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La Cosecha  |  06 abril de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Un Domingo de Ramos solo para los recuerdos, por culpa del Coronavirus

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Por Miguel Ángel Rojas Arias.

Hoy es un día excepcionalmente histórico en el mundo: el Domingo de Ramos no se celebrará en las calles ni en las iglesias, con miles de católicos izando los ramos recordando la entrada de Jesús a Jerusalén. Las iglesias, las plazas, las calles que durante todos los Domingos de Ramos de la historia católica se llenaron de fieles para dar inicio a la Semana Santa, hoy estarán vacías, solas, tristes, porque todos estamos confinados en nuestras casas, elevando las plegarias en la intimidad de nuestros cuartos para que la pandemia del Coronavirus que nos invade, no nos toque.

Cómo olvidar hoy, los maravillosos Domingos de Ramos que vivimos en la niñez. Yo, por lo menos, jamás olvidaré el Domingo de Ramos cogido de la mano de mi abuelo Ignacio en las callecitas recién pavimentadas del centro de la Armenia de los años sesenta. Madrugábamos para estar en la iglesia y luego salir en la procesión, presidida por Jesús en su borrico y el padre Martínez haciendo las oraciones con su voz metálica.

Recuerdo a mi abuelo Ignacio, con un niño de la mano, de pantalón corto y saco de ‘bocadillo’. Sin duda, ese era yo. A veces me subía a sus hombros y sostenido en su sombrero de fieltro castaño oscuro veía el batir sin tregua de los ramos en la procesión más linda que tiene cabida en mi memoria.

No olvido que la gente estaba vestida con telas oscuras. Los hombres llevaban traje y corbata y las mujeres lucían mantilla larga de blonda o de seda, algunas con encajes y tul, que cubría toda la cabeza y caía en los hombros libremente, dejando al descubierto exactamente la cara.

Las mujeres de los sectores más populares cubrían la cabeza con un pedazo de tela de algodón, también blanca o negra. Adelante, en andas, Jesús con su túnica fucsia montado en el burrito, en medio de los ramos que parecían volar como una nube de mariposas.

Esa imagen la reviví en el año 2000, en el propio Monte de los Olivos, en Jerusalén, mientras el guía judío explicaba el camino del burrito con Jesús hacia la ciudad amurallada y su entrada triunfante por la Puerta del Monte o Puerta de la Misericordia, hoy cerrada para siempre. En ese Monte está el cementerio de Jerusalén, donde un espacio para ser enterrado vale miles de dólares porque se tiene la creencia de que ese es el sitio exacto a donde llegará Dios con los ángeles y los arcángeles a resucitar a los muertos.

Y, cómo lamentamos que no solo la puerta por donde entró Jesús en su burrico, hace más de 2.000 años, esté cerrada, sino toda la ciudad amurallada, y los pocos cristianos de Jerusalén no puedan, como nosotros, salir a las calles, recorrer la Vía Dolorosa, para recordar este momento fantástico de la historia de la humanidad. También Jerusalén están asediada por el virus Covid 19, y sus habitantes, como nosotros, confinados en las cuatro paredes de sus casas.

Cuando una persona ha sido educada en la fe cristiana, y más aún en la católica, llegar a tierra Santa es un regresar al pasado, no al nuestro, sino al de hace 2000 años, que hemos recorrido en la historia sagrada de la escuela, en el catecismo, en la confirmación, en los rosarios de la abuela, en las procesiones de Semana Santa con las imágenes de yeso, en las homilías regañonas de los sacerdotes, en las penitencias frente al confesionario y en los templos suntuosos de nuestra, hasta hace muy poco, iglesia excluyente, oligarca y elitista.

Es una lástima que hoy Domingo de Ramos del 2020, no podamos salir a la calle, a la plaza, al templo, para ver la gente con su fe y sus trajes y sus ramos, como lo habíamos hecho durante toda nuestra vida. No se puede celebrar como lo hemos hecho históricamente el Domingo de Ramos, ni aquí, en mi ciudad, Armenia, ni en ninguna parte del mundo, por el confinamiento obligado al que nos ha sometido un virus, un enemigo invisible pero mortal, como en muchos de los relatos del libro histórico y mítico de la Biblia.

Recorrer las calles de Jerusalén es transportarse en el tiempo. Hay una sensación milenaria que nos consume en las callecitas adoquinadas de la antigua Jerusalén, una sensación que se dispara como una víbora azarosa que recorre nuestro estómago ahogando los suspiros en medio del calor y el bochorno y los comerciantes de crucifijos, camándulas e imágenes, vendedores judíos o palestinos que no creen en Jesús sino como objeto de explotación económica.

Por esas callecitas adoquinadas subió Jesús con la cruz a cuestas hasta el Monte de El Calvario, en la denominada Vía Dolorosa. Uno espera llegar a un monte y encontrar la cruz. Pero no. Se topa con una iglesia, la del Santo Sepulcro. Aquí adentro se sube por unas escalas para estar en el Calvario que no es más que eso, unas escaleras. Luego, abajo, está la piedra donde se supone que José de Arimatea lavó el cuerpo de Jesús junto con las marías. Y después, la cola más larga del mundo para entrar al Santo Sepulcro.

Logré, en ese viaje de hace 20 años, llegar hasta el Santo Sepulcro, confieso, colado, como buen latino. Al llegar, sentí un hormigueo extraño, un palpitar más rápido del corazón, un calorcillo en el estómago, un no sé qué, que me duró mucho rato, hasta que tuve que acompañar a una amiga lojana al baño, las letrinas más hediondas que he visto en mi vida, allí mismo en la famosa iglesia del Santo Sepulcro.

Mi viaje continúo por muchos pueblos de Israel, incluso por Jericó, donde el olor de azahares y los edificios de barro en la montaña se convierten en la más extraordinaria visión del mundo. Pero, nada comparable como aquella procesión de Domingo de Ramos en Armenia, prendido del sombrero de fieltro castaño de mi abuelo Ignacio con la sensación de millones de mariposas volando alrededor de Jesús y su burrito.

Hoy, Domingo de Ramos, desde mi confinamiento, veo al abuelo, de baja estatura, moreno, caminando cansino, y lleva de la mano un niño de pantalón corto y ‘cargaderas, vestido de saco de ‘bocadillo’. Sin duda, ese niño soy yo.

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