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Cultura  |  31 mayo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Los cucos de Loli

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Libaniel Marulanda

Los vientos de agosto conseguían que al tremolar fueran una bandera Libertaria y en su agite grito de gozo; que sembraran de premoniciones aquellos afortunados días en que no llovía, durante los dos escasos meses con cielos veraniegos, en nuestra comunidad semirrural que posaba ante el desposeído municipio como condominio campestre.

A salvo de las reconvenciones de nuestras esposas, las miradas de los hombres del vecindario solían convergir en aquellas mariposas triangulares negras, rojas o fucsias; de lycra o algodón; con encajes o sin ellos. Un abigarrado deleite visual que podía avistarse desde todos los ángulos del condominio. Era inevitable entonces que la imaginación transitara entre esos banderines desplegados, nuestros sueños y su dueña. No obedeció a la casualidad ni al amor a la ecología que, en tácito acuerdo, todos nosotros hubiéramos adquirido catalejos o binoculares y, como acción superlativa, un telescopio de óptimo desempeño, en el caso de don Gustavo Adolfo, el único vecino rico.

En concordancia con su nombre, don Gustavo Adolfo aprovechó su heredada experiencia como terrateniente, comerciante y hombre de negocios. En la primera asamblea de copropietarios se hizo a la presidencia del condominio con holgura de votos. Coincidiendo con la primera elección del paranoico presidente que tuvo Colombia largos años, don Gustavo Adolfo le imprimió a su vida un giro considerable a la derecha. Uno de nosotros, entonces, lo bautizó como el generalísimo.

Proscribió de su casona el baile, limitó al máximo el licor que antes corría por ella a raudales, de la mano con la música de Richie Ray y la Sonora Matancera. Estrechó sus relaciones con el jefe de policía del pueblo, luego de instalar un complejo sistema de alarmas y comenzar a ausentarse durante quincenas del condominio del cual era su máximo y vitalicio representante, ordenador del gasto y administrador, dignidades a las que sumó la de censor, cuando expidió una circular que prohibía secar la ropa en lugares abiertos o de fácil acceso visual, es decir, en los patios. Todo ello, en aras de evitar la contaminación visual y por aquello de la estética y el estatus social del lugar.

A la postre, esgrimiendo razones de orden constitucional como el derecho al libre desarrollo de la personalidad, la privacidad, la inviolabilidad del domicilio, la libertad de expresión como supremo principio de la democracia, y otros tantos y hondos argumentos, impedimos a la manera de Fuente Ovejuna que tal despropósito dictatorial lograra constreñir nuestra libertad de secar la ropa a cielo abierto, y, de paso, el libre albedrío de ella al hacer flamear el símbolo de nuestros sueños y de su inenajenable soberanía sexual.

Aunque en el pasado no eran frecuentes las visitas y menos las reuniones sociales, en cuanto nos fue posible empezamos a coincidir en varias tareas comunales, como recoger las hojas de los árboles, desatascar algún automóvil atrapado entre los infaltables barriales, pasear nuestros perros, preparar fiestas de cumpleaños. Incluso, incurrimos en la pretensión de armar un equipo de fútbol que terminó siendo un combo de jugadores de dominó. Entre charlas y juicios sobre la Selección Colombia, las cortinas de humo del presidente del país y las alcaldadas del generalísimo, a salvo de la sensibilidad auditiva de nuestras mujeres, el tema clandestino y de obligado desarrollo era ella, el objeto del erotismo colectivo.

Batíamos la coctelera de opiniones, fantasías, conjeturas de todos los colores, dimensiones y calidades. Alguno partía de su origen, su explosiva adolescencia en el parque y las calles del municipio adyacente al condominio: un pueblo de arquitectura anárquica donde lo único digno de visitarse, irónicamente, es el cementerio, tal vez porque es un cementerio libre, de fama mundial.

Era inevitable que el hilo narrativo de nuestros recurrentes foros, registrara de cualquier modo la circunstancia del prematuro matrimonio de la apetecida vecina, su triple maternidad y su posterior separación de un marido que, en definitiva, nunca nos cayó bien. Estar separada era el estado civil perfecto para el club de facto de mirones, que compartíamos nuestra verde libido con el paisaje de la cordillera Central.

