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Cultura  |  15 octubre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Rubiela Tapazco Arenas

El mirador

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El mirador

Cuento

Gloria Chávez Vásquez

Martillar con ritmo se había convertido en hábito en la vida y trabajo del viejo. Pedro Ciro era el carpintero con mejor reputación en todo el pueblo y quizás en muchos kilómetros a la redonda. No en balde había trabajado en la mayoría de las casas que se aferraban al borde de la meseta. Había reparado centenares de sus viejos muebles, reconstruido docenas de sus cuartos, instalado montones de sus pisos, de sus paredes, construido un sinnúmero de mesas y de sillas, para acomodar al siempre creciente número de habitantes. Tanto confiaban

en él sus vecinos que las construcciones de los últimos quince años se atribuían casi exclusivamente a sus manos infalibles.

Pedro había disminuido la fuerza al golpear con su martillo, porque cincuenta años en el oficio le habían enseñado a confiar en la certeza de su golpe. Unos cuantos martillazos bastaban para fijar el clavo en el punto preciso, sin torcerlo, sin echar a perder la pared o la madera. Aunque la carpintería era su verdadero amor, la necesidad de sus vecinos le había añadido la habilidad de ejercer funciones como electricista y plomero. Siempre pensó que era una buena política adaptarse a la necesidad y a los tiempos. Aun así, su salario, como el de casi todo el mundo en aquellos parajes, a duras penas alcanzaba para vivir él y su familia, compuesta de Emma su mujer y Rogelio, su sobrino huérfano, adolescente, y ahora su aprendiz.

Actualmente era uno de sus pocos placeres: enseñarle a su sobrino. Se había prometido educar bien al único hijo de su hermana más joven que había muerto de parto. Así era como le decían a no haber tenido un médico disponible para atender la emergencia. Rogelio, sin embargo, se había convertido en el hijo que él y su mujer no habían tenido. A su edad, lo consideraba un regalo de la divina misericordia.

***

Aquel día vino a verle Marcos Puyo, el empleado de la tienda.

—Necesito un constructor —le dijo— He ahorrado algún dinero y como mi familia aumenta, quisiera construirle un anexo a la casa”.

—Espero que sepas que ese es un proyecto muy difícil, —le advirtió Pedro y añadió— muy difícil y peligroso. Tu casa está en el borde de la meseta. No hay tierra fuerte suficiente para construir las bases.

—Yo me la imaginé sin bases, así, colgando del borde como en las películas —Marcos explicó con una sonrisa que a Pedro le pareció un tanto atolondrada.

—En ese caso, no me necesitas. Necesitas un arquitecto —aconsejó Pedro.

—Al diablo con los arquitectos —gruñó Marcos—. Ningún arquitecto ha puesto sus manos en mi casa todavía, y ninguno las va a poner ahora. Yo sé que Ud. puede hacerlo mejor que cualquiera. Además, yo no puedo pagar la clase de dinero que ellos cobran.

—Aun así necesitas las bases —reiteró Pedro.

—Bueno, todavía hay tierra en las márgenes —insistió el hombre—, estoy seguro que aguantará el peso.

El viejo carpintero movió su cabeza incrédulo.

—Si así lo dices, pero yo no sé de nadie todavía que haya hecho esa clase de trabajo en este pueblo.

—Ud. le construyó el anexo a Alejandro —le recordó Marcos.

—Fue un trabajo simple dentro de la tienda, nada que tuviera que ver con arquitectura —debatió el carpintero.

— ¿Y el balcón de Sebastián? —mencionó Marcos.

—Una mera fachada —se justificó Ciro.

— ¿Lo va a hacer, maestro? —sonó impaciente el tendero.

—Qué testarudo eres Marcos Puyo —sonrió Pedro.

—Déjame pensarlo. Mañana iré a tu casa temprano. En cuanto a ti y tu mujer, ya es hora de que dejen de fabricar bebés —añadió apuntando con su dedo a Puyo.

***

—Ven, Rogelio, tengo trabajo para ti —despertó a su sobrino muy temprano en la mañana. Desayunaron mientras Emma dormía. Poco después se dirigieron a la casa de Marcos Puyo.

Tenía solamente tres cuartos. Pedro y Rogelio tuvieron que cruzarlos todos para poder mirar colina abajo desde la parte trasera de la casa. La esposa de Marcos y sus cinco hijos aún dormían. Pedro se excusó por despertarlos.

La ventana trasera ofrecía una vista diagonal al río, que parecía crecer ante sus ojos. Pedro midió el curso del río con la mirada.

— ¿Qué panorama, no? —Exclamó Rogelio—. No me gustaría vivir tan cerca del río.

—No hay por qué preocuparse —dijo Marcos—; las lluvias lo hacen crecer por un día o dos, pero luego regresa a su nivel normal. Aun cuando hubiera una inundación, estamos bien lejos de él.

—Muy impresionante —suspiró el anciano dando rienda suelta a su imaginación. Pensaba en la terrible posibilidad de un deslizamiento: casa y gente cayendo rápidamente al salvaje río.

