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Columnistas  |  29 marzo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Luis Antonio Montenegro

FICCIONES. LOS CALENDARIOS PRECOLOMBINOS.LOS MAYAS (II)

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Luis Antonio Montenegro

“VINIMOS A SOÑAR

Así lo dejó dicho Tochihuitzin,

así lo dejó dicho Coyolchiuhqui:

de pronto salimos del sueño,

solo vinimos a soñar,

no es cierto, no es cierto,

que vinimos a vivir sobre la tierra”

Tochihuitzin, poeta clásico mesoamericano.

SigloXV.

Para el momento de la conquista española, la civilización maya había acumulado más de tres milenios de historia, durante los cuales experimentó el auge y el aún indescifrado desplome de algunas grandes ciudades. El casi repentino abandono por las comunidades mayas de ciudades en pleno apogeo, durante el siglo I y luego en el siglo VIII, de nuestros tiempos gregorianos, sigue siendo materia de estudio para la comunidad científica y motivo de especulación para cientos de diletantes y fantasiosos buhoneros, incansables mercachifles de historias ocultas. Pese a esos extraños vaivenes de su existencia y al hecho de que su formación político social nunca se conformó como un imperio centralizado al estilo de los mexicas o de los Incas, los avances alcanzados por su cultura fueron impresionantes. Una vez más debo decir que la ciega ambición de los conquistadores y su sectarismo religioso, arrasaron una civilización llamada a hacer grandes aportes al progreso humano. El imborrable sello deletéreo de la invasión europea al territorio americano.

Su economía se desarrollaba alrededor de la agricultura y del comercio. Este último era un imperativo, dada la dispersión territorial de las ciudades estado, de los cacicazgos locales. Esa disgregación los obligaba a crear vías fluidas para el intercambio comercial. Entre ellos, fueron notables los mayas de Tabasco, quienes construyeron una extensa red de intercambio fluvial, convirtiéndose en los más grandes comerciantes de la región. En tierras muy apartadas de sus hábitats centrales, se han hallado vestigios que dan testimonio de alejadas correrías mercantiles. En lo agrícola, cultivaban el maíz, los fríjoles, la calabaza, componentes de su dieta básica, como también la yuca, el chile, el tomate. Y algunos sembrados más complejos, como el cacao, el algodón, el girasol y la vainilla, los cuales conllevan procesos más elaborados para la producción de chocolate, aceite de semillas de girasol y de algodón. Este último exige manufacturas más avanzadas para el hilado, el teñido y la confección de telas, vestidos y ornamentos. El estudio de los registros de polen en los sedimentos de antiguos lagos mesoamericanos y los vestigios conservados tras la erupción de la Laguna Caldera, en Joya de Cerén, han dado pistas fiables sobre los tipos de cultivos y las faenas agrícolas. Es ineludible mencionar que también sembraban algunas plantas para usos rituales y medicinales, como el agave, ciertas burseras, el pomolché, la ciruela campechana. Para los procesos de arado y siembra usaron diversas técnicas. Desde la devastadora agricultura itinerante, al ritmo de tala y quema, hasta formas de bancales o terraceos, contenidos por muros de piedra, la horticultura intensiva y los labrantíos y barbechos. Se cree que la explotación agrícola se hizo intensiva, gracias al desarrollo de formas de riego a través de canales, acueductos y sistemas de presión hidráulica. A tal grado, que algunos científicos sugieren como una posible causa del abandono de sus ciudades en el siglo I y en el VIII, un desequilibrio ambiental causado por la sobre explotación de las tierras fértiles, ante la creciente demanda de alimentos de una población en vertiginoso aumento.

La exquisitez y sensibilidad artística de los mayas se manifiesta en el uso del jade, la obsidiana, la cerámica, la madera y las piedras talladas. Las tonalidades verdes del jade y de ciertas obsidianas y las azuladas expresiones de la turquesa, eternizadas en un pigmento hoy conocido como azul maya, eran las favoritas para los acabados de sus obras de arte. Sensibilidad artística expresada también en sus vestimentas, en especial las elaboradas para la nobleza, ricas en bordados y pinturas, decoradas con piedras y plumas. Además de la finura de los tocados, cinturones y otros aderezos. Arte de igual manera reflejado en la peculiar geometría de sus monumentos arquitectónicos.

