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Columnistas  |  16 septiembre de 2020  |  12:59 AM |  Escrito por: Juan José García

LA DICHA INMENSA DE VOLVER AL QUINDÍO

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Juan José García

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

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Después de cruel temporada de pavoroso confinamiento, al retornar a esta tierra prometida hasta sentí el impulso de imitar el saludo pontifical de besar el suelo. Padecí momentos en que, preso en la calidez del hogar, me asaltó la idea terrible de que nunca volvería a contemplar este paisaje del Edén, la Cordillera al fondo, los atardeceres esplendorosos, la paleta preciosa de verdes, el rítmico mecimiento del follaje vecino y el misterio de los guaduales.

El primero que saltó a saludarnos fue Mono, el fiel e inteligente perro criollo, feliz de vernos como si sólo nos hubiéramos despedido ayer. Aquí me colma de paz la música celestial del campo, de los pájaros y los grillos, de las bandadas de aves vespertinas y del viento y la lluvia. En las noches creo que entiendo el diálogo telegráfico de los currucutúes desde la distancia de los montes. Y al aproximarse la hora de la partición del calendario siento desde el corredor de la casa la reaparición sobrecogedora de los duendes, brujas y espantos legendarios que desde los tiempos de la Colonización han protagonizado la tradición oral y escrita de juglares y trovadores, poetas y cronistas, historiadores y cuenteros. Mono se asusta, para las orejas, se incorpora y ladra porque ha percibido la presencia de íncubos y súcubos en el vecindario. Me lanza una mirada tranquilizadora y vuelve a reposar en su puesto habitual junto a mi silla. Allá en lontananza brillan las luces de las casitas y los pueblos cordilleranos. Cruza por el firmamento estrellado un asteroide fugaz o un satélite orbital. Nunca he visto realizada la ilusión de ver que aterriza en la manga un platillo volador del que desciendan extraterrestres en señal amistosa.

A varios de mis pocos amigos pero excelentes amigos quindianos, les he compartido este acontecimiento feliz del retorno a esta tierra prometida en la que hace medio siglo fui declarado hijo adoptivo. Ellos encarnan el talento, la hospitalidad, la cordialidad transparente y generosa y, en especial, esa bonhomía proverbial que los distingue en el mundo por el que han andaregueado. El Quindío, esta región del centro, del corazón de nuestra patria, es una puerta dimensional al Paraíso.

Que exhibe o le exhiban problemas, es notorio y deplorable. Ha sido de malas con algunos gobernantes, proclives a prolongar la politiquería, el clientelismo, el tráfico de influencias y no se sabe cuántos vicios atávicos. Pero la integridad, la inteligencia y la capacidad innovadora y transformadora de sus mejores dirigentes, de emprendedores gremiales, universitarios y periodistas, están gestando una reactivación social y humana trascendental, de la que empiezan a conocerse proyectos promisorios y resultados reconfortantes. Me faltan palabras para decir la dicha inmensa que siento al volver al Quindío entrañable.

PUBLICADO SIMULTÁNEAMENTE CON EL COLOMBIANO

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