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Columnistas  |  17 diciembre de 2019  |  12:57 AM |  Escrito por: Laura Barrios Quintero

Abuelos

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Laura Barrios Quintero

Nací en una familia grande y creo que ahí está mi fuente inagotable de historias. Soy sobrina de veintiocho tíos, prima de no sé cuántos, hermana de solo uno, tía de tres y lógicamente, hija de dos y nieta de cuatro. De esos cuatro abuelos, solo dos viven en mi memoria, solo dos me habitan, porque solo alcancé a disfrutar la vida de ellos: mi abuela Laura, a quien honro con el nombre y mi intento de contar historias y mi abuelo Miguel.

Mi abuelito, que los últimos 27 años de su vida, después de quedarse sin la mamá de sus hijos, vivió rodeado de sus diez hijas, su hijo menor, esporádicamente recibiendo a sus otros cuatro varones y viéndonos crecer a todos nosotros, sus nietos, haciéndonos correr espantados cuando jugaba con su caja de dientes o cuando nos pinchaba las costillas con sus dedos y creo que eso es lo que me habita de él, lo que vive de él en mí, lo que no deja que mi abuelo muera, pese a que hace ocho años, bajo la luz tenue de la casa de siempre, en su cuarto de siempre, besé por última vez su frente y lo vi apagarse mientras lo abrazaba. Vive en mí el amor a la familia y me apropio de las palabras que Mario Puzo puso en boca de Vito Corleone cuando escribió El Padrino: “un hombre que no pasa tiempo con su familia nunca puede ser un hombre de verdad".

Hay muchas cosas sobre mi abuelo que muchos tendrán que decir, pero como nieta no me interesan. Me quedo con la imagen de aquel cejón de cabellos blancos que entregó su vida a estar con su familia, de ese hombre, el suegro de mi papá que a su manera también forjó en mi viejo el carácter del hombre responsable y padre incondicional que es hoy. Puede que para muchos no fueran las formas correctas de ser y estar las de mi abuelo, incluso hay muchas cosas que yo misma hoy cuestiono, que no comparto, que no haría, pero con lo que era, sembró en muchos la manera de reponerse y afrontar las adversidades.

Hoy, cuando se cumplen ocho años del fin de su paso por la tierra y lo veo tan vivo en la memoria, en los corazones y en los ojos de todos los que componen esta familia que cosechó, me convenzo de que la muerte no existe si existen los recuerdos, nunca será un “impedimento insalvable para la comunicación entre quienes se aman de verdad” como lo escribió la chilena Isabel Allende alguna vez, aunque no recuerdo en cuál de sus obras. Me he convencido que no hay frontera entre los que amamos y los que nos aman, ni siquiera entre la vida y la muerte. No hay manera de separarse, porque no es un final, no es que los que se van no viven más, es que viven en otra dimensión, pero como no la conocemos, le tememos, la aborrecemos y la maldecimos, pero como dijo también allende: “morir es como nacer, es solo un cambio (…) mi vida ha consistido en desafiar la autoridad, lo que me enseñaron de pequeña. La vida es puro ruido entre dos silencios abismales. Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte”.

Finalmente, como Isabel, yo también “me pongo la mano sobre el corazón y digo: no quiero ser como mi madre, seré como mi abuelo, fuerte, independiente, sana y poderosa, no aceptaré que nadie me mande ni deberé nada a nadie, quiero ser como mi abuelo y proteger a mi madre”, a mi madre, a mi padre, a mis sobrinos, a mi hermano, a mis tías, a mis primas y a todo aquel que ame con la fuerza con la que se ama a la familia.

Felices ocho años de la vida en otro lugar, abuelo. Como siempre, un beso en la frente suavecita.

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