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Cultura  |  31 mayo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

El bromista y el maestro Luis Moreno

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Un texto de Luis Carlos Vélez. En la foto Luis Moreno.

En 1991 laboraba en el Banco Cafetero. Por una charla en la cafetería de la entidad supe que Pedro María Londoño era la primera voz del Trío Galante, conformado por Faunier Vargas y Luis A. Moreno.

Días después encontré a Pedro María en la tarea de memorizar la letra del pasillo “Aquellas casas viejas”, y por él conocí que era una obra del maestro Luis A. Moreno entregaría a la vocalista Aurora Hoyos, integrante del grupo Voces y Cuerdas.

Terminado su ensayo Pedro comentó que el maestro era el autor y compositor del bolero “Huellas”. Vi la oportunidad de conocer al creador de una de las canciones preferidas, y manifesté que la que consideraba “un himno nacional”. Preguntó por qué, y sonrió al recibir por respuesta: cuando la escuchó suspendo lo que haga en ese momento, y continúo cuando termina la canción.

El maestro visitaba el banco para acordar con Pedro María el traje que llevaría el Trío Galante en sus compromisos los fines de semana, y el antojo de gastar una chanza a Pedro María brindó la oportunidad de hacer amistad con Luis A. Moreno. Dije que tenía escritas dos letras, y me gustaría saber la opinión del maestro. A Pedro María le gustó la idea. Prometió hablarle, y avisar el día en que el maestro Moreno fuera a visitarlo, pero cuando dijo: tenga las letras por ahí que en cualquier momento viene, de inmediato comprendí que sus palabras convertían la chanza “mamagallista” en un problema.

La verdad: no tenía ninguna letra escrita, pero aun conociendo la seriedad de mi compañero de trabajo, albergué la esperanza de que olvidara la conversación y no comentara nada. En adelante, para evitar un encuentro con Pedro María en cual traería a cuento lo prometido, cada vez que deseaba un tinto daba un rodeo por otras oficinas para entrar a la cafetería, y porque sabía que a cinco pasos quedaba su puesto de trabajo.

Pasaron unos días, y llegado el momento de entregar los textos, Pedro se acercó a mi puesto de inspector de caja para informar que a la mañana siguiente vendría el maestro Moreno. Esa mañana mi cuota de consumo de cafeína aumentó a seis o siete pocillos, y reconocida la inutilidad de los rodeos, simulé tranquilidad ante Pedro María, que notando mi ir y venir de la inspección de caja a la cafetería, dijo: Lucas, parece que le gusta harto el tinto, ¡qué verraco!, y mi me desvela… Hizo un alto en sus palabras, y remató: No olvide lo que le dije, traiga las letras, ya le dije a Luisito y quiere verlas. Y si dijo que mañana viene, por aquí aparece.

Aceptado el precio de la chanza, sin escapatoria, buscando cómo cumplir a quien no conocía, no volví a la cafetería, y entre digitar documentos en el computador, atender las preguntas de mis compañeros cajeros, sumar y restar, colocar cheques en las casillas asignadas a cada banco, y otras labores, sin noción de cómo escribir los textos, en cualquier momento tuve la idea de buscar en mi archivo de recuerdos de la niñez y adolescencia. Más tarde descubriría que evocar el pasado con la mirada del niño a quien la soledad enseñó a observar con atención y retener con detalle las situaciones y frases escuchadas al azar, en el futuro sería la mejor fuente de ideas; que si las imágenes aparecían y se iban, debía escoger las adecuadas, las relacionadas entre sí, retenerlas en la mente y descartar otras.

El resto del día trabajé como autómata hasta cuando hubo un momento en que me vendí la idea de que escribir “algo” para salir del paso no representaba un compromiso serio, ni la perdida de una amistad que sin saber por qué, daba por segura. Esta actitud llevó mi mental a pasar de la incertidumbre a la sensación de auto tranquilidad.

Esa noche, transcriptas al papel las imágenes escogidas, escribí sin orden ni concierto varios inicios para dos textos distintos: “Corazón no te miento”, y “Cartagena de Blas de Lezo”. El primero basado en las noches de adolescente cuando en compañía de dos o tres amigos rufinistas salía recorría el centro de Armenia con el único objeto de olvidar las horas difíciles en el colegio Rufino, y admirar a las muchachas que caminaban por las calles. Por ser una época que pocos olvidan, recordé que uno de mis amigos invitaba a pasar por el sitio en que abrigaba la esperanza de encontrar “aquel viejo amor que nunca olvidé”.

