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Mundo  |  31 marzo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

De la ficción a la realidad: la historia de una pandemia en Madrid, escrita por una periodista quindiana

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Por Tatiana Palacio Mejía

Desde diciembre del año pasado estamos escuchando sobre el nuevo virus que se originó en China. Todos vimos por internet y por los medios de comunicación las noticias de las muertes que dejaba a su paso la enfermedad en el país asiático y cómo se iba extendiendo por diferentes ciudades, creando pánico en la comunidad. Siempre lo vimos tan lejano, casi como si se tratara de otro planeta.

Yo empecé a organizar mi viaje a España a mediados de diciembre y el 27 de ese mes tomé un avión de Bogotá a Madrid. Me vine buscando una nueva vida y diferentes y mejores oportunidades. El ruido sobre el coronavirus todavía estaba muy lejano y no se me pasó por la cabeza ni durante las 10 horas que demoró el vuelo.

Al poco más de un mes de estar acá el tema empezó a ser más recurrente, pero todavía se veía lejano. Los medios de comunicación publicaban una noticia sobre el virus al día y los reportes sobre los contagiados no se actualizaban durante semanas. Se hacían comentarios en la calle y hablábamos entre vecinos de lo horrible que era, pero como si se tratara de algo completamente lejano, “esas cosas que no le pasan a uno”.

En España el 8 de marzo es un día de protestas. Las mujeres llenan las calles de las ciudades grandes para hacer visibles todas las desigualdades de género que se presentan. Yo no soy de multitudes, por eso no salí, pero me pareció una actividad digna y realmente conmovedora, sin embargo, fue después de ese día que todo el tema del COVID-19 cogió fuerza.

El lunes, después del movimiento masivo de mujeres, ya el ambiente empezó a ponerse pesado. Las noticias informaron que en menos de 24 horas los casos de coronavirus se habían triplicado y las muertes por esa causa también. Esa semana todo empezó a sentirse más cerca, pero todavía pensábamos que era en el ‘barrio de al lado’.

Para el martes ya habían cerrado colegios y universidades, y el ayuntamiento aconsejó que a las empresas que se hiciera teletrabajo, pero no era obligatorio. Recuerdo que el miércoles, que además salió el sol en todo su esplendor anunciando la llegada de la primavera, los parques estaban abarrotados de niños jugando y personas mayores sentadas disfrutando del buen tiempo. Nadie se imaginaba lo que venía después.

El COVID-19 cada vez más cerca

Para el jueves las cosas ya se sentían aún más serias. La gente estaba asustada y el gobierno ordenó el cierre de todos los establecimientos comerciales. Aún no había restricción en cuanto a la salida de los ciudadanos a la calle, pero en todas partes las recomendaciones era quedarse en casa.

Las noticias sobre el número de contagiados eran cada vez más frecuentes y los diarios españoles empezaron a hacer seguimiento sobre el número de muertos diarios. Los hospitales se convirtieron en protagonistas de los medios de comunicación por su incapacidad para atender a todos los pacientes y las residencias de adultos mayores cada día reportaban más bajas.

El sábado ya las cosas estaban mal. Se empezó a hablar del estado de alarma y el gobierno se mostró preocupado ante el aumento de infectados, que para ese momento llegaba a 5.000 y más de 500 muertes. Ese mismo día se restringió por completo la circulación de ciudadanos, con excepciones puntuales como comprar comida, farmacia o atención de adultos mayores, entre otras.

Aun así, todavía había gente en el parque tomando cerveza. Uno que otro bar abrió sus puertas y las tiendas de alimentación, que tenían autorización para atender público, podían vender cerveza y otro tipo de bebidas alcohólicas. Para muchos ciudadanos la cosa como que no pintaba tan grave y la gente estaba en modo ‘Vacaciones’.

De la tranquilidad al caos en una semana

Poco a poco las cosas se empezaron a ser más cercanas. Los supermercados se quedaron sin productos y los datos seguían aumentando. Las muertes eran noticias todos los días y la Policía se veía contantemente haciendo requerimientos. Todos empezamos a despertar, pero ya era demasiado tarde.

Inicialmente el estado de alarma, con las restricciones, era de dos semanas, hasta el sábado 28 de marzo, sin embargo, viendo cómo transcurrían los días, decretar dos semanas más es algo que parece inminente. Ya no se ve gente en la calle y a las 8:00 de la noche se unen todos desde sus balcones y ventanas en un aplauso que parece más bien un grito de auxilio.

La situación económica es complicada. Cientos de personas que trabajan en grandes marcas como Zara, Mango, Primark y el Corte Inglés fueron despedidas bajo un modelo temporal. Los establecimientos pequeños están al borde de la quiebra.

Todos pedimos que se nos den ayudas para sobrevivir la situación económica, pero cuando nos pidieron cordura para mantener aislados salimos a tomar cerveza al parque más cercanp y llevamos los niños a disfrutar del sol.

Los inmigrantes somos los más afectados. Por lo general son los primeros que despiden de una empresa, en caso de tener un puesto de trabajo formal, pero peor aún para aquellos que ni siquiera tienen contrato, como lo son los obreros o las trabajadoras del hogar, que son más del 80% de la población latina en Madrid.

Todos sentados esperando que pase la cuarentena para ver cómo sobrevivir. Viendo los recibos de servicios aumentarse de manera descomunal y sin saber cómo pagar el mes que viene. Más de 10 personas en una casa conviviendo 24/7.

Tiempos difíciles lejos de casa

Yo, como muchos otros, vi este problema ajeno durante mucho tiempo. También pensé que era pasajero y no dimensioné las consecuencias de lo que pasaba, al final de cuentas me considero una persona joven y creo que puedo aguantar una crisis, o por lo menos eso creo.

La vida se me quebró en mil pedazos cuando empecé a ver las noticias de Colombia. Los casos en aumento y mi familia expuesta. La preocupación por los míos se convirtió en mi karma. Pedir a otros que protejan a los que amo cuando yo no fui todo lo consciente y responsable que pude ser por los demás

Estar en cuarentena es muy difícil, los días se hacen eternos y más cuando el espacio que tienes es reducido, como en mi caso. Pero lo que más difícil se me hace es estar lejos de mí familia. Saber que si algo pasara no podría salir corriendo a estar con ellos.

Como muchos inmigrantes en Madrid, actualmente estoy en modo ‘aguante’. Esperando que esto pase lo más pronto posible y con el menor número de muertos. Sé que podría ser una víctima más de toda esta locura, pero tengo fe en que mi estado de salud esté lo bastante fuerte para soportar el virus, en caso de que fuera necesario.

Acá no hacen la prueba a menos de que tus síntomas sean bastante graves, entonces podemos ser miles los que seguimos portando el virus. Nos daríamos cuenta de que lo tenemos ya cuando la neumonía haya afectado seriamente los pulmones, como les ha pasado a dos policías españoles en el transcurso de estas dos semanas y supongo que a miles de personas más.

Afortunadamente yo tengo un seguro médico al que acudir si me enfermo, pero pienso en los miles de inmigrantes irregulares que no pueden acceder al servicio de salud. La prioridad para el sistema será que ellos no contagien a nadie, pero no estoy tan segura si tendrían la misma preocupación por su supervivencia.

Nos tomamos las cosas a la ligera, desde los gobernantes hasta los ciudadanos, ahora todos pagamos las consecuencias sociales, sicológicas y económicas. Ya no podemos hacer más que esperar y buscar la manera de salir a flote lo mejor posible.

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