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Cultura  |  09 agosto de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Notas de la peste IV

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El flautista

Por Enrique Barros Vélez

EL FLAUTISTA

Hoy, finalizando la tarde, volví a escuchar al flautista. Esta vez se veía recargado de ropas, como quien lleva encima su mejor atuendo. Y estaba algo desmejorado físicamente. Ya no portaba una mochila sino una bolsa plástica con las pocas cosas recaudadas. Al parecer sus cantos de auxilio no han estado bien recompensados últimamente. Caminando de un extremo al otro de la fachada del edificio donde vivo entonaba sus primeras melodías cuando empezaron a escucharse unos molestos e incesantes latidos caninos que estropearon por completo su musicalidad. Los animales estaban nerviosos con el aparente abandono del sector, su consecuente silencio y su tensa inactividad. Y esos sonidos extraños los inquietaron aún más. Sentían un malestar semejante al nuestro, al que tenemos ahora, que nos hace desconfiar y temer a nuestros amigos o vecinos y volvernos intolerantes al acercamiento o al contacto. Solo que nuestro miedo y nuestra angustia no produce ruido, no gruñe. Se basa en la desconfianza hacia todo lo que no se origine en nosotros mismos. Y eso nos ha ido convirtiendo en una masa atemorizada, sumisa, dominada por la inseguridad y acechada por una sombra trágica de pobreza extrema: el hambre. Ya no nos gobernamos, nos gobiernan. Ya no escogemos nuestras rutas, nos las señalan. Ya no somos múltiples, somos masa. Y avanzamos prisioneros del desconcierto, la incertidumbre y el miedo, omitiendo los cuestionamientos, las alternativas y las decisiones no complacientes con el poder rector. En este mar de confusiones perdimos el dominio de nuestras vidas y nos adentramos en un limbo transitorio que no nos sitúa ni en el pasado ni en el futuro. Tan solo en un presente sin alternativas predecibles de lo que vendrá. Y entonces nuestras sobresaltadas mentes se encargan de producir continuos ruidos aterrorizantes que nos impiden ser empáticos con esos pequeños llamados de solidaridad cotidiana. Tenemos muchos ruidos interiores, comparables a los gruñidos y ladridos de los desconfiados caninos. Por eso el resultado de su función fue deplorable: el flautista debió retirarse a intentar de nuevo ser socorrido en otro lugar, pues los gruñidos caninos que arruinaron su interpretación fueron tan inaceptables y traumáticos como la indiferencia con que fue recibido en el sector. Ninguno se interesó en él, ni en su música. Nadie lo auxilió, dominados por los miedos irracionales ante un extraño. La indolencia hará que a futuro el naufragio sea colectivo. Será cuestión de tiempo…

Junio 29 del 2020

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