Alguna vez, unos años atrás, un vecino de procedencia tan oscura como la fuente de sus ingresos, deslizó en un asombrado corrillo de condóminos, una sarta de referencias en su estilo narrativo de mafioso en ciernes, que daban cuenta de las maravillas amatorias de nuestra vecina. A pesar del desprecio que nos despertaba su bochinchera manera de hablar, de presumir y de pensar, su pretendido conocimiento sobre ella sobrealimentó la temperatura hormonal del vecindario masculino.

Muchos de nosotros vimos crecer los hijos en el condominio. Nuestras hijas se hicieron preadolescentes; luego, muchachas hechas y derechas que mordieron el cebo de la globalización, el reguetón y el ideario de la estética de la anorexia.

Tras el discurrir de días y días que sumaron años, nos fuimos volviendo viejos, pensionados, intolerantes, circundados por la estrechez económica, las indeseables defecciones de la próstata, las disfunciones y los proyectos irrealizados. Contrario a nosotros, sus vecinos, la bella Loli siguió siendo la misma, la de formas ideales, piernas sinuosas, senos rotundos, labios llenos, boca amplia como sus sonrisas, caderas y nalgas de conturbadora firmeza, capaces de derribar un imperio.

Como si hubiese interpretado nuestra recóndita voluntad, no incurrió en traición alguna: siguió siendo la misma mujer treintañera, madre de tres hijos más viejos que ella, separada, risueña y sin amante conocido. En suma, fiel al Eros colectivo. Fiel a la población masculina y mayor del condominio: a nosotros, que continuamos celebrando con júbilo religioso el diario ritual voyerista, con el alma y los ojos levantados y puestos en sus cucos libertarios.

Ella nos ha pertenecido y está predestinada a pertenecernos. Es nuestro símbolo sexual, nuestro estandarte, la afirmación de nuestra libido que, por desgracia, pierde firmeza. Ella seguirá caminando por las vías peatonales del condominio o por las calles del pueblo y siempre habrá alguno de nosotros con la mirada puesta en el ritmo de sus caderas, mientras sus nalgas prietas se mueven airosas, con la misma generosidad con que reparte sonrisas a diestra y siniestra.

Lejos y tan sepultado como el generalísimo, ese urticante censor, dictadorzuelo de patio trasero, muerto de un oportuno infarto, quedará el malogrado propósito de prohibirle a la comunidad de condóminos que se priven de mirar a Loli, de asistir al proceso de secado de sus cucos, inmensurable estandarte de nuestras viejas y nuevas alegrías.

También ahora, muerto el generalísimo, de vez en cuando alguno de nosotros, con la complicidad de los binóculos, logrará acceder a la habitación donde Loli suele quitarse, lenta y coqueta, el sagrado fetiche que por años nos desvela y empuja hacia el culto a Onán. Esa suprema consagración de los sentidos se convierte en un premio a nuestra constancia, al interminable otear a través de los lentes con la presunta intención de avistar pájaros o intrusos. A mañana y tarde, Loli se expone a nuestro inconfesable voyerismo, sin imaginar que el ademán de sus pulgares curvados a lado y lado de sus caderas, accionados sobre la pequeña tira que los sostiene, en el momento supremo cuando se los quita, nos catapulta al paraíso. Por lo menos una vez a la semana consigo verla, cuando llega de la escuela donde oficia como maestra de preescolar. Al atardecer, un poco antes de que anochezca y cuando aún hay sol, ella se despoja de la adorada y bendecida prenda y se mete desnuda entre las sábanas a leer, antes de entregarse a sus sueños, esos sueños en lo que jamás estaré yo, ni estaremos nosotros.

Sé que no fui yo. Intuyo que no fue uno de nosotros. Mucho menos ella. En todo caso, el escándalo que propició su viuda, sin duda llegó a los mismos infiernos, directo al alma del generalísimo. En el momento de acomodar el cadáver en el ataúd, tal vez a manera de pasaporte a la dicha eterna y perdurable, la mano del extinto censor sostenía la sensual enseña de nuestras fantasías.

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