—No se puede construir más de un cuarto, de unos tres metros cuadrados —calculó.

—Y el balconcito —añadió Marcos, como si Pedro hubiera olvidado mencionarlo.

— ¿Balconcito? —Pedro miró al tendero esperando que se tratara de un chiste. Cuando se dio cuenta de la seriedad del hombre exclamó:

—Entonces, olvídate de los tres metros.

—Bueno, no lo haga por mí, sino por los chicos que se mueren de ganas de un balcón.

—Está bien, —Pedro reconsideró— que sea un cuartico y un balcón.

—Necesitamos materiales más fuertes que Dios para construir este loco proyecto. Compraremos cemento del bueno, del que vende Pepe, que no lo mezcla, un buen número de cuartones, clavos grandes, tornillos y alambres gruesos —apuntó Rogelio.

Un aire de inspiración pareció penetrar los pulmones del viejo carpintero.

—¿Crees que los bordes aguanten cemento? —preguntó con curiosidad Rogelio a su tío.

—Sería mejor bareque, es más liviano. Pero el cemento está acabando con las pulgas y otras plagas —le contestó Pedro.

***

La noche de aquel día, húmeda y más bien fría, la empleó con su sobrino en trazar los planos de la posible construcción.

—En el papel resulta fácil —comentó. Pedro tenía la vista fija en la mano de su sobrino que trazaba las líneas.

—No te preocupes tío —aconsejó el muchacho—, la tierra es dura.

—Ojalá —replicó Pedro.

Cuando Rogelio se rindió de sueño, Emma vino a preparar café y se sentó al lado de Pedro para saber lo que pensaba.

—Me parece que vas a pensar en esto toda la noche —decidió ella ante el silencio de su marido y se volvió a su cama.

—Iré a dormir tan pronto acabe aquí —le aseguró. Sentado en la cocina, bajo su vieja ruana, sorbió el café.

—Mi padre, ánima bendita, me enseñó a usar herramientas para que siempre tuviera un trabajo decente. La vida me enseñó que el trabajo es un arte, pero nadie me enseñó nunca en qué momento hay que admitir que es hora de retirarse.

Marcos Puyo quiere un cuarto y un balcón para sus muchachos. ¡Está bien! Voy a construirles el mejor cuarto y el mejor balcón que puedan tener.

***

El martes la temperatura se mantuvo fresca.

Allá abajo en el patio de la casa, un solar inclinado, la vegetación esporádica espesaba al encontrarse con la orilla del río, a unos cien metros de distancia. Pedro levantó la vista para estudiar los cimientos y las vigas de la casa. Parecían fuertes y seguros. Pisó la tierra y escarbó con el tacón. Exploró la impresión con su mano y examinó la textura del suelo.

—Quisiera creer tan ciegamente como Marcos que esta tierra es firme y que no traicionará un día nuestros esfuerzos —se dijo.

Rogelio trajo los materiales para almacenarlos en una choza improvisada en el patio. El muchacho era laborioso y avispado, aunque le faltara experiencia. Les tomaría tiempo construir el anexo. El único problema ahora era la ansiosa curiosidad de los niños Puyo, a quienes apuraba tener su propio cuarto y un balcón para mirar al río.

—El primer paso es la columna, Roge —anunció el carpintero—, dos columnas sólidas y profundas, tan sólidas y profundas como puedan construirse.

Poco a poco echaron raíces en la tierra dos columnas simétricas, como troncos petrificados, su pulpa hecha de ladrillo, savia y corteza de cemento. Las columnas llegaron a medir casi diez metros levantándose erguidas y fuertes, mesmerizando en su ascensión a los obreros.

—Una belleza, tío —exclamó Rogelio cuando concluyeron. La confianza regresó a la mente de Pedro y con el optimismo de sus buenos tiempos se dispuso a continuar. Gradualmente vieron extenderse el anexo como el ala de la más atrevida de las aves.

Les tomó exactamente 30 días completar el trabajo, desde que levantaron las columnas hasta el día en que colocaron las hojas de zinc en el techo. Ese día, como si la naturaleza quisiera probar la calidad de su trabajo, llovió. Les pareció glorioso el sonido de los goterones chocando alegremente contra el zinc. El agua se deslizaba fluida y armoniosa por la canal de desagüe.

—Mañana es el día de la pintura —dijo Pedro con sus ojos puestos en el gris de las paredes y su mente reflejando el futuro color blanco que iluminaría la diminuta construcción.

Una semana más tarde, Pedro y la familia Puyo echaban la primera ojeada a la construcción completa desde el patio vecino.

— ¡Pura magia! —exclamó la más pequeña de los Puyo.

— ¡Como salida de la nada! —hizo coro el hermanito mayor.

Pedro sabía que no era magia ni milagro, pero experimentó la misma emoción infantil. No pudo evitar, sin embargo, la tristeza al comprobar por enésima vez que los chicos tenían prioridades diferentes a las suyas. Que, por lo tanto, no podían apreciar el mérito de un trabajo bien hecho.

