisaje que tomaba forma cuanto más se acercaba la fecha de su matrimonio.

Días antes, dos acontecimientos esperados desde siempre se presentaron. La misma cantina, el mismo cantinero y la misma apuesta, pero esta vez, más bella. La más bella prenda que se haya jugado con un desconocido de quien no sabía siquiera el nombre. Simplemente, era un apostador como su padre, con poco dinero en los bolsillos.

Luego de apostarla con otros forajidos, por cinco mil pesos y sumar a la apuesta el reloj al que no le entraba el agua y le duraba tanto la pila, uno de los extraños ante tanta ganga pensó: “¿Qué podría perder? Más perdería él. Yo tendría con qué ver la hora y con suerte en el camino sería “arrastrado” por alguien”, entonces compró un par de cervezas para el camino antes de sentarse a jugar.

El juego de parqués duró escasos quince minutos y como era de esperar, don Alberto perdió a su hija, quien esperaba en la casa la noticia:

–Te casarás dentro de ocho días–. Como si fuera lo más normal para una joven de hoy.

Faltan menos de una semana y todo el pueblo espera presenciar de nuevo el acto obligado: El abandono de la segunda mujer de la casa ¿Sería que don Alberto no recordaba la enfermedad que maltrataba todas las noches la tranquilidad de Flor? ¿O sería que por eso prefirió dejar esa responsabilidad a otro?

Nadie imaginaba entonces, que la locura desarmara las fuerzas de la gente y que la realidad era irreal en la noche, pues los demonios no la dejaban pegar el ojo en esos momentos en que sentía tanta incertidumbre que la muerte parecía mejor que la vida. Es raro que le sucediera a alguien tan joven y más raro aún, que le sucediera desde niña.

Por eso cuando el papá regresó a casa y le contó a Flor la noticia, ella pareció tranquila, porque al fin vio el descanso. No volvería a luchar sola en las noches.

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