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Columnistas  |  22 enero de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: GLORIA CHÁVEZ VÁSQUEZ

DEL SUEÑO A LA PESADILLA

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GLORIA CHÁVEZ VÁSQUEZ

Review de la novela de Alister Ramírez Márquez

Si el sueño no me vence

Editorial Ala de Mosca, New York 2018

Pgs: 269

Armenia y el Quindío han sido depositarios de unas historias humanas que parecen sacadas de la ficción. Se diferencian de las de Macondo, inspiradas estas en leyendas e historias hiperbólicas, en que las nuestras son producto de un pasado más inmediato y cuyos personajes y eventos hemos visto pasar por nuestros ojos en la pantalla de la realidad. Quizás porque en esta región de los Andes colombianos, la gente vive sus experiencias en una especie de sueño o dimensión desconocida. The twilight zone, como le dicen en inglés, es una zona donde la vida se rige o no por unas leyes que no son las de la realidad. La única constante es la de la acción y reacción. El que la hace la paga, como quien dice.

En la novela reciente de Alister Ramírez Márquez, que reza como un memoir/testimonio, está en juego la juventud de comienzos de los años 80 a finales de siglo. La eterna pregunta: Termina uno el bachillerato ¿y ahora qué? En el caso del protagonista y narrador de Si el sueño no me vence, éste corre con la suerte de ganarse una lotería para servir en el ejército. Para un indígena o para un campesino, entrar a servir la patria en el ejército significa toda una fortuna. Comida, uniforme, techo, instrucción militar en forma de disciplina, educación mental y física; lo demás es aventura. Para un joven de la clase media alta, existen otras opciones, y la de ser soldado no es una de ellas precisamente. Toda familia que presuma de “decente” paga lo que sea para que su hijo no “sufra” un año de disciplina militar. Pero, como lo comprueba nuestro protagonista, hay quien se mete en la boca del lobo por rebeldía. Para probarle algo a la familia. Por lo general al padre, que vive desilusionado de su prole. La otra forma de esa ruleta rusa era la de optar por el narcotráfico o marcharse del país para comenzar una nueva vida. Y esas decisiones, que en otras culturas representan la diferencia entre el honor o el deshonor, en Colombia terminaron muchas veces en la muerte propia o la de un ser querido.

En Si el sueño no me vence, nuestro protagonista escapa de la violencia guerrillera que ya comienza a hacer estragos en el país, para presenciar la muerte absurda, como la del soldado ahogado en una fosa empantanada, pisado por los demás compañeros que no se dan cuenta porque tratan de salvarse ellos mismos de un peligro inminente imaginario. O a la violencia del narcotráfico, mientras escucha en boca de los padres, sobre la muerte del joven alucinado por la droga y el jefe narco, que se suicida en medio de una traba porque a lo mejor tuvo la ilusión de ser inmortal.

Manuel Patiño, el personaje que une el dechado de historias que conforman el conjunto de esta narración, la muerte lo sorprende por casualidad en forma de bala perdida. Al menos eso le pareció al narrador por las tres décadas que le tomó lidiar con su vida de inmigrante. Hasta que le toca a él mismo la rifa, en forma de tragedia familiar. En medio de su desesperación, se aferra al recuerdo de aquella muerte incierta durante el encuentro fortuito con un compañero de la milicia. Irónicamente su tabla de salvación para explicar el suicidio, el de su compañero en el ejército y el de su propio hijo.

Nuestro autor teje con lujo de detalles en su meticuloso pero agradable lenguaje, las peripecias de los adolescentes aun, en las filas de las milicias. Es quizás la manera como estos chicos se hicieron hombres y vieron la realidad de frente, cara a cara con otros soldados de las clases menos favorecidas. Y aunque uno de los personajes reniega de ese año en el ejército como una pérdida de tiempo, lo cierto es que la disciplina, dura y ruda por demás, a veces cruel, fue un despertar que dio solidez a muchos muchachos. Les enseñó como es en verdad la vida.

De manera honesta y descarnada, Alister cuenta sobre los sacrificios, los ires y devenires en la rutina militar y en su relato nos introduce de lleno en la sociedad quindiana, en la vida de sus habitantes, y en uno de los capítulos dolorosos y definitivos de nuestra historia en la presencia de Carlos Ledher, el mafioso que sedujo tantos de sus contemporáneos, porque vino con su mentira de un Sueño Americano realizado, cuando en realidad era la pesadilla, una trampa mas bien, de la que Ramírez concluye, causó tantas desgracias y desbarató tantas familias. Su estudio de la sociedad quindiana en las personas a las que alude, dejan una reflexión muy profunda. Obviamente nuestra sociedad, en su ignorante ingenuidad y flexible moral, camino de la autodestrucción, estaba “madura” para esa experiencia. Había que vivirla para aprender la lección de que “el dinero fácil y mal habido corrompe”.

Alister Ramírez analiza esos y otros sucesos históricos, que pasaron desapercibidos al público porque en esta sociedad de ficción que es Colombia, la gente prefiere no hablar de las cosas. Borrarlo todo para no sufrirlo. Para no hacerlo realidad. La evasión total. Es una de nuestras virtudes o pecados. Nuestro mecanismo de defensa ante una violencia crónica que se nutre del fratricidio.

Ramírez Márquez va y viene en el tiempo y el espacio describiendo lugares y personajes, cuyas vidas transcurren en Colombia y en Nueva York. De esa manera logra comparar y contrastar la experiencia del narrador y protagonista, en su patria y como inmigrante que se asimila en otro país. Uno que logra realizar el Sueño Americano, pero que debe recobrar su espíritu para descubrir así el verdadero propósito de su existencia.

Las anécdotas graciosas, la familiaridad del espacio geográfico y la época, las historias, hiladas y tejidas en este relato, se leen con motivación, por la cercanía de nuestras verdades, la gente, que en la pequeña ciudad de nuestro tiempo era como una gran familia, y en la que todos nos conocíamos aunque solo fuera por el nombre. Si el sueño no me vence aporta mucho a la historia de nuestro país y departamento. Revela infinidad de situaciones no ajenas a la mayoría, pero que es justo repetirlas para no olvidarlas y tratar de aprender a no sufrir tanto.

 

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