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Cultura  |  09 abril de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

La Semana Santa de Armenia, en la pluma de John Jaramillo Ramírez

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Por: Roberto Restrepo Ramírez

La cuarentena obligatoria en Colombia – que se extenderá hasta el 27 de abril – será más llevadera, en casa y en familia, si leemos un buen libro

Esta Semana Santa de 2020, sin procesiones masivas o visita multitudinaria a los templos del Quindío, es una razón que nos motiva a releer uno de los mas agradables. Se trata de “Pieza del reblujo”, del publicista y administrador turístico John Jaramillo Ramírez, publicado en 2006 por la Alcaldía de Armenia.

Jaramillo es miembro de la Academia de Historia del Quindío, creador del Reinado de la Chapolera y del Desfile del Yipao. Además, fue el organizador, durante muchos años, de la procesión de La Soledad, del sábado santo.

En su libro, dos apartes versan sobre la Semana Santa de Armenia de hace mas de 60 años. Esas lecturas nos trasladan a las ceremonias antiguas y al fervor que despertaba la semana mayor. En ellas describe sus vivencias y nos presenta, en el último capítulo, “Cien años en el corazón de un pueblo”, la mejor narración de la “venerada imagen de la Dolorosa”, de la Catedral de Armenia, que cumplió 100 años de haber sido esculpida por las prodigiosas manos del imaginero Álvaro Carvajal Martínez, quien era oriundo de Don Matías (Antioquia).

Los principales detalles textuales de esta obra, escritos amenamente por su autor, nos llevan a un viaje al pasado.

Desde días antes del Domingo de Ramos, “las imágenes de los santos amanecían en las iglesias, cubiertas con telas moradas como señal de penitencia”. Este detalle era la señal que nos acercaba a la realización de la semana más piadosa del año, en las dos únicas parroquias que tenía la ciudad, La Inmaculada y la del Sagrado Corazón de Jesús.

Ya el Sábado de Dolores, nombre asignado al día anterior de la procesión de ramos, los campesinos, con sus cargas de cogollos de palma de cera, se concentraban en la Plaza de Bolívar. Algunos tejían allí mismo las hojas, para elaborar los ramos más costosos.

El Domingo de Ramos salía en procesión la imagen del Señor del Triunfo, también labrada por Carvajal, que había sido esculpida tomando como modelo la del Paso de la Pollinica de Cádiz. Tenía una particularidad. Se había diseñado como la española, con la imagen de Cristo montado sobre la burrita “a lo amazona, es decir, con las dos piernas para un mismo lado”. Esto obligaba a los organizadores de esa primera procesión al amarre de la imagen, para que se viera acomodado el Cristo en posición normal sobre la burrita. La peregrinación recorría la plaza en sus alrededores, y cuando estaba de regreso al templo, los feligreses “tendían sobre el piso las palmas desde el atrio hasta el presbiterio, y sobre ellas hacía el paso su entrada triunfal”. Para participar de otros concurridos actos religiosos había que esperar, con mucha pompa, y en todas partes, hasta el jueves, viernes, sábado y domingo de resurrección.

Pero Jaramillo Ramírez nos recuerda los pormenores del lunes, martes y miércoles santos, en la capital del Quindío:

“El Lunes Santo se realizaba la procesión de “El Buen Pastor”. Para ello se echaba mano de una imagen de Jesús multiusos, que se había adquirido en Medellín, que lo mismo servía para Semana Santa que para San Isidro, añadiéndole una ruana, un sombrero de caña y un azadón. O de San José en el pesebre navideño. Para este paso, lo sentaban sobre un cajón que se forraba con encerados y se le agregaban las ovejas del pesebre.

El martes era la de “La Magdalena arrepentida”, cuando salía la misma imagen, pero ya sentada en una silla Thonet, de alto respaldo esterillado y que era del comedor de la casa cural, con la Magdalena arrodillada a sus pies y llevando en su mano derecha un frasco vacío de Tabú.

El paso del miércoles era bellísimo. Obra de los talleres barceloneses que popularizaron este tipo de imágenes en yeso; había sido importado por el padre Londoño y representaba “La oración en el huerto”.

La cara de Cristo era fiel trasunto de su angustia en esa suprema hora, y el ángel, que sostenía el cáliz, erguido sobre un tronco lleno de perforaciones donde se incrustaban ramas naturales, era de una serena belleza.”

El Jueves Santo, desde las 9 de la mañana, quedaban al descubierto los monumentos, al interior de los templos. Los monumentos eran grandiosas instalaciones, con muchos aspectos coreográficos de motivos religiosos, así como alegorías bíblicas. Al referirse a los monumentos de hoy Jaramillo, lacónicamente escribe: “Monumentos los de aquellas épocas, hoy salen con cuatro arreglos florales y dos docenas de velones”.

