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Cultura  |  12 enero de 2020  |  12:07 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Salento: Albergue turístico del Quindío

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Este texto fue escrito por Enrique Barrios Vélez.

Resguardado entre la agreste geografía de la región quindiana, el municipio de Salento fue adaptándose lenta y acertadamente a las inevitables incidencias del paso del tiempo. Pero conservando, en su proceso de desarrollo, la integridad de sus componentes sociales y de su morfología arquitectónica. La conjunción de estos valores le fue configurando su particular identidad comunitaria.

Su economía parca, su relativo aislamiento y sus sedentarios núcleos familiares le permitieron constituirse en un medio social en el que el reconocimiento ciudadano era la norma, y el extraño la excepción, pues las labores del campo poco requerían de migraciones campesinas. Esta atávica permanencia acentuó el sentido de vecindad entre sus pobladores e influyó en la conformación de su peculiar forma de ser poblacional, la cual, al estar inmersa en una dinámica social tan sencilla, estaba inevitablemente influida por las rutinas familiares.

Por ello no causaba sorpresa encontrar desiertas sus calles al medio día, o en las primeras horas de la noche, pues reflejaban el acatamiento colectivo a un rito elemental: compartir los alimentos en familia. Durante este lapso los forasteros quedaban en evidencia, denunciados por su trashumancia solitaria en un casco urbano en transitorio receso.

En las noches las horas transcurrían en calma mientras algunos visitaban los lugares concurridos del pueblo, o las casas de sus vecinos o amigos, o se reunían en el café. Allí, en cordial complicidad, compartían las vivencias del día, o jugaban al billar o a las cartas, mientras las calles se iban quedando tempranamente solitarias, acatando el llamado de la intimidad hogareña. La diversión en grande, la del licor, era para algunos tan solo un esparcimiento de fin de semana.

El recato comunitario también se evidenciaba en sus bares, pues en ellos estaba proscrita la presencia de coperas. Así transcurría la apacible vida en esta pequeña aldea de comportamientos colectivos semejantes a los de una gran familia. A esta sencilla cotidianidad se le sumaba su gracia ingénita, la imponente belleza de su entorno: sus emotivas escenas de contrastes lumínicos, de belleza insonora y cambiante.

Algunas administraciones municipales han sido conscientes de sus valores ambientales y arquitectónicos como componentes fundamentales de su cultura y de su atracción turística. Por ello el 8 de junio de 1994 el concejo municipal aprobó el acuerdo # 063, que reglamentó las construcciones nuevas y las remodelaciones en las viviendas antiguas del municipio, incluyendo además normas de protección ambiental. Pero estas normas, por falta de voluntad política, prácticamente han sido ignoradas.

Y ante la mirada indolente de los ciudadanos, ciegos a la progresiva y alarmante amenaza que recae sobre el pueblo, continúan cometiéndose daños 
                                                                         II
irreparables que esas normas podrían haber detenido: a esto se debe que varias viviendas de la calle real hayan demolido partes de sus fachadas para adecuar nuevos negocios, al tiempo que en sus alrededores otras también fueron reformadas menguando sus calidades arquitectónicas: algunas de sus puertas y ventanas originales las reemplazaron por otras metálicas; alteraron la ubicación y dimensión de sus aberturas para facilitar los accesos a los nuevos locales, desfigurando con ello el ritmo que existía entre aberturas y paredes en la composición original de la fachada; demolieron modestas viviendas tradicionales para edificar, a cambio, otras sin méritos arquitectónicos.

Estas acciones que afectan perniciosamente su imagen urbana también atentan contra sus costumbres, pues solo buscan instaurar un turismo especulativo y libertino. Si bien es cierto que el dinero que dejan los turistas es el mayor ingreso que percibe la población, también lo es que el desmedido apetito por apropiarse de él ha ocasionado que algunas calles que habían sido residenciales hoy estén saturadas de pequeños locales comerciales.

