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La Cosecha  |  03 marzo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Reciclar en el Quindío

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Por Gloria Chávez Vásquez

El día que Javier de la Pava Osorio se enteró que una llanta de automóvil tardaba 500 años en degradarse, su vida cambio para siempre. Había que hacer algo. De pronto le pareció que el movimiento por salvar al planeta tenía mucho sentido. Todo ese caucho, el plástico, la basura, los desperdicios que estaban ahogando la calidad de vida y que la misma gente inconsciente producía a diario, había que reciclarlo a como diera lugar. El no podía hacerlo todo por supuesto, pero dentro de sus posibilidades y en su entorno podía ingeniárselas para reciclar las llantas que iban a dar a su taller.

Entonces fundó Reciclemos Llantas. Desde este concepto, de la Pava y su hija Katherine comenzaron por aprovechar el material resistente y la amable circunferencia de la rueda y combinando con tela, vidrio, soga y otros productos, diseñaron camas para mascotas, mesas, sillas, columpios, y juegos de parque infantil añadiéndole a las piezas un agradable colorido. De eso hace ya dos años y la fábrica ha cobrado auge gracias a la colección de fotografías en Facebook, su única fuente de promoción.

El llamado al reciclaje en el mundo cobró auge hace ya algún tiempo. En Colombia, en otra época, la vida de una llanta se extendía al rin que usaban los muchachos para correr equilibrando una rueda con un palito. Los buscavidas aprovechaban la concavidad para fabricar materos u otros recipientes útiles como abrevaderos para las bestias, por ejemplo. En Estados Unidos es tradicional la llanta colgada del árbol, convertirla en columpio. Las gomas internas las utilizan como flotadores en competencias de rio durante el verano. Hay quienes ven en la llanta, como Javier de la Pava, la forma perfecta, y que con un tratamiento de pintura a colores las convierten en formas geométricas que adornan con flores las entradas o los patios. El caucho de la llanta se ha utilizado en zapatería para reforzar calzado o como suela para chancletas. Actualmente, en países como Rusia, se reciclan las llantas moliendo el caucho y tratándolo con productos químicos para producir hierba sintética o construir pistas de carreras. En el mundo entero, los diseñadores de jardines de juegos infantiles ya han encontrado a su aliada perfecta en la llanta usada, reusada y reusable. En el peor de los ejemplo, los vándalos que azotan la civilización quemando llantas durante sus protestas han contribuido a aumentar la innecesaria contaminación que afecta la salud del ser humano.

La idea en sí de reciclar llantas la captó Javier primero en México, uno de los países en donde trabajó desde que en 1985 y a los 16 años tomó un bus y se fue, en busca de oportunidades, a Venezuela. Fue como trotamundos y recorriendo continentes, que Javier adquirió habilidades para laborar en tareas como mesero, limpiador de piscinas, mecánico, constructor, guía turístico, entre otras. Pero, quizás la más importante, su habilidad para absorber y discernir lo que funcionaba o no en las naciones más adelantadas. Encontró también que la vida del inmigrante es muy difícil en todas partes, pero en su filosofía de que “el acomedido come de lo que está escondido” y que lo importante es estar listo y seguir instrucciones sin chistar, se sometió a la disciplina y practicó la obediencia y la paciencia: “Traiga el martillo que ya tengo lista la puntilla” recita como lema.

En esos ires y venires pasó breves y largas temporadas en países como Japón, Holanda, Bélgica, Francia, España, Estados Unidos, de donde salió unas veces por el frio, otras por los huracanes y tsunamis de las islas tropicales, o como en el caso japonés, porque sus compañeros le denunciaron a inmigración. En esos 25 años de incontables kilómetros y horas de vuelo, de la Pava visitó a Armenia solo en casos de emergencias familiares, como cuando en el terremoto del 99 su madre perdió su casa.

Después de tantas peripecias y con deseos de formar una familia, de la Pava regresó hace 17 años para establecer un taller de lavadero de motos y montadora de llantas en el primer piso de su casa de La Fachada en el sur de la ciudad. Ahora que su vida se ha estabilizado y enfocado en su forma de ganarse la vida y ayudar a limpiar la ciudad de una de las fuentes de contaminación, su mayor sueño es llevar a su hija a conocer Venecia.

“En nuestro país ya hay mucha conciencia ambiental” comenta Javier.” La gente se preocupa, sobre todo los jóvenes que ven como se mal utilizan los recursos del presupuesto sin que haya iniciativas durables o permanentes para cuidar nuestros parques o nuestro suelo”. En estos momentos, en el Quindío solo hay un reciclador de llantas y no sabe de otros en Colombia. La motivación inicial de reciclar, como nos cuenta Javier, fue darle un uso productivo a lo que se venía convirtiendo en un grave problema ambiental. Y lo único que se le ocurre a las administraciones gubernamentales es castigar a los violadores de la ley con elevadas multas. Su propuesta de una solución duradera no ha obtenido respuesta alguna en los medios oficiales.

Javier de la Pava Osorio, cuya experiencia como inmigrante lo convirtió en hombre de armas tomar, tiene por lo menos parte de esa solución. Como empleador e inspirador con la ambición de hacer la diferencia en su entorno, ha entrenado a jóvenes drogadictos en su taller para motivarlos a que dejen el vicio. “De cien, uno encuentra la salvación en el trabajo”, suena algo pesimista. Pero es que nuestra sociedad está saturada con el problema. “Eso sería diferente si la gente, se involucrara más en los proyectos”, concluye Javier de la Pava.

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