Pese a que en toda su historia los mayas se mostraron como asiduos y bravos guerreros, la tecnología de su armamento fue bastante precaria. El desconocimiento de la aleación y fundición de metales, como el hierro y el cobre, lo mismo que el de la preparación de la pólvora, les impidió dar saltos importantes en sus pertrechos de guerra. Sus armas apenas fueron las cerbatanas, las espadas de madera con filos de obsidiana, el arco y la flecha, y sus famosas lanzas largas, las atlatles. Aparte de la bravura, de las tácticas para aprovechar el conocimiento del terreno y de su capacidad de combate personal, la diferencia en su contra con la tecnología de guerra que traían los invasores europeos, fue decisiva a la hora de defender sus pueblos. Lo mismo ocurriría a lo largo de la geografía del, para entonces, aún innominado continente prehispánico. No olvidemos que fue hasta después de la publicación del mapamundi del geógrafo alemán Martín Waldseemüller, en 1507, cuando respondiendo a su gran admiración por la vida y obra del florentino- castellano Américo Vespucio, rotuló motu proprio al nuevo continente con el nombre de América. Nada que ver el nombre asignado al continente con la historia de los pueblos prehispánicos, ni con su geografía, o con algún singular acontecimiento nativo, ni con la cosmogonía aborigen. Se trató de la cereza alemana en el pastel de la conquista europea. Los nombres usados por pueblos nativos fueron borrados por la brutal colonización. Es el caso de los Kunas, la tribu que habita en los límites entre Colombia y Panamá, quienes han llamado al continente Abya Yala, desde antes del cuento de Colón y de Vespucio. Significa algo así como “Tierra de plena madurez, o Tierra de sangre vital”. El mismo fracasado destino corrieron otros toponímicos como el usado por los mexicas, Cem Ānáhuac, “tierra rodeada de agua”, o Mayab, el “lugar de la gente escogida”, utilizado por los mayas para designar su universo de Yucatán.

La grandeza de la cultura maya se descubre cuando nos adentramos en su desarrollo de la escritura; de las matemáticas y la geometría; de la ingeniería y la arquitectura; de la astrología y la astronomía. Por ello, es considerada la más adelantada entre todas las culturas aborígenes pre hispánicas. Y, en algunos aspectos, se equipara a otras grandes civilizaciones precedentes. A los egipcios en la invención de una escritura y en su capacidad de erigir obras monumentales; a los griegos en la elaboración de su panteón; a los romanos en sus proyectos para tender líneas de acueductos; a los babilonios en sus conocimientos matemáticos.

Por ejemplo, a la llegada de los invasores, habían logrado el más sofisticado sistema de escritura de todo el llamado nuevo mundo. Se trataba de la refinada evolución de la antigua escritura ístmica, basada en silabogramas y logogramas creados por los antepasados epiolmecas y zapotecas por allá en los 500 aC. La maya era una escritura glífica (1). En conjunto se llegaron a usar unos 500 glifos, de los cuales cerca de 200 eran fonéticos. A menudo este conjunto de glifos son llamados jeroglíficos mayas por su semejanza virtual con los jeroglíficos egipcios. Pero en los mayas estos signos conformaban un conjunto logosilábico, en el cual algunos glifos representaban sílabas, mientras que los logogramas correspondían a palabras completas. Tal conjunto funcionaba con una sintaxis, es decir, debía ser leído en un determinado orden. Este es el sistema pre hispánico del nuevo mundo más cercano al lenguaje hablado. Sus escritos se grababan en vasijas, en murales y estelas, monumentos verticales líticos ricamente tallados. Pero, además, escribieron en una especie de papel elaborado con cortezas de árboles, conocido con el nombre náhuatl de amatl. En ellos escribieron los códices, impresionantes libros nativos, destruidos en su mayoría por la persecución católica contra las creencias paganas, y la cosmovisión politeísta aborigen. Acoso culminado con el nefasto auto de fe de Maní, Yucatán, el 12 de Julio de 1562. Acto de clausura de un proceso inquisitorial iniciado por el provincial franciscano Diego de Landa Calderón, contra los remanentes de las creencias nativas. Proceso que incluyó torturas y salvajes presiones para la conversión final de los reticentes raizales que aún no se arrodillaban ante el cristo y el papa. En esta otra fogata del demonio de la inquisición, fueron incinerados un buen número de imágenes de culto; cientos de objetos sacros y todos los códices posibles donde se consignaba la vida e historia de la cultura maya. Se estima que incendiaron unos 40 códices. Al final de tanta atrocidad de los usurpadores enviados por la corona española y la iglesia católica, se salvaron cuatro códices que hoy día reciben el nombre de la ciudad donde se guardan: el de Dresde, considerado el más importante y el cual se ha estudiado con mayor profundidad; el códice de París, el de Madrid y el códice Grolier, localizado en la sierra mejicana de Chiapas. De éste último se había puesto en duda su autenticidad, hasta que recientes resultados de estudios expertos, lo han avalado como legítimo. Recién en el año 2018, la lingüista rusa Galina Ershova, directora del centro de epigrafía maya Yuri Knorosov en Mérida, provincia de Yucatán, muy emocionada, sostuvo que el resultado de los estudios adelantados, sobre los códices de Dresde, París y Madrid, iba a sorprender al mundo. “Todo lo que aparece en los códices tiene una riqueza invaluable para la humanidad y pronto serán dados a conocer, quizá en los próximos meses” (2). Los mayas, a diferencia de los demás pueblos nativos de la américa prehispánica y de otros muchos en la evolución humana, conquistaron la posibilidad de consignar sus memorias y sus saberes por medio de la escritura. Atraparon el volátil tiempo con el hechizado artificio de las palabras.

