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Cultura  |  27 enero de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda.

Relato: La Hamaca del Piñero

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Este es un texto de Luis Carlos Vélez Barrios, integrante del Taller de escritura Relata Quindío y tertulias Comfenalco y La Estación.

La distancia, junto al rancho donde estaba seguro de encontrar al piñero, se divisaba su carreta de llantas de bicicleta repleta de piñas sin pelar, y bajo el techo pendía, como improvisada publicidad y sujeta por una cabuya, la piña oro miel más grande y madura.

En el rancho, sobre el tablón que servía de mesa, sus elementos de trabajo: un cuchillo con filo de barbera; el tarro de plástico azul a cuya tapa adaptó la llave para verter agua, la canastilla con limones, platos de metal niquelado, y el tarro pequeño con la sal para espolvorear las rodajas. Arriba, en la viga de guadua, el radio transistor silencioso. Y el piñero por ningún lado.

Del fondo de la hamaca brotó un saludo en el humo lento de un cigarrillo: “Buenas tardes, amigo, ¿en qué puedo servirle?”. Con pereza levantó la cabeza. Al reconocerme y saber no compraría nada, me invitó a sentarme en el banco de esterilla, y reacomodó su cuerpo entre los pliegues de la hamaca.

Eché mano al recuerdo del viaje en moto que años atrás me llevó al sitio conocido como el hipódromo de la carrera 14, y sirvió para poner en marcha una conversación inesperada, en donde el piñero recordó y narró hechos, personas vivas o revivió muertos, calles y sitios conocidos por antiguos caicedonitas.

“Allá competían dos o tres caballos de los carretilleros, y apostaban los plataneros de la plaza de mercado. Era una fiesta que movía plata. Caballos que también utilizaban para sacar guaduas de las fincas. Las amarraban, y las vendían en las agencias de madera…”.

El giro de la narración ofreció la oportunidad de elaborar en la mente una lista que bastaba nombrar cada parte para que el piñero añadiera de inmediato:

“Las galleras funcionaron cerca al Parque agroindustrial, ahí, junto al Estadio, en donde los fines de mes aparecía el Brujo con su venta de vacas, gallinas, pollos y marranos. El Brujo bebía cerveza con ellos, con los pobres. Se untaba de humildad. En esa época muchos bebedores paraban, aterrizaban en la casa de Josefina, un reservado, para que los atendieran las cuatro o cinco muchachas jóvenes, que trabajaban ahí los fines de semana, y cada hombre, todavía hoy, les representaba un mercado, arriendo, remedios.

Nunca entré ahí, estaba muy muchacho, pero por otros amigos supe que la casa tenía cuatro piezas. No entraba porque no tenía con qué pagar, y porque casi todos los fines de semana en esos sitios las invitaciones a beber terminaban en tropeles, y los borrachos hacían disparos al aire. Se armaba mucho escándalo y cuando aumentaba la policía tenía que ir a calmar los ánimos. Existe otra casa por los lados del matadero… hay que ir y salir en taxi”.

Por el aire cruzó la colilla encendida que cayó fuera del rancho. Estaba claro que el piñero, por discreto, calló la dirección y entregar detalles de la casa. Mejor cambió de posición y las guaduas del rancho crujieron, debido a la tensión de las amarras que sujetaban lo que parecía una hamaca parlante, que apenas daba breves pinceladas a diversos temas.

“También conocí a Toto. Vendía los plátanos que le regalaban en la finca de sus padres; le gustaba tomarse los cunchos de cerveza que dejaban los borrachos en las cantinas que visitaba. A punta de plátanos se emborrachaba pero no ponía problemas…, era pacífico como una gallina. Y ahora que digo gallina, recuerdo a Gallina.

Decían que una mujer lo había enyerbao. Era mecánico. Las mujeres lo robaban; terminó sin un peso en los bolsillos y durmiendo en los andenes de la trilladora Mariela. Tanto que le tocó obrar mal, y la gente en la calle aconsejaba: “mucho cuidado con las gallinas”.

Un auto se detuvo. Un salto de la hamaca bastó al piñero para asomar a la ventanilla apenas abierta, saludar a los compradores recelosos; dos zancadas fueron suficientes para regresar al tablón y ofrecer las dos piñas maduras, que sacó de la canastilla. “Las mejores”, dijo la voz por el agujero abierto arriba. Encendió otro cigarrillo, lo sostuvo entre los dientes, lo aspiró con lentitud.

Con la destreza adquirida en largos años rebanó y tasajeó la piña más grande. Puesta en un plato niquelado, preguntó a los viajeros si le exprimía limón y esparcía sal. “Ambas cosas, y la echa en una bolsa”, gritaron al unísono los compradores.