—Felicitaciones, maestro, sabía que lo lograría —le dijo Marcos, estrechando, agradecido, la mano del carpintero.

***

Sentados a la mesa, listos para la comida, la única conversación del carpintero era la seguridad del anexo.

— ¿Crees que las columnas quedaron fuertes, Rogelio?

— ¡Claro que sí, tío! —contestó Rogelio relajado.

—Has estado molestando al pobre Rogelio con la misma pregunta durante un mes —protestó Emma.

Por un tiempo, Pedro hizo el deber de ir a la orilla del río para observar con cuidado cada detalle de la construcción. Las columnas parecían perfectamente alineadas. Comenzó a hacer visitas frecuentes a la familia Puyo con cualquier pretexto.

—Te estás volviendo maniático —le recriminó Emma preocupada por la persistencia de su marido—. ¿Cuándo vas a dejar en paz ese bendito rancho y a esa pobre gente? La esposa de Marcos me puso la queja el otro día diciendo que hasta los cuadros querías clavarlos tú. Si no supiera lo que te traes entre manos, me creería lo que está diciendo la gente: que estás enamorado de la mujer de Puyo.

—No digas boberías, Emma. Yo solo quería… —pero ni él mismo tenía explicaciones.

Tuvo que admitirlo. Debía ser la edad. Se estaría volviendo loco. Pero era su constante pesadilla, la de pensar y hasta ver las columnas derrumbarse y rodar al río con niños y todo. Se prometió olvidarse del asunto de una vez por todas. Rogelio ya había empezado a trabajar de lleno en el proyecto de la nueva escuela. Él había conseguido ocupación en el mostrador de Ramón, el panadero, y luego instalaría la luz al negocio de Rendón, el peluquero.

— ¿Has oído de Puyo? —le preguntó a Rendón para tener una pequeña oportunidad de hablar sobre el anexo.

—Dicen que la cocina tiembla cuando los niños juegan —le contó el peluquero con cierta sorna.

—Santos cielos, no deberían de estar brincando en ese sitio —dijo alarmado.

—No se preocupe, Ciro, aun cuando los muchachos duerman, todo tiembla a su alrededor.

Pedro fue corriendo a la casa de Puyo.

—Me dicen que las columnas están cediendo —le informó a la mujer, esperando que esta lo hiciera entrar.

—¡Nada de eso! —dijo ella disgustada por la insistencia.—¡De una vez por todas, Don Pedro, déjenos en paz, que usted ya hizo lo que tenía que hacer! Si se cae el rancho es asunto nuestro. ¡A nada tiene que volver aquí!

Pedro comprendió que era cierto y se prometió una vez más dejar las cosas como estaban.

—No me importa si se cae al río. No debo de meterme en lo que no me importa.

***

Pasaron cinco años desde el día de su última visita. Se decía ahora que era estúpido pensar que había sido un error construir el alón a la casa, aun cuando la cocina temblara o el río siguiera creciendo más que todos los años, y él estuviera tan viejo que ya su trabajo hubiese disminuido considerablemente. Rogelio era el que mantenía la familia aunque se había casado y tenía su propio hogar. Sin embargo, Ciro no dejaba el vicio de mirar con recelo la distancia que separaba la casa de los Puyo y el río.

Marcos Puyo vino un día a su casa. Le enseñó una carta con la estampilla y sellos municipales.

—El gobierno planea construir un mirador con fines turísticos —dijo Marcos. La carta transcribía la orden de abandonar las casas que bordeaban la meseta. Los habitantes tenían plazo de tres meses para edificar o rentar en otro lado.

— ¿Van a permitirlo?

— ¿Por qué no? Nos van a pagar por la propiedad y podremos hacer un préstamo para construirnos una casa nueva.

Como Ud. sabe necesitamos una casa más grande ahora. —Lo sé —contestó Pedro con su mente un tanto ausente.

***

Meses más tarde, Pedro vio llegar al barrio un desfile de arquitectos, ingenieros y demás técnicos. Su presencia vino precedida por una variedad de instrumentos y vehículos que serían empleados para las mediciones y las maniobras de demolición y construcción de Ciro.

—No me explico cómo esta casa no ha caído al río —dijo el joven arquitecto al estudiar la construcción.

—Buena calidad en los materiales y un trabajo bien hecho —comentó el ingeniero supervisor.

—Limpias y sólidas —concluyó al examinar las columnas. —Ya no las hacen así.

Tuvieron que cavar muy hondo para encontrar las bases.

Cuando la bola demoledora asestó el golpe de gracia, el anexo completo se desplomó con gran estruendo. Las columnas permanecieron erguidas. Un segundo golpe las hizo tambalear y se tomó un tercero para noquearlas. Finalmente cayeron enteras. Se deslizaron, entonces, rumbo al río, primero lenta y después aceleradamente. Siempre paralelas. Como dos flechas penetraron en el agua causando un estrepitoso chapuceo.

A través de sus ojos nublados, Pedro las vio por última vez desaparecer para siempre en la profundidad del río.

FIN

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