En la calle real existe un auge creciente de negocios exóticos que pronto erradicará de allí las pocas casas de familia que quedan. La tendencia actual es vender las propiedades, o arrendarlas, para que sean adecuadas como negocios para visitantes. Si este proceso continúa excluyendo a las viviendas, esta calle pronto se convertirá en un lugar activo y concurrido durante el día, pero deshabitado y peligrosamente solitario en las noches, pues habrá alterado el equilibrio que debe imperar entre la vivienda y el comercio.

Acabar con esta simbiosis modificará sus comportamientos habituales y, por tanto, sus tradiciones vivas, lo cual afectará su identidad cultural y las proyecciones de desarrollo municipal. Para los nuevos negocios de la calle real primero una pequeña revueltería debió ceder su espacio, luego debió hacerlo un modesto restaurante casero, después le tocó el turno a una miscelánea y más tarde tendrá que hacerlo, inevitablemente, otra sencilla tienda de las  inmediaciones.

Estos discretos negocios desplazados hacen parte de una estructura mercantil que satisface las necesidades básicas de la población. Y que al tiempo que lo hacen se abastecen a sí mismos con materias primas locales. De esta forma integran una sencilla mecánica comercial: venden lo que los demás necesitan y, a su vez, les compran lo que ellos producen. Una estructura mercantil, por elemental, bastante vulnerable.

Pero los locales que antes ocupaban ahora son almacenes especializados. En ellos abunda la mercadería esotérica. Su oferta es tan prolífica como exótica: varitas de olor, objetos en cerámica o de madera, velas líquidas de varios colores y formas, piedras preciosas, esencias, candelabros, naipes, móviles, cuarzos, campanas, frascos y botellas de todos los tamaños, formas y colores son, entre otras, las mercancías que atraen y consumen los 
                                                                       III
visitantes. Le siguen de cerca los nuevos estanquillos, los almacenes de antigüedades, de ropa hindú, de artesanías, de objetos en guadua, en cuero, en fin, los extraños negocios surgidos tras el rastro especulativo del turista comprador. Contrario a lo que representaban los negocios sustituidos, estos nuevos almacenes no hacen parte de la estructura mercantil del pueblo.

Fueron apareciendo de un momento a otro, atendiendo pálpitos individualistas y lucrativos, y se ubicaron en los sectores más concurridos del pueblo: en los costados de la calle real y en los alrededores de la plaza principal. A los primeros negocios les siguieron rápidamente otros, y luego otros más, hasta copar el ofrecimiento mercantil en esos sectores. Y entonces aparecieron nuevos locales para la segunda avanzada de comerciantes, con adecuaciones que no mostraron ningún respeto por el patrimonio arquitectónico del municipio.

Como la lógica del comercio no es la misma que la de los intereses comunitarios, estos comerciantes desconocieron la forma tradicional de pintar las fachadas sin estridencias cromáticas y, por el contrario, individualizaron el frente de sus negocios con colores estrafalarios y contrastantes, generando un absurdo fraccionamiento visual en los conjuntos arquitectónicos.

De esta forma sustituyeron un orden armónico por un desorden mercenario. Los propietarios de los inmuebles, tentados en sus ambiciones de ganancia, se sumaron a la horda de los que ahora quieren convertir en dinero su riqueza arquitectónica y ambiental.

El patrimonio de la comunidad. Y por eso fraccionan caprichosamente las fachadas para acomodar cuchitriles que incrementen la rentabilidad de su propiedad. La desfiguración producida no les importa, el hacinamiento de locales tampoco. Sólo los seduce el nuevo credo: todo se vende. En esas ambiciosas intervenciones las fachadas son el resultado de subdivisiones que no concilian la apariencia original con la derivada de la reforma.

Y el recato cromático que imperaba en sus frentes lo ignoran empleando tonos disonantes para diferenciarse, por contraste, de los negocios vecinos. El resultado es una sucesión de locales coloridos en el que ninguno se destaca sobre los otros, derrotados por una lógica simple: el desorden no puede ordenar. Al menos mientras exista sensatez. Y el nuevo credo, la rentabilidad, cada día impondrá con mayor rigor sus egoístas exigencias.

