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Cultura  |  21 septiembre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Notas de la peste X

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El miedo que nos ronda

Hoy volvimos a recuperar nuestra movilidad. Los decretos que la restringían fueron suspendidos sin importar que los contagios estuvieran en aumento. La economía y las necesidades propias de la supervivencia derrotaron las oportunas medidas de contingencia sanitaria. Concluye entonces una cuarentena de 160 días. Pero por ello ahora, más que antes, nos vemos obligados a cuidarnos obsesivamente de los demás. A mantenernos alejados de ellos, pues el contagio puede ocurrir con un desprevenido contacto con un cuerpo cercano. Esto nos obliga a ser más esquivos, más huraños, pues la responsabilidad personal es nuestro esencial aporte a la seguridad colectiva.

La permanencia en casa me permite pasar algunos ratos contemplando la calle y advertir la ausencia de peatones o de vehículos transitando por ellas. Las cafeterías y restaurantes barriales están a la espera de sus clientes habituales que por estos días se resisten a frecuentar sus pequeñas terrazas, lo cual es comprensible, pues para enfrentar este enemigo invisible nos cuidamos de permanecer en los sitios y deambulamos apresurados por los ámbitos de la ciudad como si fuéramos ciudadanos fantasmales con el rostro oculto tras las máscaras acrílicas, los tapabocas y algunos, además, con guantes y prendas protectoras de fluidos. Ni nos reconocemos ni nos interesa conocer otros. Y casi ni nos hablamos. Pues debemos circular, pasar, proseguir rápidamente. Poco importan las palabras y mucho menos los eventuales contactos corporales. Lo importante es evitarnos, no contagiarnos, aspirar a sobrevivir esta pandemia. Y así, en aparente autodeterminación, reprimimos nuestros comportamientos amistosos para intentar ser parte de quienes logren superar la amenaza. Remplazamos las restricciones por decreto por las autoimpuestas. Las primeras eran gubernamentales, las segundas son personales. Ayer acatamos con inconformidad lo que hoy aceptamos con convencimiento en esta desesperada búsqueda de salvación. Solo que ahora estamos más expuestos a la irresponsabilidad, o a la ligereza, de quienes aún no han entendido que enfrentamos una enfermedad viral y mortal. Hecho que se torna amenazante en las habituales filas que debemos hacer para obtener servicios de salud, bancarios o de abastecimiento de víveres. Allí los protocolos de bioseguridad nos recuerdan que nos acecha un virus que puede matarnos y que por ello antes de ingresar debemos permitir que chequeen nuestra temperatura corporal y luego proceder a deshacernos de la peligrosa bacteria que podríamos estar portando en nuestras manos, en nuestros pies, en nuestra ropa, ya que todos, por igual, somos sospechosos. Posibilidad que nos remueve el miedo, ese lastre emocional del que quisiéramos despojarnos para volver a sentirnos parte de un mundo como el que teníamos. Y con igual punto de partida asumimos entonces la nueva cara de la misma moneda: igual de restringidos y atemorizados salimos ahora a transitar por un camino más indisciplinado, más riesgoso, que ese otro que a regañadientes estuvimos recorriendo por tanto tiempo… Enrique Barros Vélez.

Septiembre 1 de 2020

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