Al medio día del jueves se llevaba a cabo la Cena y el Lavatorio de los pies. “Doce niños, de las principales familias, de túnica blanca, se sentaban ante aquella mesa colmada de manzanas y uvas moscatel, donde les servían vino de consagrar en las copas de plata de doña Inés González”.

En la noche, desde el parque Sucre, en la procesión de “El Prendimiento”, se utilizaba otra vez el Cristo multiusos, al que se refiere curiosamente el escritor Jaramillo. Como ocurre hoy en otros pueblos del Quindío, iban hombres solos, elegantemente vestidos, y llevando una vela o un farol.

John Jaramillo no ahorra detalles en describir los trajes y sombreros Borsalino o Barbisio de los hombres, así como los vestidos “estilo sastre” de las mujeres, con sus “pavas”, nombre dado al sombrero de las damas. Esta era la característica del Jueves Santo, desde bien temprano. “Era el día de las supremas elegancias y todo el mundo estrenaba”.

El Viernes Santo, al contrario del día anterior, nadie se vestía de color, era el negro el color característico.

Las ceremonias religiosas comenzaban con una Misa de Presantificados, a las 9 de la mañana. A las 10, “y con escaso acompañamiento, pues ya medio Armenia estaba congregado en el Parque Sucre, subía por la calle de Encima la procesión del “Señor atado a la columna”. Cuando llegaba al Parque Sucre, desde una de las ventanas del Colegio de las Capuchinas, un caballero leía la sentencia, personificando a Poncio Pilatos.

A las 11 comenzaba la más solemne procesión de Semana Santa, la del Viacrucis. Es ella especialmente recordada en Filandia, donde el municipio se llena con turistas y locales, lo que se extraña este año del Coronavirus.

La procesión del Viacrucis de Armenia, que se llamó siempre la “procesión de once”, era acompañada por la Banda Municipal, dirigida por don Anacleto Gallego, para las melodías y coros de las bellísimas Estaciones, igualmente descritas con mucha riqueza de detalles en el libro del académico Jaramillo Ramírez.

Los oficios religiosos de la tarde eran muy extensos. Comenzaban, al interior del templo, con el oficio de Tinieblas. Luego la Adoración de la Cruz. Terminada esta ceremonia, el sermón de las Siete Palabras. Luego la Exclavación o Descendimiento. Otra vez, Jaramillo, con gala descriptiva hace un recuento minucioso de todas las celebraciones.

En la noche, a las 8, la Procesión del Santo Sepulcro. Una de las cualidades verbales y escritas de John Jaramillo Ramírez es su gracia y humor en la descripción de los hechos históricos, lo que hace de él un excelente contertulio. Esto escribe sobre la procesión: “… antes de salir, el padre Londoño siempre decía desde el púlpito: “Salimos con el Santo Sepulcro. Las mujeres se me harán por la derecha, los hombres se me harán por la izquierda y yo me haré por el centro”. Pero como monseñor José no decía “me” sino “mi” y no hacía pausa entre esta palabra y la siguiente, quedábamos todos como si fuéramos a dar alivio a una apremiante necesidad fisiológica”,

La procesión más esperada de la Semana Santa en Armenia era la de la Soledad, en la que Jaramillo estuvo al frente de su preparación durante mucho tiempo. Por su importancia, él dedica un capítulo entero a sus detalles históricos y organizativos. Como bien lo escribe en el libro, “por la tarde, Armenia se volcaba en la Procesión de la Soledad, pero ésta, por su arraigo y tradición, bien merece crónica aparte”.

Igual pensamos, al reseñar este artículo, en el entendido que la Procesión de la Soledad de la capital del Quindío también merece un artículo especial en este medio escrito de El Quindiano.

El Domingo de resurrección partía a las once, con las imágenes de santos de los días anteriores, pero ya vestidas con colores alegres. La imagen del Resucitado “se adquirió” en los talleres de “La Economía” en Medellín, portaba en sus manos el estandarte con el Aleluya bordado y estaba flanqueado por dos ángeles”.

El excelente libro de Jaramillo, para releer en el confinamiento obligatorio, y participando de la Semana Santa virtual, es un bálsamo en el periodo de reflexión que se vive al interior de nuestras casas.

Jaramillo, con mucha nostalgia, termina su capítulo así: “Hoy la Semana Santa se volvió parranda santa. La mayoría de las gentes se van de viaje o a la finca, cuando en mis tiempos era al revés, eran las gentes del campo las que se salían al pueblo para participar en los actos litúrgicos, y era de verlos a ellos de vestido de pañete negro con zapatos amarillos, y a ellas caminando como si fueran pisando huevos porque no se habían podido amansar los zapatos comprados para la ocasión”.

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