Por eso los elevados ofrecimientos comerciales pronto harán imposible habitar una casa en la calle real. Y para el ciudadano del común, cada vez más, ésta irá perdiendo su significado, su razón de ser, al irse transformando en una sucesión de pequeños locales con extravagantes mercancías para visitantes.

Y pocas viviendas, lo que le hace perder la necesaria interacción entre los hábitos residenciales y las actividades comerciales. Por ello cada día estará más solitaria y silenciosa en las noches. Contrario a lo que debería ser: una calle propiciadora y receptora de la actividad social en las noches. 
                                                                           IV
Si a este oscuro panorama se le suman las viviendas que están siendo adquiridas por foráneos, la situación se agrava aún más. Sorprendidos por la intempestiva valorización de sus predios, y en algunos casos por inocultables problemas económicos, sus propietarios han sido receptivos a las nuevas y halagadoras propuestas de compra.

Y como éstas son hechas con fines comerciales, o para familias no residentes en el municipio, son las más representativas o las mejor ubicadas. Lo que viene causando desalojo de la familia vendedora e inactividad en la casa vendida (pues generalmente la habitan los fines de semana, o a veces permanece deshabitada más tiempo).

Cada negociación acarrea entonces un doble inconveniente: desaloja al morador raizal y contribuye a despoblar el conglomerado urbano. Al convertirse esto en una tendencia inmobiliaria, su proyección se agiganta cada vez más hasta transformarse en una verdadera amenaza para su estructura interna como poblado.

Y sus habitantes, además, están siendo relegados de la dinámica social y económica del municipio, marginándoseles como actores protagónicos para asignarles a cambio el rol de actores de reparto, de simples espectadores del telón de fondo en que se les ha ido convirtiendo su realidad cotidiana.

Los que vendieron sus viviendas tuvieron dos opciones: o abandonaron el municipio o se desplazaron hacia zonas urbanas poco apetecidas por los nuevos agentes desestabilizadores. Pero transcurrido un tiempo, cuando esas zonas se tornaron atractivas para los intereses foráneos, tuvieron que trasladarse de nuevo acosados por la incapacidad económica para soportar los asfixiantes costos económicos que les acarreaba su permanencia allí.

Y seguirán mudándose, cada vez más lejos, como gitanos municipales perseguidos por un mecanismo logrero que los convirtió en parias en su propia tierra, en víctimas de la especulación inmobiliaria. Mientras impere esta búsqueda de lucro anárquico el pueblo seguirá sometido a las pautas que le determine el comercio invasor, pues las autoridades municipales no han utilizado las herramientas que tienen para controlar este caos, para restablecer el equilibrio.

Y serán responsables de permitir que sus tendencias de desarrollo sean manipuladas por los intereses personales de los recién llegados, quienes arrinconarán primero, y expulsarán después, a sus pobladores originarios. De esta acechante amenaza no parece estar consciente la administración municipal.         

Por eso es necesario que sus autoridades reestructuren el enfoque que le han dado a su vocación turística, que la encaminen hacia la contemplación y el goce de sus atractivos naturales y paisajísticos, de sus valores campesinos, de su cotidianidad. Así el municipio recuperaría el interés que inicialmente tuvo para visitantes más contemplativos, más ecológicos, a los que les atrajo la autenticidad de sus costumbres y la belleza del entorno. Con ellos la comunidad comprendería que al conservar sus hábitos 
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pueblerinos, y sus comportamientos autóctonos, está garantizando la afluencia turística y la supervivencia de sus rasgos de identidad cultural. El otro turismo, el que actualmente tiene, está compuesto por una multitud que en realidad desconoce lo que va a buscar a Salento.

Por eso se aglutina en su centro histórico a la espera de un encuentro por azar, de una actividad imprevista, o de algo que le brinde la oportunidad de entretenerse mientras dura su estadía en el pueblo. Y mientras tanto se desplazan como hormigas tras el azúcar, de arriba abajo, de abajo arriba, curioseando, comprando, comiendo, bebiendo, en su ansiedad desenfrenada por hallarle algún sentido a su presencia allí. Pues lo único que les ofrece la infraestructura turística del pueblo es la incitación al consumo y una desazón similar a la de una expectativa de amor convertida en desamor. 
 
 

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