• LUNES,  13 JULIO DE 2020

Cultura  |  30 junio de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

El quindiano Carlos Alberto Sánchez gana el Festival Internacional de Tango de Medellín

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*Su vocación lo empujó a nadar en la turbulencia de una profesión que arrastra sueños igual que camarones*

Por Libaniel Marulanda

En un ambiente surrealista donde había más tapabocas que tangos, y más alcohol antiséptico que aguardiente antioqueño, Carlos Alberto Sánchez, a quien llamamos “Cabeto”, ante el caudal de homónimos dispersos por la geografía colombiana, se alzó este domingo 28 de junio con el primer lugar del Décimo cuarto Festival Internacional de Tango de Medellín, un certamen en el cual, y durante una década, los argentinos siempre han ganado, como resulta obvio en un género tan suyo y que logró tal dimensión cultural que desde 2010 es patrimonio de la humanidad.

Carlos Alberto, “Cabeto” es mucho más que la suma de todos los comentarios sinceros de sus amigos del Quindío. No se deja seducir por los aplausos que ayudan la crianza de la fama y devienen en la trampa de echarse a dormir. Esta es una verdad que ha sido ratificada por la cantidad de concursos que ha ganado en Colombia, con el mérito adicional de que comprenden géneros tan opuestos como el bambuco, el tango o el bolero. Su repertorio va desde “Tristezas”, el primer bolero de la historia, hasta los últimos tangos de la era Goyeneche, o el cancionero colombiano. Su vocación lo empujó a nadar en la turbulencia de una profesión que arrastra sueños igual que camarones. Vive en Medellín desde 1994.

Es licenciado en Lingüística y Literatura pero su pasión es la música. En la guitarra ha tenido dos maestros: Ernesto Riveros en Armenia y el cubano Juan José Suárez García, en Medellín. Aquí en Armenia recibió canto y técnica vocal de Angie López, Bernardo Sánchez y Bernardo Gallego; luego en Antioquia estudió con la maestra Doris Zapata y el alemán Detleff Scholz. En Armenia integró las recordadas agrupaciones Afectto y Los Quindíos. Estuvo en Bogotá algunos años, dedicado a la enseñanza musical, contratado por la Dian, pero al comprobar que lo suyo no era la docencia, regresó a Armenia. Se vinculó a Davivienda. A su ventanilla llegaba a diario el compositor Ancízar Castrillón, a incitarlo a participar en diversos concursos de música colombiana. Carlos Alberto asistió al reconocido Festival de Cootrafa, en Bello Antioquia. Con el primer premio le sobrevino la necesidad de ampliar su horizonte y conseguir traslado a esa ciudad.

Instalado en Medellín, con pasión comenzó a diversificar al tiempo el catálogo interpretativo y los lugares de concurrencia con su voz. Pasados algunos años, los empleados viejos son invitados a abandonar las empresas a cambio de una indemnización y aunque Carlos Alberto fue invitado, alcanzó la oportuna suerte de vincularse a la Caja de Compensación Comfama durante 16 años y tuvo a cargo la programación artística y cultural, así como la Escuela de Artes, como gerente. Un honroso logro fue incrementar de 300 a cincuenta mil las matrículas anuales, con lo cual convirtió ese programa en líder de la educación continua. Sin duda es el cantante nuestro que más ha ganado concursos en Colombia. Sus triunfos que ya suman una docena han sido obtenidos en los certámenes de mayor categoría y exigencia, como el Mono Núñez de Ginebra, el Festival Internacional de Tango de Medellín o el último, comentado arriba.

Como las otras ciudades colombianas, Medellín es infame con sus músicos. Tal vez esa tacañería en el montaje de espectáculos en vivo sea achacable a la penuria económica general que allá como aquí han pauperizado y envilecido la música. Volviendo al cantor recién desempollado, Carlos Alberto, Desde allá, fiel a su nuevo destino de guitarra y noche montado en los tangos, con la fluidez de un cantor que estudió lingüística y literatura dice: “Quiero reivindicar el oficio de intérprete y aclarar que no soy, ni quiero ser, algo denominado como bolerista, tanguero, baladista, o cosa parecida con cualquier género musical. Si tuviera que elegir un término, soy cancionista. Y es que en todos los géneros se dan buenas canciones y, de igual manera, posibilidades interpretativas infinitas. Así que ese es mi propósito central. Como sé que no soy cantautor, cantante, cantor, o sus similares, me defino simplemente como intérprete vocal”.

Con firmeza creo que la música popular debe fluir con el ímpetu de río en invierno y jamás empozarse como ciénaga en verano. Debe llevar al audiente normal a que mande al chorizo los prejuicios del dogmatismo de los coleccionistas. Igual que en las demás materias interrelacionadas con el arte, y que es posible conocerse merced a internet, la mirada a las múltiples opciones que pueden y deben ofrecerle al público un cantante consigue que la búsqueda de una canción casi siempre resulte afortunada, en términos de riqueza y expresión. Cuando además se es músico empírico, la experiencia surgida entre intento y fracaso nos libera de la gravedad del canon académico, igual que en literatura. Por eso cuando me reencontré en You Tube con Carlos Alberto Sánchez López y su versión del tango “Naranjo en flor”, de Homero y Virgilio Expósito, recibí con alegría gomosa otra prueba de talento quindiano.

Resulta curioso que un género tan cercano al gusto de nuestras regiones de ascendencia antioqueña y valluna haya sido esquivo para los millares de cantantes que en curso de la historia musical han brotado de manera silvestre y óptima en otras modalidades de la canción, como los boleros cubanos, el repertorio antillano o los aires propios. Podrá punzar nuestra sensibilidad patriótica pero lo cierto es que este territorio tan agardelado, nostálgico y malevo no consiguió en más de setenta años producir un número cualificado de cantores de dimensión. Sin duda los esfuerzos de muchos ídolos criollos han quedado como bienintencionados aportes al sentimentario tanguero, pero la cosa no pasó de ahí. Desde la composición, solo un tango, costeño además, logró posicionarse pero cantado por un argentino: “Lejos de ti”, de Julio Erazo. Salvo en las pocas obras escritas por colombianos existen alusiones al quehacer de los cantores de estos lados.

Nuestro “Cabeto”, el laureado cantor y el suceso que celebramos a pleno corazón los tangófilos del Quindío, nos llega como esa cocacola del desierto, justo en un momento en que la pobreza por el desempleo se disputa con el coronavirus el segundo lugar en el podio de la desgracia cuyabra donde continúa indestronable la corrupción de origen politiquero.

Calarcá, junio 28 de 2020

Libaniel@gmail.com

 

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