Si el desarrollo de la escritura maya resulta sorprendente, el alcance de sus abstracciones en el reino de las matemáticas y la geometría, es extraordinario. Siguiendo los avances de sus ancestros mesoamericanos, usaron un sistema matemático vigesimal. Así mismo, adoptaron el sistema numérico de rayas y puntos con el cual escribían los números de 1 a 19. Pero hicieron algo más, por lo cual pasaron a la historia magna de la ciencia universal: añadieron un símbolo para el cero. Se trata de la aparición más temprana en la historia humana del concepto del cero posicional. El cero, como concepto de vacío o nulidad, se había usado en el sistema babilónico, en tablillas cuneiformes del 1700 aC. En las matemáticas mayas cada dígito, en este caso en la base veinte, posee un valor dependiendo de su posición relativa. Se ha encontrado el uso explícito del cero, grabado en monumentos mayas erigidos en el año 357 dC. Se representaba con la figura de una concha univalva. El cadáver de una caracola inspirando el universo abstracto de los números. Algunas limitaciones iniciales impidieron sus posibilidades operatorias. Sin embargo, luego se desplegó como un número que podía ser utilizado en cálculos, siendo incluido en textos glíficos por más de un milenio, hasta que fue exterminado, junto con otras ricas expresiones culturales, por los ocupantes españoles. Para establecer un parangón temporal, digamos que los historiadores matemáticos creen que el inventor, o mejor, el teorizador del cero posicional operativo, fue el indio Brahmagupta en el año 598 dC, aunque su uso documental aparece apenas en el año 876 dC. Más tarde, en el siglo X este aporte fundamental a las ciencias, es llevado a Europa por lo árabes. Los aborígenes mayas habían estado trabajando en el asunto 500 años antes.

Los números los escribían en sentido vertical, no horizontal. Por lo tanto, el valor exacto del dígito, dependía de su posición vertical. El símbolo más bajo representaría las unidades base. El siguiente, en la segunda posición superior, indicaría una multiplicación por veinte de esa unidad base. Y el tercero se multiplicaría por 400. Y así en adelante. De esta forma, podían escribir cifras muy largas. Además, era posible hacer adiciones básicas al sumar los puntos y rayas a dos columnas, arrojando los resultados en una tercera. Magnífico.

Por otro lado, se supone que, al diseñar sus grandes pirámides y sus monumentos mayores, lo mismo que sus sistemas de canales y riegos, superficiales y subterráneos, debieron emplear conocimientos de geometría plana y topografía. Estudios profundos de construcciones como La pirámide de Kukulcán, el observatorio astronómico El Caracol, y El Templo del Dios Descendente, entre otros, demuestran la precisión de los cálculos matemáticos y geométricos realizados, tanto como la lograda en los trazados topográficos para la ubicación geográfica de los edificios. Amén de los saberes astronómicos que aplicaban para la orientación cosmográfica de los mismos, la cual les otorgaba no solo un sentido astronómico, sino, una relación trascendente con los dioses.

