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Cultura  |  30 junio de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Paulo César Parra Valencia o la voluminosa presencia de Armenia en el tango

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Asumir la trascendencia de la actualidad tanguística no significa para el F-31 Quinteto seguir de largo frente al acervo de las creaciones clásicas, pero sí alzar el vuelo a partir de ese pasado…

Resulta ineludible referir cómo el tango argentino necesitó setenta años para que en Colombia y en el Quindío se comenzara a tocar y a cantar de manera fiel…

Por Libaniel Marulanda 

El pasado domingo 28 de junio, igual que en los días que cubrieron el desarrollo del Décimo Cuarto Festival Internacional de Tango de Medellín, pudimos verlo desde esta región, sin las afugias, apretones y disgustos de las colas, aunque con la tristeza que causa el ambiente surrealista de un teatro para mil personas, donde el público se cuenta en millones ¡pero no está ahí! , y por lo tanto le impide al artista oír emocionado la retribución del aplauso y sentir el gratificante calor humano porque la peste volvió criminal el abrazo, y la grandeza del sentimiento aséptico tiene la gélida condición del beso que se recibe tras el cristal blindado de una cárcel de alta seguridad. En verdad que ver a Paulo César embozalado, con sus compañeros del F-31, me causó la pesadumbre de ver un pájaro en jaula. Son ellos: Marco Blandón, en el bandoneón. Carolina Granda, en el piano. Sebastián Montoya en el violín. David Mira, en la guitarra eléctrica, y Paulo César Parra en el contrabajo.

En Paulo César Parra Valencia está realizado el prototipo de hijo que quisieran tener la mayoría de artistas, porque este muchacho, no tan viejo pero sí tan grande como su instrumento, parece amadrinado por las hadas de la música. Es un vástago de la profesora de música, gestora cultural, cofundadora y regente del Centro de Documentación Musical del Quindío, la mismísima doña Martha Cecilia Valencia Álvarez. Si acaso el talento para la música no se hereda, entonces su disposición artística deberá ser atribuible a su medio ambiente; quiero decir, una sala, un estudio y varias habitaciones donde partituras, atriles, montañas de libros, casetes, cintas fonográficas y muchos trebejos e instrumentos jubilados por la tecnología digital animaron al niño de entonces, bajo la tutelar complacencia del sociólogo Álvaro Pareja Castro.

Contrario a lo que expresó tan bien Julio Sosa en la glosa de Celedonio Flórez de La Cumparsita: “(…) y en la pieza de mis buenos viejos cantó la pobreza su canción de invierno y yo me hice en tango, me fui modelando en barro, en miseria, en las amarguras que da la pobreza, en llantos de madre (…)” Digo, en contraposición a ese texto, porque a Paulo César no lo acompañó la pobreza ni mucho menos lo arrulló en tangos su mamá, Martha Cecilia Valencia. Su hogar ha sido más bien una biblio-discoteca donde, claro está, nunca faltó la clásica pero sí sobró, golosa, la música del Quindío.

La realización del festival del pasado domingo, donde intervinieron dos armenios, unido a la circunstancia del ochenta y cinco aniversario de la muerte de Carlos Gardel, me empuja a volver sobre conceptos escritos hace algún tiempo. Por favor, perdónenme el refrito pero resulta ineludible referir cómo el tango argentino necesitó setenta años para que en Colombia y en el Quindío se comenzara a tocar y a cantar de manera fiel; para que se revistiera de certeza interpretativa y superara esa precaria instancia de tango criollo, que tenía más de caricaturesco y copia de baja resolución, que de la verdadera expresión que sí lograron otras lejanas culturas como la japonesa, desde los años cuarenta.

Tal vez la circunstancia de ser la primera tumba de Gardel, aquel 24 de junio de 1935, muchos años después y comenzando este siglo, le dio a Medellín el aliento vital para que allí se emprendiera el camino correcto y necesario: se creó la Escuela de Tango y a su respectiva orquesta se vincularon profesores argentinos y ahí tenemos como resultado la agrupación F-31 Quinteto. Este nombre, F-31, hay que señalarlo, es una alusión al modelo del avión de la SACO donde murió el Zorzal Criollo. Paulo César es el director del semillero de la mencionada institución. Debe omitirse otra nutrida información atinente porque en realidad resultaría fatigante para los lectores relacionar aquí los logros de nuestro contrabajista en su vertiginosa vida.

La agrupación F-31 Quinteto, fue el primer conjunto tanguero de músicos colombianos que ha visitado la Argentina y que pasó con honores la rigurosa prueba de actuar en la propia cuna de “el pensamiento triste que se baila”.

Paulo César es el director de F-31, una agrupación que arrancó con el ímpetu de un avión supersónico y rehusó acomodarse a lo tocado, retocado y vuelto a tocar en el ochentario del tango que se oye en bares y cantinas de Colombia. Empezaron como artistas creadores, que son los verdaderos artistas, y le metieron la dentadura completa al pentagrama moderno y, de encima, como quién dice:” Tome pa que lleve”, se metieron con el repertorio de uno de los músicos más innovadores de la canción colombiana, el maestro León Cardona. Sí, así como suena: música nuestra con sabor de típica argentina.

Visto desde su connotación histórica, y dejando a un lado el otro hito trascendental y contemporáneo de Giovanni Parra y la orquesta de Tango de Bogotá, no resulta exagerado decir que es hasta hoy el mayor y significativo suceso de todo el ámbito tanguero de la zona donde más se oye, recuerda, persiste y se quiere.

Y con el respaldo de F-31, Armenia tuvo la enorme alegría de vivir en ese festival el triunfo de otro quindiano, el cantor Carlos Alberto Sánchez López, nuestro “Cabeto”, quien ganó el concurso de cantantes de Tango de esta versión número 14. Ese primer premio, de paso, significó para Colombia la certeza de que tras diez años de disputarle la entendible supremacía a los cantantes argentinos, uno de los nuestros pudo vencer.

La exorbitante bibliografía histórica del tango registra el surgimiento, en los mismos albores del género, comenzando el siglo veinte, de una vertiente vanguardista orquestal liderada por Julio de Caro, en oposición a la corriente vertida por Francisco Canaro en su larguísimo y comercial trasegar fonográfico. Pues bien, resulta grato y ejemplar registrar cómo la formación orquestal F-31 Quinteto aborda el género, patrimonio intangible de la humanidad, con pisadas tan fuertes como lo demanda el desarrollo de la música del siglo veintiuno, en cuyo horizonte destellan las creaciones de Astor Piazzolla y sus contemporáneos.

Y ahí ha estado, sigue y habrá de estar el hijo de doña Martha y su magistral e inmensurable contrabajo, piloteando un conjunto de tango con nombre de un avión donde jamás hubiera podido alojarlo.

*Músico y fundador de Los Muchachos de Antes

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Calarcá, junio 29 de 2020

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