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Editorial  |  26 agosto de 2020  |  06:44 AM

¿Homenajes insulsos; sacrificios en vano?

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Este mes que agoniza, agosto, fue el de las evocaciones centradas en dos personalidades que dejaron huella en el país, al sentar posiciones férreas contra los violentos y la corrupción, y que por ellas fueron silenciadas de manera sangrienta por el tronar del plomo que escupieron armas accionadas por soterrados seres que se alimentan con la guerra, la división y la pobreza de sus conciudadanos.

Luis Carlos Galán Sarmiento, asesinado el 18 de agosto de 1989, y Jaime Garzón, el 13 de agosto de 1999, fueron recordados estas últimas semanas en varios medios de comunicación y por diversos actores políticos, sociales, gremiales y académicos. Sus memorias fueron invocadas para citarlos como ejemplo, y más cuando el país no cesa de enfrentar hechos lamentables, en un cíclico escenario que enluta y desconcierta a los colombianos.

Hoy Colombia, como hace 21 o 31 años, experimenta casos reprochables de corrupción, debilitamiento de la institucionalidad, polarización y luchas sin sentido, mientras unos pocos nos ahogan con su violencia, asesinatos, delincuencia y muerte, como si esta nación estuviera condenada a la miseria, el conflicto, la desigualdad y la desesperanza.

"Cuarenta años de violencia casi continua, a veces volcánica, sanguinaria y generalizada (…) nos han enseñado que la intransigencia y el fanatismo solo conducen al dolor y la frustración", decía Galán, a la vez que reiteraba: "Colombia está dominada por una oligarquía política… que convirtió la administración del Estado en un botín que se reparte a pedazos".

Parece que sus palabras hubiesen sido lanzadas hoy y no hace más de treinta años atrás, cuando las balas segaron la vida a quien era candidato a la presidencia y se había enfrentado de lleno a la corruptela y al narcotráfico, el que había permeado todos los sectores de la sociedad colombiana. Bien lo afirmó: "El fenómeno del narcotráfico es una de las amenazas más terribles que existen contra la libertad y la justicia en el mundo".

Y Garzón, el abogado, humorista y periodista, anticipó: “En Colombia, la pregunta es: ¿quién nos va a matar?, ¿los guerrilleros, los paramilitares, los narcos o los políticos?”, como si fuera una premonición, porque su crimen no ha sido esclarecido del todo -pocos responsables y escasa justicia-, como tampoco el de Galán y muchos más, entre ellos Álvaro Gómez Hurtado.

Repetimos nuestras historias, y en particular, los momentos más encarnizados. Nos quejamos de todo y de todos, desde los gobernantes hasta la misma familia, sin asumir responsabilidades. Condenamos los sucesos que se replican en los medios, exigimos justicia y nos lamentamos por la ineptitud, no propia, sino de los demás, porque la culpa es de todos, pero no mía.

Mientras nos enredamos en buscar culpables pasan los años, las décadas y el país sigue raptado por los que este orden de cosas les beneficia, en detrimento de los intereses colectivos. Galán en uno de sus discursos, los que se caracterizaron por su fuerza, manifestó: “No hay democracia si no se entiende la nación como una misión colectiva, un compromiso de todos”, y Garzón clamó: “El bienestar general es un compromiso de todos (…) Todo lo que se hace debe estar encaminado al colectivo”.

Ambos denunciaron los males que aquejaban a la sociedad en su momento, y tristemente todo sigue siendo así. Luis Carlos, que no se silenció ante los narcos, también arremetió contra los politiqueros: "Los que compran votos atropellan la libertad política y generan violencia”, y Jaime lamentó: “Los colombianos somos compatriotas de los políticos más adinerados del mundo con el presupuesto nacional” y los señaló: “En este país, el que no tiene untado el bolsillo con el narcotráfico, tiene untada la nariz”.

Ellos vieron como otros, la mezcla asquerosa de narcotráfico, política y poder para desangrar al Estado y a sus integrantes. Hoy, las cosas no distan mucho de lo que se ha vivido por décadas y no es una mirada lúgubre, es una realidad, la de los falsos positivos, violaciones, masacres o como los llamó Mindefensa, ‘homicidios colectivos’; parapolítica, corrupción, compra de votos, sobornos, etc.

Cada año, en los aniversarios de los asesinatos de Galán o de Garzón, aquellos personajes almidonados, maculados e hipócritas de la vida colombiana invitan a reflexiones y lanzan lamentos por la ausencia de hombres y mujeres como ellos, al decir: “Si no hubiesen sido asesinados, el país sería diferente”.

Son meros mensajes vacíos y protocolarios, que pululan en ediciones especiales en los informativos, en los que se llama a la reflexión y se deploran los violentos sucesos que terminaron con la vida de estas personalidades, para luego dar paso a las notas de farándula, matizadas con caras sonrientes de presentadoras impecablemente vestidas.

¿De qué han servido estos años, el sacrificio de centenares de hombres y mujeres como Galán y Garzón, que han sido asesinados por decir la verdad o por buscar un país mejor?

Colombia está aletargada y sus ciudadanos deambulan pasmados sin enfrentar la responsabilidad. Un malsano sistema electoral, social y político está enquistado y nada ni nadie es capaz de removerlo, por ello no sería extraño presenciar, en este desconcertante presente, más muerte por odios, diferencias, politiquería y por una insaciable hambre de poder.

En vano ha sido el dolor de las víctimas y sus familiares, que si nos pudieran observar estarían avergonzadas por nuestra incompetencia y por no haber podido superar la violencia y corrupción, luego de tantos anales de sangre y sufrimiento. ¿Qué frases lanzarían Galán o Garzón?

Rendir tributo a sus memorias y a las de miles de caídos en esta guerra fratricida, se alcanzaría si comprendiéramos lo que un día ellos soñaron: “Si modernizamos nuestras instituciones y nuestras conductas políticas para integrarnos como una verdadera nación unida y solidaria, nadie ni nada podrá detener el progreso de Colombia”, Galán, 1943-1989, y “Creo que si uno vive en este país, tiene una tarea fundamental que es transformarlo”, Garzón, 1960-1999. Basta de homenajes insulsos, honremos sus memorias con acciones que nos lleven a una Colombia justa y en paz.

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