El auto partió con estruendo, levantó una polvareda, y el piñero sin tocar el cigarrillo con las manos, haciendo embudo con la boca, aspiró y expiró una y otra vez, hasta enrojecer la punta de la colilla. Abrió los pliegues, de un salto se hundió. El rastrillo sonó, el humo ascendió… y la hamaca “habló” de nuevo.

“Fui amigo de Cachirulo. Por años ayudó a repartir en un triciclo la parva en la panadería de don Luis; le gustaba mantener cachaco, pero sin corbata. Cuando la gente de Caicedonia quiere decir que alguien es muy elegante, dice: “Más cachaco que Cachirulo”. Pupa fue otro. Todavía vive en una casa grande de inquilinato, en el barrio

Los Fundadores, más abajo de la trilladora. Mucha gente generosa y de buen corazón lo ayuda. Es muy conocido porque viste normal, pero no usa zapatos; se arremanga el pantalón, y le gusta andar en chanclas…”.

De pronto el piñero dejó escuchar sus carcajadas. El rancho crujió y la hamaca se balanceó. Las abejas revolotearon entre olores de humo de nicotina y piña madura.

“Antes que se me olvide y perdone mi risa, en el café As de oros mantenía Quiroz. Él invitaba a los amigos visitantes a su parqueadero para que vieran la colección de fotos que tenía. Pero mi risa se debe a que el parqueadero lo llamaban La pedorrera, porque Quiroz tenía su barra especial para organizar un concurso de pedos que no clasificaban por olores, duración y estampido, sino por número”.

La risa convulsiva y contagiosa impidió continuar. Pasado un rato pudo rematar: “El hombre murió, exhaló su último suspiro, en un accidente…”.

Durante unos minutos un largo silencio cubrió y acalló la hamaca. Después ésta se agitó, crujieron las amarras y el techo; el piñero se incorporó para dejar sus piernas en balanceo, y dijo:

“Le voy a resumir para que tome sus apuntes, después usted les añade. Mire que la venta no está buena y son casi las cinco de la tarde. Hubo un sitio, un bebedero de mala muerte, un salón de baile donde se escuchaban baladas y tangos, que llamaron La gazapera porque en otros tiempos se armaban unas peleas fenomenales; lo administra Rubiel, que sabe mucho de buena música. También recuerdo que Francisco Salas tenía un torno de mecánica y un carro antiguo que funcionaba como nuevo; me parece que don Francisco fue bombero voluntario.

En Caicedonia hubo un carretillero morocho, un veterano a quien le decían Juventud porque era muy amable. También recuerdo a Pedro, un cantante con voz muy fuerte, que contrataban los trasnochadores y a veces era insultado porque entre las cuatro y cinco de la mañana despertaba a todo mundo con sus serenatas.

Recuerdo la muerte de Yiyo, un anciano delgado, de cachucha; lo atropelló una moto… por ahí, cerca al As de oros. ¿Usted sabe que el estadio se llama tres de agosto para recordar el día de la fundación, y que el café As de oros fue declarado patrimonio municipal?”.

El piñero arrojó al polvo la colilla, miró el paso de los carros, y habló del peligro que representa para los compradores que vienen de Armenia, cruzar sin mirar atrás ni adelante la curva del Alto de la piña. Una ráfaga de olor a pasto recién cortado cruzó el rancho, arrastró el humo, y se mezcló con el olor a piña madura. El piñero cayó en breve silencio nostálgico.

“Cuando yo era niño entraba con mi abuela a la iglesia de la Virgen del Carmen…”.

Lo anterior hizo sospechar cuánto costaban los recuerdos al piñero. Las últimas frases de Juan Bautista bastaron para saber que no sería necesario viajar a Caicedonia para añadir a los apuntes, las descripciones de los sitios nombrados:

“Ahora que recuerdo, voy a tener la compañía de dos vigilantes, dicen que ahí, enseguida, en el lote que usted ve, una empresa extranjera va a construir un invernadero. Por hoy no más, voy a empacar mis cosas en la carreta, para dejarla donde unos amigos, y salgo al camino a esperar la buseta para Caicedonia. Mañana tengo que madrugar a comprar un saldo pequeño de piñas, y apenas me las traigan aquí seguiré en la lucha… Amigo, se me acabaron los recuerdos, o por lo menos me quedan pocos que valga la pena contar…”.

la hamaca, la enrolló y la empacó al lado de las herramientas lavadas, junto al radio transistor viejo y mudo. El ajetreo bamboleó la cabuya que sostenía del techo la piña oro miel madura.

Anochecía cuando el piñero emprendió el camino alumbrado por las luces del auto que seguía, con lentitud, el rodar pesado de su carreta.

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