Y es que, desde el propio diseño urbano, pensado para crecer del centro hacia la periferia, hasta los estilos y materiales usados para el levantamiento de sus obras, señalan una cultura de avezados constructores. En el centro urbano funcionaban el eje ceremonial y administrativo de cada ciudad. A su alrededor se ubicaban las viviendas. Era común que el centro se comunicara con la periferia, a través de calzadas empedradas (3). Para la construcción de sus edificaciones usaron diversos materiales, acorde con las existencias de cada región. Por ello se encuentran obras de tipo neolítico, erigidas con piedras talladas. Pero también utilizaron en abundancia una clase de piedra caliza que es suave al corte inicial, pero que se endurece al exponerse al ambiente. En zonas como Copán se construyó con roca ígnea de gran dureza, mientras que en Comalcalco se desarrolló la tecnología del ladrillo cocido. La cocción de la caliza a altas temperaturas les permitió obtener yeso, cemento y estuco, materiales básicos para el pegue y acabado de los muros. Enormes cantidades de hombres, organizados y sometidos con férrea disciplina, aportaron la ingente mano de obra para tan enormes construcciones, máxime cuando no usaban la rueda para facilitar el transporte de los insumos, ni poleas para su izada. Lo cierto es que dejaron a la posteridad verdaderos monumentos. Edificaciones cuyas técnicas de construcción y significados civiles, religiosos y astronómicos han ocupado miles de horas de cientos de estudiosos, ávidos por descifrar los mensajes ocultos dejados en la cuidadosa disposición de los espacios diseñados, entre las piedras y los ladrillos, entre la argamasa y el estuco, levantados para que la luz y las sombras astrales dibujaran mapas cósmicos y revelaciones de activos dioses. Imponentes, flotando en el tiempo, obras como La pirámide de Kukulcán o El Castillo; como la cancha para el juego de pelota; como El templo del Dios descendente; como el Templo del Jaguar; como El Templo de Los guerreros; como El Templo de las inscripciones, o El grupo de La Cruz, o el magnífico Observatorio Astronómico de El Caracol, entre muchas, permanecen impávidas para la reverencia de los hombres de todos los tiempos.

Las antiguas culturas mesoamericanas tuvieron un especial gusto por la construcción de pirámides. Los mayas fueron dignos y destacados herederos de esa tradición. Cuando un pueblo erige altas pirámides, quiere enviar un mensaje de trascendencia. Y los líderes que las emprenden y dirigen su construcción pretenden dejar constancia de su poder económico y, sobre todo, político. Por ello, es tarea predilecta de emperadores y sacerdotes. La organización socio política mayense, esa especie de monarquía teocrática, se distinguió por su gran talento arquitectónico para diseñar imponentes monumentos piramidales, por su indudable capacidad de ingeniería para el cálculo y la construcción de las mismas y por lo trascendental de su inspiración, capaz de imprimirle un espíritu cósmico y divino a esas edificaciones terrenales. El rey y los sacerdotes emplearon todo su poder político y religioso, amparado con la fuerza de sus guerreros, para ejecutar obras colosales que los proyectaría más allá del olvido al que están condenadas las obras mundanas de todas las culturas en todos los tiempos. La arquitectura y la ingeniería maya atravesaron el tiempo para hablarnos hoy del alma del pueblo que las construyó. Los invasores que arrasaron su civilización carecen de algún monumento similar. Los tesoros robados han desaparecido. De ellos, la historia guarda en su lábil memoria, los dolorosos andares de su barbarie, y su incapacidad torpe y ciega para entender la magnificencia de los valores antiguos, profundos e intangibles, de los pueblos que encontraron en sus aventuras invasoras. En especial los de la cultura maya, portadora de la rica herencia milenaria de los aborígenes mesoamericanos.

Luis Antonio Montenegro Peña

Periodista, escritor.

Chía, marzo 25 de 2020

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(1). - La escritura glífica se basa en símbolos y dibujos simples. Se trata de uno de los sistemas de escritura primigenios de la civilización. Fue desarrollada por algunas culturas arcaicas como la egipcia, la hitita y, por supuesto, la maya.

(2). - El Espectador, lunes 23 de marzo de 2018. Sección Cultura.

(3). - este tipo de calzada era llamado Sacbéc.

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