La frase por curiosa le costaba las burlas del grupo de bachilleres sin recursos, que otras veces, no teniendo con qué pagar en las fuentes de soda Dombey y La Canasta una cerveza para repartir en tres vasos, y coquetear a las muchachas, emprendía largas caminatas nocturnas por los barrios la ciudad.

Cada vez que el amigo citaba “aquel viejo amor que nunca olvidé”, por sabotearlo y sabedores de que se refería a la jovencita de quince o diez y seis años que meses antes le diera calabazas, le preguntábamos cómo cuándo y dónde conoció “aquel viejo amor”, respondía resignado: “no se burlen que buscando olvidarla caminó como ustedes como loco perdido”. No sabía mi amigo que años después sus palabras y nuestras caminatas harían parte de un texto de diez y seis líneas.

Bastó un lápiz, dejar que la imaginación del niño jugara en libertad con las imágenes, y que una vez entregadas al adulto, éste, apoyado en las lecturas sabría encontrar las palabras adecuadas para transcribir el “dictado” del niño. Descubrir la ambivalencia de niño-adulto, aceptarlos en ese momento y saber cómo dejarlos “actuar” sin interrumpirlos, dio origen a un “sistema de trabajo”, a una especie de ecuación Niño-Adolescente (imaginación)+adulto (transcriptor pasivo)+lecturas (lenguaje adecuado) que todavía no encuentro cómo explicar mejor. Para Don Blas de Lezo la ecuación funcionó cuando eché mano al compendio de historias que entrelazadas con los recuerdos de un viaje a Cartagena, terminaron en un texto mezcla de amor e historia.

El viernes en la mañana, cuando el maestro Luis Ángel Moreno visitó el banco para acordar la hora del compromiso musical, Pedro María nos presentó, pero no presenté los escritos porque minutos antes Pedro se ofreció llevárselos para entregarlos por la noche, y el lunes ponerme al tanto de los comentarios del maestro. Más extrañado que expectante, esperé. El lunes siguiente el bromista se llevó su sorpresa cuando Pedro repitió las palabras del maestro Moreno: Dígale a su compañero que siga escribiendo porque sospecho que tiene algo de madera por ahí, hay algo...no sé, dígale que me muestre más trabajo...”.

Animado por la respuesta, sospechando una posible entretención para soportar el acoso laboral de los directivos del banco, empecé a escribir otros textos a la topa tolondra, mi espíritu encontró tranquilidad, y la mente concentró su atención en asimilar el nuevo rumbo distractor.

CORAZON NO TE MIENTO

Bolero 910616

Letra: Luis Carlos Vélez Barrios

Compositor: Luis Ángel Moreno Cardona

Corazón que conoces mi historia

No preguntes qué fue de mi vida

Ya mi alma reclama su alma

Y sin ella mi vida no es vida

Mi destino se llenó de sombras

Y una gran soledad en mi alma

Y sus besos en mil noches de amor

Se marcharon sin decirme adiós

Corazón a ti no te miento

Ni te puedo ocultar que la amo

No preguntes si ella se ha ido

Y su ausencia me tiene en olvido

Tú ya sabes que ella ha partido

Y yo voy por las calles perdido

Y su sombra me nubla el camino

...Sin poder encontrarla yo vivo...bis.

El texto Cartagena de Blas de Lezo corrió la suerte de la moneda que los ingleses acuñaron para celebrar por anticipado la victoria del almirante Vernon, porque don Blas de Lezo, sin un ojo, un brazo, y una pierna, lo venció en el Sitio de Cartagena. Igual ocurrió al texto revisado por el maestro Luis Ángel Moreno, que tal vez al encontrar tuerto y cojo su contenido, sin palabras lo condenó a rodar cual moneda falsa hacia el barril sin fondo del olvido.

Septiembre 12 de 1998. Tomado de Anécdotas del pentagrama (Textos inéditos).

En la foto Luis Carlos Veléz. Autor del texto, músico y compositor colombiano.

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