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Columnistas  |  14 febrero de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Aldemar Giraldo

LOS MUERTOS BUENOS Y LOS MUERTOS MALOS

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Aldemar Giraldo

El expresidente Alvaro dijo en alguna ocasión: “Carlos Areiza era un bandido. Murió en su ley. Areiza es un buen muerto. Si no, que lo diga Cepeda”. Sobra advertir que don Carlos fue un testigo clave en el litigio entre el senador Uribe y el congresista Iván Cepeda. Ante esta declaración, uno no sabe qué pensar; Uribe deseaba su muerte o en Colombia hay dos clases de muertos: ¿buenos (los que deben morir) y malos (los que no deben morir)? Tremenda paradoja, pues la clasificación está antecedida de un juicio moral o, en algunos casos, ético. ¿No primará aquí el interés particular o el beneficio personal? Aquí les dejo ese trompo bailando en la uña para que no se me “gaste” el espacio que me asignan en la columna.

Con motivo de la muerte del señor don John Jairo Velásquez, conocido en el bajo mundo como “Popeye”, jefe de sicarios de Don Pablo Escobar, el país estuvo de luto el 6 de febrero del presente año al “perder a una gran figura”, según Antonio Caballero; llegó a esta conclusión después de considerar hechos como el sorprendente pésame del comandante del ejército por la muerte del criminal. Muchos colombianos quedaron fríos, al igual que el columnista, al escuchar las palabras del general Zapateiro. Da la impresión de que desconoce la historia y el sufrimiento de Colombia, fruto de la sanguinaria conducta de Escobar, secundado por un hombre que se jactaba del número de asesinatos de civiles y policías. Hablaba más de la cuenta y ofrecía sus historias al mejor postor para publicarlas en moldes de oro.

Zapateiro se olvidó de las víctimas, por centenares; de la sangre derramada en las calles y caminos del país; del régimen del terror que imperó en Medellín y en otros territorios de nuestra patria; del plan pistola en el valle de Aburrá. Razón tenía al afirmar que “somos seres humanos, somos colombianos”. Pero, también eran seres humanos y colombianos los 300 asesinados con la propia mano de Popeye, los policías sacrificados (540) en esa luctuosa época (25 con la pistola de Velásquez); los muertos y heridos con la bomba contra el DAS y los centenares de víctimas de los demás carros bomba ordenados por su jefe y coordinados por nuestro personaje. Algo raro pasa en Colombia; cuando fue dado de baja Pablo Escobar, se vivió un ambiente de fiesta y júbilo, pero a su jefe de sicarios se le despide con honores y lágrimas.

Es urgente explicarles a nuestros niños y jóvenes la vida y trayectoria de Popeye; la huella de sangre y dolor que dejó; pueden pensar que murió un héroe, un gran escritor o un estadista. Gran oportunidad para educar y hacerles caer en la cuenta de que el ser humano vale, no por lo que tiene o consigue con rapidez o facilidad, sino por esa capacidad tremendamente generosa de situarse en el lugar del otro, de olvidarse de sí mismo, de postergar ser el centro del universo por empatizar con los semejantes; no se trata de ser rico de un día para otro para pisotear a los demás como basuras de otoño.

No me deja dormir tranquilo la pregunta que se hacen algunos colombianos: “Se extralimitó o usó fuerza desmedida el médico que se defendió en un puente de Bogotá y dio muerte a sus atracadores? Apenas avanza la investigación, no se conocen todos los pormenores del hecho. Sin embargo, cuando me han atracado, siempre he estado en desigualdad de condiciones; posteriormente, me he preguntado: ¿Tuve oportunidad de defenderme, aunque fuese con fuerza desmedida? Como decía mi abuelito Alfonso: “De golpe y porrazo se enriquece el ladronazo”.

ADENDA:

La semana entrante cumple años mi nieta; ¿será posible encontrar silla en el avión presidencial para llevarla a Panaca?

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