• JUEVES,  13 AGOSTO DE 2020

Cultura  |  07 julio de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda.

Solidaridad en tiempo de pandemia

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Un texto de Guillermo Salazar Jiménez.

Es cierto que el virus no discrimina entre ricos y pobres. El problema discriminatorio se evidencia con el confinamiento, porque no todos lo vivimos de igual manera. Algunos disfrutamos de casa donde se camina y la nevera llena, para varios días; mientras que muchos tienen que soportarlo sin alimentos y hacinados. Reflexión que lo llevó a considerar las dificultades que enfrentan aquellos que no alcanzan a recibir las ayudas prometidas. Les queda difícil participar del encierro porque con hambre no hay medidas restrictivas que respeten.

Leyó en Elogio de la dificultad de Estanislao Zuleta “…porque lo que el hombre teme por encima de todo no es la muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto…” Pensó que la angustia generalizada se da por la falta de comida, como necesidad primaria, para después entusiasmarse a respetar las normas y amar el futuro prometido. Agrega el maestro Zuleta: “El estudio de la vida social y de la vida personal nos enseña cuán próximos se encuentran una de otro la idealización y el terror. La idealización del fin, de la meta y el terror de los medios que procurarán su conquista”.

La pandemia nos colocó al mismo nivel, de un lado la meta de vencerla y de otro el terror del contagio. Creyó que la pandemia recordó a los que protestan, de ellos también dependemos para seguir vivos, a pesar de las desigualdades sociales. Ya no solo son sobrevivientes, también definen nuestra posibilidad de vivir sanos. Supuso que por ello se aplauden las dádivas tipo ingreso solidario o Colombia mayor; pero ser solidario va más allá. La solidaridad es realidad humana, porque está definida por una relación, condición necesaria de nuestra existencia con los otros, de vivir libre con y por los demás.

La solidaridad social afecta la individual, caviló, necesitamos de instituciones públicas de salud, distantes de la exclusiva lógica de la rentabilidad, para que la pandemia sea herramienta de construcción democrática. Concluyó que mantener las desigualdades extremas y atención precaria en salud harán de la pandemia una vida de sobrevivencia. Lo contrario implicaría que la vida después de la cuarentena merezca ser vivida apartada de la lógica del mercado y las ganancias.

La Covid-19 puso de presente que la muerte no es democrática, depende del estatus social. Cierto que la pandemia es un problema de salud, también social. Pensó que el teletrabajo no lo pueden ejercer los obreros de las fábricas, los celadores, las empleadas domésticas o los recicladores; los que recogen las basuras, venden en las esquinas o en los semáforos.

Después de la pandemia la vida en comunidad dependerá del bienestar colectivo, porque no será posible la existencia individual, sino el destino comunitario. Acierta Pablo Neruda en Las furias y las penas, “En el fondo del pecho estamos juntos,/en el cañaveral del pecho recorremos/un verano de tigres”.

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